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Heinrich Schliemann el que descubrió las ruinas de la antigua Troya

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El 6 de enero de 1822 nació el arqueólogo Heinrich Schliemann. Desde pequeño, su objetivo era descubrir dónde estaba la legendaria Troya. Alcanzó su objetivo a la edad de 50 años.

Una flota griega navega hacia el este. Su objetivo: traer de vuelta a Grecia a Helena, la mujer más bella del mundo, que había sido secuestrada por el troyano Paris. Durante diez años, el ejército sitió Troya: entre los soldados se encontraban los legendarios guerreros Aquiles y Odiseo.

Pero se necesitó una artimaña para que las tropas conquistaran la ciudad: los soldados se escondieron en un gigantesco caballo de madera. Sin sospechar, los habitantes lo llevaron detrás de sus muros y así precipitaron su propia derrota.

El poeta griego Homero convirtió esta epopeya de la antigüedad en literatura mundial: su Ilíada fascinó a generaciones.

“A pesar de su ubicación en Asia Menor, Troya marca el comienzo de la historia europea”, dice a DW Ernst Baltrusch, profesor de Historia Antigua en la Universidad Libre de Berlín. La Ilíada ya gozaba de gran importancia en la antigüedad, y “a través de los griegos y los romanos, el antiguo entusiasmo se ha prolongado hasta nuestros días”.

El sueño de la infancia se hace realidad

Desde temprana edad, Heinrich Schliemann estuvo fascinado por Troya. Nacó el 6 de enero de 1822 en una familia de pastores, en lo que ahora es el estado alemán de Mecklenburgo-Pomerania Occidental. A la edad de siete años, le interesó particularmente una imagen de Troya en llamas. Para el niño, era inconcebible que las murallas de la ciudad ya no existieran. Y así decidió sacar Troya a la luz.

Schliemann en un sitio de sus excavaciones

Schliemann mantuvo este objetivo durante más de 40 años. En 1870, comenzaron sin autorización los trabajos de excavación en Hisarlık Tepe, el sitio arqueológico en el noroeste de Turquía donde se encuentra la antigua Troya.

Solo un año y medio después, el 11 de octubre de 1871, recibió permiso oficial de Constantinopla para continuar con los trabajos, tras la intervención de la embajada estadounidense.

Emprendedor, buscador de tesoros y arqueólogo

La antigüedad fue el sueño de toda la vida del aventurero Schliemann, aunque su carrera profesional tomó inicialmente un rumbo diferente. Como su familia era numerosa, no pudo continuar sus estudios y comenzó su aprendizaje como comerciante.

Esto lo llevó a Ámsterdam, donde comenzó a trabajar como conserje en una oficina. En tan solo un año aprendió holandés, español, italiano, portugués y ruso.

Schliemann hizo un buen uso de sus habilidades lingüísticas: en Rusia hizo negocios con materias primas para municiones. Luego fue a la Universidad en París, donde estudió griego antiguo y latín. Un viaje educativo lo llevó a Ítaca en 1868, donde excavó en busca del palacio de Odiseo.

Con La Ilíada en busca de Troya

Schliemann fue una mezcla de soñador, pionero y saqueador colonial. Soñador porque viajó por Turquía con una edición de la Ilíada en la mano, para localizar a Troya. Pionero, porque a finales del siglo XIX inventó métodos de investigación que todavía se utilizan en la actualidad. Y saqueador, porque simplemente se llevaba consigo los hallazgos arqueológicos.

Incluso hoy en día es una figura controvertida y, a menudo, se le considera más un aventurero que un arqueólogo. No tuvo problemas para agregar detalles inventados a sus registros. “Cualquier arqueólogo de hoy desaconsejaría tomar a Schliemann como guía, ya que no procedió de acuerdo con los estándares de la arqueología en ese momento”, comenta el historiador Ernst Baltrusch.

Sitio de la excavación de la antigua Troya

El renombrado arqueólogo Ernst Curtius, su competidor, nunca lo respetó realmente. Muchos investigadores condenan a Schliemann por permitir que sus trabajadores cavaran trincheras profundas sin tener en cuenta las pérdidas, destruyendo irrevocablemente importantes vestigios de asentamientos. En vida fue especialmente bien recibido en Inglaterra, donde fue celebrado como el descubridor de la legendaria Troya.

Guerra de Troya, ¿mito o realidad?

La búsqueda de la ciudad abarca milenios, pero nadie ha podido demostrar que haya algo de verdad en la epopeya sobre la Guerra de Troya. “Lo que está escrito en la obra de Homero y lo que Schliemann tomó como base para su arqueología sigue siendo un tema controvertido hasta hoy”, dice Baltrusch.

“No se sabe si esta guerra realmente tuvo lugar”, pero lo que hizo relevante a Schliemann fue su interpretación literal de la Iliada: “Aprendió griego antiguo para entenderlo, y luego fue en busca de los sitios, partiendo de la idea de que hubo una Guerra de Troya”.

Réplica del Caballo de Troya en la ciudad natal de Schliemann

En 1871, cuando tenía 49 años, se topó con los supuestos restos de la ciudad de Troya bajo la colina de Hisarlık, en el noroeste de Turquía. Y no fue el primero en creer que la ciudad descrita por Homero estaba exactamente allí: el británico Frank Calvert había explorado la región antes que él.

Puesto que no tenía los fondos suficientes, Calvert convenció al alemán para que continuara los trabajos donde los había dejado. En 1872, Schliemann concluyó que los gruesos muros que había excavado pertenecían a las fortificaciones de la antigua Troya.

Louvre y Heremitage rechazaron reliquias

Schliemann sacó el tesoro de contrabando del país. Cuando el gobierno otomano se dio cuenta, lo demandó y exigió la devolución de la mitad de los hallazgos. Pero el aventurero terminó entregando solo unos pocos, que luego volvería a comprar, y pagó una multa de 10.000 francos en oro.

También ofreció los tesoros al Museo del Louvre en París y al Hermitage en San Petersburgo, pero no prosperó. Finalmente, lo donó a museos alemanes, recibiendo por ello un gran reconocimiento: se convirtió en miembro de honor de la Sociedad de Antropología, Etnología y Prehistoria de Berlín y ciudadano de honor de la capital alemana.

En la agitación de la Segunda Guerra Mundial, el tesoro terminó en Rusia, considerándose perdido durante muchos años. Hoy se conserva en el Museo Pushkin de Moscú. Heinrich Schliemann murió en Nápoles el 26 de diciembre de 1890 y ahora, pese a lo controvertido de sus hallazgos, es conocido en todo el mundo.

DW

 

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