Rafael Fauquié: Recuerdo un ensayo de Miguel de Montaigne…

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Recuerdo un ensayo de Montaigne: “De la educación de los hijos”, donde se hace referencia a la utilidad real de un conocimiento con el cual enfrentar los desafíos de la vida, destinado a ayudar a los hombres a relacionarse consigo mismo y con los otros. “¿Quién ha osado disfrazar la filosofía -se pregunta- con apariencias tan lejanas a la verdad … El alma que alberga la filosofía debe, para la cabal salud de aquélla, hacer sana la materia … La filosofía, como formadora del entendimiento y costumbres goza del privilegio de mezclarse en todas las cosas”.

Como resume Montaigne: la educación tiene como central destino “mezclarse en todas las cosas”, hacerse parte de las preguntas que los seres humanos no podríamos nunca dejar de hacernos, de convertirse en parte de las respuestas que estamos obligados a darnos; y en todo esto, la labor del maestro, no podría dejar de relacionarse con una doble finalidad, con un esencial porqué de la educación: enseñar a los seres humanos a  vivir consigo y a convivir con los demás. Un porqué destinado a ofrecerse en todos y cada uno de los espacios educativos; también, y muy especialmente, el que ha sido el mío por más de cuarenta años: la Universidad.

El mundo universitario existe, entre otras razones, para dar respuesta a ese fundamental porqué que, desde el tiempo de Montaigne, exige la educación: junto al aprendizaje de una determinada técnica, al lado de la comunicación de especializados conocimientos, existe un compromiso con la formación del carácter de sus estudiantes; con la necesidad de transmitirles, no solo puntuales aprendizajes sino, también, enseñarles a aprender y aprovechar moralmente sus conocimientos. La Universidad está obligada, entre otras cosas, a ser espacio de encuentro de lenguajes donde el conocimiento transmitido jamás pierda de vista esos destinatarios naturales que son el hombre y las cosas humanas.

 

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