Juan Arias: ¿Por qué los tiranos no soportan la sátira?

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Los dictadores, los tiranos y todos los déspotas son ricos en patologías, pero no soportan la sátira ni el humor. Sus cerebros son incapaces de entender esos mecanismos liberadores de tensiones. Creen haber nacido solo para dar órdenes y mandar. Se sienten dioses intocables.

Brasil acaba de ser testigo de esa incapacidad de los políticos. Tras conocerse la noticia sobre la enésima hospitalización del presidente Jair Bolsonaro aparecieron sus seguidores fanáticos junto con los evangélicos pidiendo por su salud. A la vez que se difundían las fotos desde el hospital del presidente haciendo gestos de victoria. Una imagen que recuerda cuando hace tres años había sido acuchillado por un desequilibrado y Dios lo había salvado. Esta vez, le ha dado un empujoncito en el momento en que se estaba hundiendo en los sondeos electorales de cara a la jornada del próximo octubre, en la que busca su reelección.

Con su última hospitalización, no tardaron también en aparecer en las redes sociales viñetas satíricas y de humor. No habían pasado 24 horas y la familia del enfermo ya había desafiado al Supremo para que condenara esas imágenes. La democracia y la libertad de expresión son los demonios más temidos por los déspotas de todas las ideologías. Tal vez por ello, como periodista que ya tuvo que vérselas con la censura en los tiempos del franquismo, he mantenido siempre una cierta simpatía por la expresidenta brasileña, Dilma Rousseff, quien en su primer discurso y en los momentos en que su propio partido, el PT, coqueteaba con medidas restrictivas a la libertad de expresión, ella, que había estado encarcelada y torturada durante la dictadura militar, pronunció la célebre frase: “Prefiero el ruido de los periódicos al silencio de las dictaduras”.

Y es verdad que los políticos más inteligentes son aquellos que son capaces de soportar, incluso con sentido del humor, las investidas de la sátira. Cuando era corresponsal de este diario en Italia conocí políticos importantes como Giulio Andreotti, que había sido cinco veces presidente del Gobierno y una de las figuras más poderosas del mundo de la política. Aquí en Brasil conocí al inmortal expresidente José Sarney. Ambos llegaron a coleccionar las sátiras que se publicaba en su contra y jamás actuaron contra sus autores con peticiones judiciales.

 

Suelen ser los políticos mediocres e inseguros o los déspotas, que se autoproclaman dioses, quienes son incapaces de entender la importancia del humor como distensión ante los atropellos del poder. He estudiado Historia de las religiones y conozco la importancia que lo sagrado, desde el inicio de los tiempos, ha tenido en el mundo para bien o para mal. Por ello, en las disputas sobre si cabe la sátira y el humor también sobre los dioses y sus doctrinas, siempre he defendido que el humor no puede tener barreras, ni siquiera ante el mundo de la divinidad. Nada más sagrado que el ser humano y la naturaleza, al mismo tiempo nada más libertador y protector de las esencias humanas que la ironía o la sátira que purifica los falsos pudores ante lo que consideramos intocable.

Todo es relativo en la Historia, hasta los dioses y las religiones, mucho más la política y por ello no existen intocables ante la sátira y sobre todo cuando esta es inteligente y profunda, que llega a la raíz de las cosas como suelen ser las de los caricaturistas de los grandes medios de comunicación. Cada una de sus creaciones son un puñetazo en el estómago de los satisfechos y una válvula liberadora de tensiones de la esclavitud.

Hay quien me ha objetado que en los evangelios cristianos el profeta Jesús nunca utilizó la sátira. No es cierto. Lo que ocurre es que en él, el humor tomaba una dimensión profunda y hasta filosófica. Un solo ejemplo: un día se encontró con un grupo de griegos que quería conocerlo. Jesús les escuchó y sabedor de que en Grecia en aquel tiempo el mayor valor era la belleza corporal, como se puede observar en sus maravillosas esculturas, les recordó una parábola impregnada de sátira fina y contundente. Les dijo que en la naturaleza nace si antes la semilla “no se pudre en la tierra” y si no es tratada con estiércol. Al parecer los visitantes griegos se fueron sin responder o quizás sin entender la profundidad de la ironía del profeta.

 

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