Gustavo Coronel: Los grandes asuntos del siglo XXI venezolano

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Transcurrida una quinta parte del siglo XXI son ya aparentes los grandes asuntos venezolanos a resolver. Esta mañana, tomé un pedazo de papel y escribí los siguientes:

El primero que se me vino a la mente, puesto que ya ha llegado a ser casi una obsesión para mí, es el gran tema de nuestra calidad ciudadana. Qué tipo de venezolano necesita nuestra nación para tener una posibilidad de sobrevivir en buena forma como país civilizado, miembro de una comunidad de naciones con ideales, no de grandeza sino de bienestar, no de potencia sino de sociedad de buenos ciudadanos, no nueva rica sino de modestos y decentes niveles de calidad de vida para todos. Creo necesario comenzar por decir que la Venezuela del siglo XXI presenta un bajo nivel de calidad ciudadana. Al decir esto, agrego que no niego que en Venezuela haya venezolanos de alta calidad ciudadana. Lo que estoy diciendo es que no tenemos una masa crítica de buenos ciudadanos activos. Para dar un grueso ejemplo cuantitativo, puedo decir que, de los 30 millones de habitantes de Venezuela, solo unos 7-8 millones exhiben una alta calidad ciudadana. El resto de la población está esencialmente integrada por dos variedades: los buenos ciudadanos pasivos, aquellos que no son malos pero no son activamente buenos y, por lo tanto, no contribuyen efectivamente al progreso de la sociedad, representando un peso muerto que debe ser cargado por los ciudadanos de alta calidad y los malos ciudadanos, aquellos que destruyen lo que otros construyen y saquean a la nación para su beneficio personal.

Este grave problema equivale a tener un edificio sin bases, condenado al derrumbe. La solución toma tiempo, unas dos generaciones, consiste en una política de estado que implante y mantenga, independientemente de los ciclos de alternancia política, un programa nacional de educación ciudadana para los venezolanos de 5 a 18 años, es decir, durante la primaria y la secundaria, un programa centrado en la enseñanza de los grandes valores ciudadanos y personales Ello no solo es enteramente posible sino esencial, a fin de sacar a Venezuela de su foso actual de ignorancia, negligencia y miseria. Estoy escribiendo un documento sobre este gran asunto para presentarlo/dejarlo a quienes tendrán a su cargo el gobierno de la Venezuela futura.

Liderazgo

Íntimamente emparentado con el tema anterior se nos presenta el gran asunto del liderazgo, el cual es más amplio que el de puramente político e incluye todos los aspectos de la vida nacional. Ninguna sociedad puede progresar si no posee un cuadro de buenos líderes en todos los aspectos de su vida social, política y económica.

Los líderes nacen del seno de la sociedad y se nutre de los valores que mueven esa sociedad. Una sociedad sin ciudadanía de calidad difícilmente podrá producir líderes de calidad. Aunque nuestro país algún liderazgo de calidad su número ha estado por debajo de las exigencias de su tarea fundamental de guiar a los ciudadanos por el camino de la democracia, de la libertad y del bien común. La progresiva mediocridad de nuestro liderazgo político comenzó en la década de los 80 y se fue acentuando hasta llegar al desastre del siglo XXI protagonizado por Hugo Chávez y Nicolás Maduro, etapa en la cual no solo el liderazgo político sino el social y el económico se ha venido dolorosamente a menos. Hoy tenemos un cuadro nacional caracterizado por tres estratos de liderazgo: un estrato abiertamente criminal representado por quienes han asumido el poder político-militar desde inicios del siglo XXI ; un segundo estrato de líderes moralmente invertebrados, quienes han llegado a un estado de coexistencia pacífica con el estrato criminal, a fin de salvar lo salvable o de obtener migajas de poder, y un tercer estrato de líderes dignos, aferrados a la defensa de los valores éticos propios del verdadero liderazgo, por lo cual han tenido que pagar un alto precio en términos de inseguridad personal.

La Venezuela del siglo XXI tendrá que generar un grupo de líderes extraordinarios quienes aspiren a ser estadistas y nobles visionarios, no caciques tribales, para terminar con la pesadilla actual y enrumbar a Venezuela hacia una posición digna en el concierto de las naciones. Este grupo deberá salir de la reserva de líderes honestos e irreductibles que aún tenemos, quienes deberán promover la ejecución de un proceso largo y perseverante de transformación actitudinal en la sociedad venezolana, catalizado por un programa de educación ciudadana como el que hemos mencionado arriba.

Qué hacer con el petróleo

El tercer gran asunto que debemos enfrentar es qué hacer con el petróleo. Una actitud nacional caracterizada por el peso de la inercia y por los complejos heredados de una visión deformada de soberanía nos ha llevado a pensar que “el petróleo siempre deberá estar bajo el total control del estado”, chaqueta de fuerza insertada en la exageradamente prescriptiva constitución chavista de 1991. Esto ha sido un mantra que nació con la generación del 28, hoy negado por la experiencia desastrosa de los últimos años y por las tendencias mundiales desfavorables que se perfilan para el uso del petróleo en el futuro. Ello nos obliga a archivar complejos, mitos y leyendas y utilizar el petróleo como una herramienta más en el proceso de reconstrucción de Venezuela, no como el gran protagonista del futuro. Hace muchos años Diego B. Urbaneja hablaba de la educación y la salud como los verdaderos sectores estratégicos del país. Tenía razón. Ni el petróleo, ni las líneas aéreas ni los bancos o los hoteles deben estar en manos del gobierno, ni es necesario que lo estén para que contribuyan eficientemente al bienestar de la Nación. El petróleo puede seguir ayudando a nuestra reconstrucción durante la ventana de oportunidad que todavía se le abre a los combustibles fósiles venezolanos. Las reservas remanentes de petróleo liviano y mediano de las cuencas de Maracaibo y Oriente nos permitirán mantener una industria petrolera de unos 2,5 millones de barriles diarios por los próximos 30- 50 años, manejada por el sector privado bajo las regulaciones y supervisión de una agencia venezolana de los hidrocarburos manejada por el Estado. Ni un centavo de los dineros de la Nación deberá ser invertido en la industria petrolera venezolana del futuro. Este es un tema de la mayor gravedad para Venezuela y requerirá una nueva manera de entender lo que es la verdadera soberanía.

El cuidado de nuestro territorio: El Esequibo

El cuidado de nuestro territorio, es decir, el mantenimiento de nuestra integridad territorial, de nuestros bosques, ríos, valles agrícolas y nuestra fauna y flora se presenta como tarea inaplazable para la Venezuela de este siglo, sumido en un caos ecológico. El desastre ambiental que existe al sur del Orinoco, la muerte de nuestros lagos de Maracaibo y de Valencia, la polución extrema de nuestros ríos, la suciedad de nuestras playas, el descuido estético y hasta higiénico de nuestras ciudades, universidades y edificios del Estado, los primitivos sistemas de recolección y almacenamiento de basura en ciudades y pueblos, todo ello configura un crimen ambiental que deberá enviar los responsables civiles y militares a la cárcel. Venezuela es un país de ambiente profundamente degradado, cuya magnitud ha sido tratada con indiferencia tanto por el régimen como por mucha de la sociedad civil, con excepción de grupos ambientalistas como SOS Orinoco, de valiente actuación. Esta negligencia criminal en el cuido que se le debe a nuestro territorio contrasta con el fervor patriótico que nos anima en el caso de la disputa territorial con Guyana. Con todo el respeto que se merece el reclamo de derechos que se consideran válidos, es preciso tomar en cuenta que la realidad geopolítica existente hace muy difícil, cero que imposible, una total reivindicación de tal reclamo. Pienso que en esa disputa Venezuela pudiera adoptar una posición de alto contenido ético, la cual pueda ser una lección para la humanidad. Debería, quizás, proponer un plan para convertir parte del territorio disputado en un gran Parque Transnacional, de ecología protegida, a ser desarrollado para el bien común. Una actitud de este tipo estaría en línea con las tendencias supra territoriales que se requieren para salvaguardar el planeta. La manera como hemos tratado lo que ya tenemos no nos da mucha autoridad moral para pretender más territorio. Por cierto, lo que aquí digo fue propuesto a principios de este siglo por el gran venezolano que fue Francisco Kerdel Vegas. Yo llegué independientemente a esa misma conclusión y me reconfortó verlo sugerido por él.

Las Fuerzas Armadas

Cuando hablo de las fuerzas armadas venezolanas, institución que tiene más de 2000 generales, cantidad digna de figurar en el libro de Guinness junto con la mujer de las uñas más largas del planeta, y que agrupa unos 300.000 efectivos, incluyendo una milicia de irregulares de muy pobre aspecto marcial, debo hacer un esfuerzo consciente para controlar mi indignación. Hablando en frío no vacilo en decir que las fuerzas armadas venezolanas representan un horrible cáncer para nuestra sociedad. Son una aflicción letal de la peor especie ulcerosa y ofensiva. Digo letal porque es imposible esperar que las células cancerosas se autodestruyan.

Dueñas de las armas, en posesión de la fuerza bruta, con un liderazgo carente de dignidad y sentido de grandeza, las fuerzas armadas venezolanas han invertido totalmente el sentido de su misión y de sus deberes. Al cuidado debido del territorio han opuesto la expoliación de nuestras riquezas minerales. Al resguardo del territorio han opuesto el ejercicio del contrabando. Al cuidado de nuestros ciudadanos han opuesto la represión, la tortura y el abuso de poder. A su deber de garantizar nuestro bienestar han participado en esquemas de extorsión en la distribución de alimentos, mediante los cuales han obligado a los venezolanos a arrodillarse frente al régimen. Al uso de las armas para nuestra protección oponen el uso de las armas para someternos y amedrentarnos con pomposos desfiles militares en los cuales sus generales lucen medallas de bazar, no ganadas en batalla sino en la adulación palaciega. Frente a su suprema misión de proteger y honrar nuestra constitución se han dedicado a defender y garantizar la permanencia en el poder de una pandilla de gánsteres, lavadores de dinero, narcotraficantes y populistas de la peor especie, quienes manejan un estado forajido y una cleptocracia internacional.

Este es un asunto que nos mantiene en el más profundo atraso y debe resolverse en la Venezuela del siglo XXI. No es posible esperar que la institución se suicide y no es realista esperar que la sociedad civil pueda eliminarla mediante un instrumento constitucional y pacífico como sería un referendo aceptado pacíficamente por la institución. Una posibilidad de hacerla desaparecer como factor de poder en Venezuela parecería ser mediante un proceso perseverante de cuidadosa disminución en su tamaño y poder, hasta llevarla a la dimensión de una Guardia territorial. Quizás entonces podríamos decir que nos hemos liberado del cáncer que representan los hombres armados que han servido para mantener a dictadores y autócratas populistas en el poder durante una porción importante de nuestra historia.

Hay muchos otros asuntos que merecen nuestra atención y que deberán resolverse si es que Venezuela desea sobrevivir como país civilizado e independiente. Es hasta posible que en un futuro el país se fusione políticamente con otros países de la región para constituir una nueva Nación, a fin de lograr sinergias que le permitan mantenerse viable en un planeta que parece estar destinado a globalizarse como medida racional de supervivencia. Pero ello quizás sería un asunto para el siglo XXII.

O quizás no.

 

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