Earle Herrera: Libros sin sospechas

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El patio de la Asamblea Nacional se llenó de libros, en un tropel de letras y lectores. Temblaron los lugares comunes. Un público inusual e informal curiosea entre los estantes, sin pensar en mociones y puntos previos. A nadie en el viejo Congreso Nacional se le habría ocurrido montar allí una feria internacional del libro. Menos lo haría la llamada “Asamblea en desacato”, presidida por Ramos Allup, Borges y el “interino”. Decía Enrique Heine que “allí donde se queman libros, se termina quemando hombres”. Estos lo hicieron al revés y empezaron quemando gente.

Era yo un nuevo y despistado ucevista cuando fui detenido por dos disipoles en una esquina del Congreso Nacional. Me registraron el morral y no encontraron una molotov, pero sí algo peor: dos libros que calificaron de “inconvenientes”. Me llevaron hasta la jefatura civil de Catedral y allí les expliqué que esos textos formaban parte de la bibliografía de la cátedra de filosofía. Los tipos intentaban en vano ironizar: “¿de la cátedra de qué?, repíteme esa vaina”. El otro sapo croaba su aporte: “verga, de filosofía”. Me soltaron el otro día, pero los libros se quedaron detenidos, “hasta nueva orden”.

Al día siguiente, en la UCV, pregunté a mi profesor Pedro Duno si me podía cambiar tan peligrosa bibliografía y le conté que por esos libros pasé la noche en la jefatura de Catedral. “Los otros textos te van a traer más problemas”, me dijo con su risa franca y me invitó a un café. Como director de Ediciones Bárbara, prometió regalarme las dos obras decomisadas, tituladas Manifiesto Comunista y TO3, Campo antiguerrillero.

Meses después conocí a Efraín Labana Cordero, autor de TO-3, quien allí relata las terribles torturas a las que fue sometido cuando lo desaparecieron en uno de esos teatros de operaciones de la Venezuela puntofijista. Era, por ironía, un buhonero de libros, una especie de Filven ambulante, por tanto, un tipo altamente sospechoso. Yo tuve la mala pata de pasar frente al viejo Congreso Nacional con su libro, justo por el lugar donde presenté antier otro título de José Vicente Rangel, quien escribe el prólogo al testimonio de Efraín Labana Cordero. Ahora estos libros andan a sus anchas por el patio de la nueva Asamblea Nacional, ¿y saben una cosa?, libres de toda sospecha.

 

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