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Marianella Herrera Cuenca: La pérdida de la mesa familiar

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Al menos en el mundo occidental, hay una pieza del mobiliario que se ha hecho fundamental para comer: es la mesa. Ya sea porque para cocinar alimentos existe un apoyo para manipular los alimentos, para cortarlos, en fin, para trabajarlos o porque para comerlos y degustarlos, la forma que se ha implementado desde hace siglos, es sentarse a una mesa. Esta forma europea de consumir los alimentos, permeó en el mundo occidental hasta penetrar los hogares y dar paso a una agrupación familiar amistosa que no solo se ha convertido en el espacio para consumir los alimentos en los distintos tiempos de comida, sino que a su vez se convirtió en el factor agrupador de las personas, básicamente las que viven juntas y que hacen vida en un mismo hogar.

Alrededor de esta pieza mobiliaria se reúnen y socializan los padres y los hijos, los abuelos con los nietos, se consumen platos tradicionales, o los cotidianos que deben acompañar las rutinas diarias.

Con el tiempo acelerado del momento histórico que vivimos, quizás ya las mesas familiares no pueden realizarse todos los días, los padres ya no pueden almorzar todos los días con los niños, pero quizás si logran desayunar, o los niños almuerzan en la escuela que también provee una mesa y que será el momento de socialización entre amigos y sus profesores o cuidadores. La mesa entonces es una pieza mobiliaria que adquirió protagonismo en los hogares como elemento agrupador, armonizador y de socialización.

No fue siempre así y no es así en diferentes culturas. Hay culturas que comen sentados en el piso, alrededor del fuego, por ejemplo. Igualmente, el uso de cubiertos tan común para nosotros occidentales puede no ser lo usual para otras culturas que comen con palillos o simplemente con las manos. Para nosotros en Venezuela, la mesa como mobiliario es importante, siempre lo fue.

Recuerdo en mis años de médico rural en el barrio La vega en Caracas, cuando visitaba los hogares de la comunidad, me invitaban a pasar a las casitas y me sentaban a la mesa, me ofrecían un café, o una sopita, que de verdad yo agradecía en medio de aquellas jornadas. Comí junto a los más interesantes líderes comunitarios de la época, comí junto a las abuelas que orgullosas me ofrecían una arepa porque sus hijos me decían pruébelo doctora, mi mama hace las mejores arepas, y siempre sentándome a una mesa y conversando. Allí veía a las familias en sus humildes hogares alrededor de sus mesas conversando, compartiendo, tejiendo memorias y esperanzas, dando consejos a sus hijos.

En los últimos años, en mi trabajo comunitario, comencé a notar que la mesa de los hogares, dejo de aparecer dentro del mobiliario hogareño. Con ello, empecé a notar que sencillamente no había más reuniones alrededor de una mesa. No había más consejos, ni compartir de experiencias, cada quien, comiendo en una cama, sentado en la acera, en una silla aislada o sencillamente de pie.

Igualmente he visto el preparar alimentos agachados sobre una olla, y esperando que la leña prenda para cocinar. Las mesas accesorias de la cocina también van desapareciendo, en esta crisis de inseguridad alimentaria donde la urgencia de consumir algunas calorías se ha convertido en la actividad principal de los más desprotegidos y vulnerables.

No hay tiempo ni ingresos, para pensar en adquirir una mesa para preparar alimentos, ni para consumirlos, mucho menos para pensar en una sobremesa para compartir las experiencias, tales son las angustias de la cotidianidad venezolana. Son estos los elementos que pasan inadvertidos en una crisis de inseguridad alimentaria, donde las cifras alarmantes del aumento en la desnutrición, la monotonía de la dieta o la falta de ingresos para comprar lo básico se lleva los grandes titulares. Pero al final terminan por instalarse paralelamente, en silencio, lentamente, pero de manera continua las nuevas formas usos y costumbres relacionadas a la alimentación.

Quizás la desaparición de la mesa como mobiliario termine por instalarse entre nosotros, todavía no lo sabemos, ¿lo triste es que con ello desaparecerá la socialización de alrededor de la mesa y sabía usted mi querido lector que comer en familia al menos dos veces por semana se traduce en prevención de consumo de drogas en adolescentes? Sí, eso dicen los estudios y no es de extrañar, pues es en esos momentos en que se comparten las experiencias, se comparte el que te parece a ti y el que me parece a mí, se aprende a convivir, a entender que lo mío termina donde comienza lo del otro. En fin, vemos que ocurrirá en el tiempo con la mesa familiar venezolana, si este mobiliario retorna, o estará destinado a morir y ser reemplazado por una nueva forma de compartir en familia. Solo el tiempo y el fin de la crisis pueden decir.

Marianella Herrera Cuenca es Médico, Profesora UCV CENDES / F Bengoa – @mherreradef –  @nutricionencrisis

 

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