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Freddy Marcano: Política Mercantilista

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¿Quiénes hacen la política? ¿Los políticos o los empleados hacen la política? Ambas preguntas resultan pertinentes, entre otras cosas, porque aparente y realmente el oficio político resulta económicamente rentable para algunos. En lo aparente, puede afirmarse, pues ningún dirigente parecía pasar hambre en la Venezuela que despidió el siglo XX y menos en la del XXI. El solo hecho de trasladarse y tener que conversar alrededor de un almuerzo para ponerse de acuerdo (la política es, por definición, disenso y consenso), daba la impresión de prosperidad. En lo real, existen dos caras de la misma moneda: el político del partido de gobierno o cercano al mismo que se maneja en una vida de opulencia y de beneficios que solo le puede dar la revolución y el político opositor digamos quesólo hoy sobreviven y, algunos con ciertos privilegios que le dan la opción de ir y venir del exterior, puesto que disponen de una buena plata, lo cual los hace sospechosos en los predios de la oposición. Éstos últimos lucen como beneficiarios de los favores del régimen o ahora del interinato. Como algunos que viven mejor en el exilio que como lo hacían en Venezuela.

Quien dependa económicamente de la política, beneficiándose – por ejemplo – del dinero de la campaña, de algún evento relacionado, o, faltando poco, de lo que le facilite el supuesto adversario, simplemente, no hace una política deseable, autónoma y creadora. Hay gente atorada en realizar cualquier elección, desde la más encumbrada hasta la más modesta en las direcciones de los partidos, porque algo de dinero les queda. Sobreviven. Por supuesto, cuando se enfrentan a una dictadura, son demasiados frágiles. Esto explica la conducta de los que decidieron montar tienda aparte, nombrados por algunos “alacranes”, el nuevo venezolanismo que aportamos a la sociología política universal. Pero, a veces, se es mercenario aún para enfrentar al gobierno, porque tenemos aspirantes a alcaldes que son beneficiarios de aportes legales y mal distribuidos provenientes del exterior (¿quién tiene aquí recursos y está dispuesto a darlos?), y, por ello, hay preguntas qué hacer en torno a un gran procentaje de los recursos donados de los que confiesa no saber la USAID, la agencia especializada de Estados Unidos que dio aportes para la ayuda humanitaria, en reciente informe.

Hay otro renglón importante: el de los empleados de los partidos. Los hay meritorios y trabajadores al lado de otros que, ni tanto, gozan de un sueldo, viendo e influyendo en las orientaciones estratégicas que le convengan a su pagador dentro de la organización. Son esos supuestos dirigentes que piensan que, “si no hay leal, no hay lopa”, de acuerdo al viejo chiste venezolano. Por eso, los partidos europeos o algunos españoles, distinguen muy bien en sus estatutos entre el personal político y el administrativo. Mal andan quienes dependan económicamente del administrador del partido para decir las cosas en las direcciones de cualquier nivel. Como aquí no se hace una verdadera sociología política, ni siquiera en las universidades que se cansan de repetir a Duverger y a Sartori, el fenómeno pasa desapercibido. Incluso, me acuerdo de la secretaria o asistente administrativa del departamento de un partido que se inscribió en una convención para aspirar a su dirección nacional. Nadie le hubiera negado ese derecho, pero tenía la ventaja del trato diario y telefónico con la mayoría de los que resultaron los delegados. Por fortuna, esos delegados supieron distinguir entre la empleada que los contactaba a diario para bajar la línea u otra diligencia, y el dirigente político que tiene sus exigencias.

No seamos pesimistas tampoco, porque, en la actualidad, tenemos también dirigentes que hacen su trabajo a pesar de las fuertes limitaciones económicas y persecutorias. Llevan una vida modesta, y hasta hay profesionales, como abogados, por ejemplo, que pasan roncha en los tribunales o ingenieros que ya arreglan neveras para sobrevivir quedándose hasta sin carro. Hacen su trabajo, son articuladores y voceros de la ciudadanía. Esa es la realidad del venezolano común que sigue dentro y fuera del territorio sobreviviendo.

Es esencial cambiar nuestra realidad tanto a nivel personal como político. Necesitamos ciudadanos y políticos cabales y honestos, que den una nueva imagen del venezolano que debemos ser. No me cabe la menor duda que en algún momento íbamos en camino de serlo, hasta que se atravesó está mal llamada revolución y exacerbó todos aquellos valores negativos (Anti valores) pervirtiendo nuestra sociedad. Insistir, persistir y resistir es el ejercicio de una conducta de valores políticos claros, de servidores sociales para la Venezuela del futuro. Comencemos a manifestar en el trabajo político los valores que exaltan a todos los ciudadanos como elementos centrales de una sociedad sana y dispuesta a alcanzar objetivos sociales cónsonos con la constitución que nos rige.

@freddyamarcano

 

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