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Rafael Fauquié: Sobre uno de los últimos libros del Gabo

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En uno de sus últimos libros, Yo no vengo a decir un discurso, García Márquez se presenta ante nosotros apoyado en firmes convicciones sobre muy diversos temas; visiones y versiones propias sobre la cultura, el desarme, el destino de los pueblos de nuestra América, la ecología, el destino de la lengua española… Pero también sobre contenidos mucho más próximos a su realidad individual; como, por ejemplo, ese tópico que se repite una y otra vez: la amistad. Y es que estas páginas recogen homenajes a muchos amigos: políticos, escritores, intelectuales: seres que compartieron con el Gabo experiencias que nuestro escritor revela con su natural gracejo.

García Márquez nos habla como lo que es: un escritor que comenzó siendo periodista y que, en el fondo, nunca dejó de serlo. Nos habla, también, como un individuo poseedor de argumentos que hilvana y expresa con magníficas entonaciones. Curiosamente, en una de las páginas del libro leemos: “yo que siempre he considerado los discursos como el más terrorífico de los compromisos humanos…” Interesante declaración en una recopilación de veintidós discursos; aunque hay que reconocer, eso sí, que la totalidad de ellos contradicen la visión que sobre los discursos solemos tener quienes hemos debido escuchar algunos.

Es un bello itinerario el que atraviesa ese libro. Comienza con un joven de diecisiete años que, en 1944, despide en un acto académico a sus compañeros de estudios; y concluye con un ya célebre autor que en el año de 2007, en la bellísima ciudad de Cartagena de Indias, tan próxima a su Aracataca natal, recibe como homenaje por Cien años de soledad el anuncio de una nueva edición del célebre libro ahora en tiraje de un millón de ejemplares. Toda una vida, pues, la que se nos va mostrando a través de recuerdos, posiciones, propósitos, sueños y verdades conquistadas.

No deja de llamar la atención las referencias que hace García Márquez en dos de sus alocuciones a otro discurso: el que pronunciara el también galardonado con el Premio Nobel de Literatura: Saint-John Perse, quien en sus palabras de agradecimiento a los miembros de la academia sueca, se refiriera a la fuerza de la imaginación creadora capaz de surgir de cualquier espacio. Por ejemplo, hay poesía en la ciencia –dice Saint-John Perse- y hay imaginación en la investigación científica porque hay belleza en todo hallazgo surgido de la visión creadora de un ser humano que fue capaz de mirar más lejos que otros y de entender eso que otros no alcanzaban a entender.

Humanidad, en fin, del saber o humanización de las comprensiones: algo que se resiste a aceptar tantas divisiones y tantos rótulos como los hombres solemos arrojar sobre memorias, espacios y comprensiones. La idea de Saint-John Perse que retoma García Márquez ilustra seguramente la perspectiva de este último: todo saber creado por el hombre reflejará siempre la densidad de lo humano, y a eso contribuirá cuanto pudiera alimentar ese saber: lucidez e imaginación, voluntad y fe, sensibilidad e inteligencia. Aspectos todos reunidos en eso que comúnmente conocemos como perspectiva: voz latina, item perspectiva, que significaba “mirar a través”: noción relacionada con la natural abstracción de la mirada,  pero, también y sobre todo, con la forma que un individuo tiene de ver las cosas, desde eso que es y ha sido su propia historia matizada, claro, por el tamiz de su conciencia.

En el caso de García Márquez pienso que su historia bien podría hacer suya esa frase que pronuncia Saint-John Perse:  “toda creación del espíritu es, ante todo, poética en el sentido propio de la palabra”. Y a esta idea quería yo llegar: todo genuino acto creador es, esencialmente, poético. La definición de poesía (poiesis) nos la legaron los antiguos griegos: significa creación; esto es: la capacidad de hacer nacer algo donde antes no había nada; y allí reposa el sentido mismo del arte, de la creación literaria. Cualquier forma de escritura: poema, ficción, ensayo, es creación; poiesis: figura, imagen, significado presentándose ante un lector y comunicándole una verdad, una posible nueva comprensión, acaso una diferente perspectiva.

Con sus textos, García Márquez se nos muestra como lo que es: un genuino creador: novelista que es periodista y ensayista a la vez; o, a la inversa: periodista que es novelista y ensayista, y que, como tal, construye veintidós espacios de palabras con que reúne muy personales testimonios.

Hace años escuché el comentario de que el ensayo corría con muy mala fortuna en nuestro tiempo; que a los escritores que escribían ensayos se los recordaba, sobre todo, por esos otros géneros que hubiesen podido elegir. Sin embargo, creo que, en el fondo, el ensayo es palabra híbrida, aglutinante, total, capaz de abarcarlo todo y de favorecer la cercanía o encuentro de todas las voces. Al ensayo se acercan quienes escriben versos y nos legan extraordinarias reflexiones apoyadas en el color y el calor de una razón poética. Al ensayo se acercan los ficcionadores armados con la imaginación que les permite dibujar argumentos siempre entreverados de fantasía.

En fin, y de nuevo: la palabra del escritor es una: una sola esa voz que muestra su voluntad por decir y decirse desde los espacios de su mundo interior. En No vengo a decir un discurso  García Márquez se muestra como ensayista muy próximo a ese fabulador de universos en los que todo un continente aprendió a reconocerse y se sigue reconociendo desde la aparición de Cien años de soledad.

Muchas veces he repetido una frase: la literatura está allí para que cada escritor haga con ella lo que le plazca. Y las opciones que él escoja arrojarán muy diversos resultados: por ejemplo esa obra que, ya desde su aparición, anuncia su destino de libro clásico que hablará a muchos y por muchísimo tiempo; y sobre el que infinitas lecturas terminarán por arrojar cierto sentido de irrefutabilidad, de referencial y reverencial verdad.

Para concluir, me detendré en una extraordinaria afirmación del Gabo expresada en uno de sus discursos, el  titulado “La América Latina existe”: “Soy –dice- un convencido de que ésa es la fórmula secreta de la felicidad y la longevidad: que cada quien pueda vivir y hacer sólo lo que le gusta, desde la cuna hasta la tumba”. Es su receta; o mejor: su verdad, una maravillosa verdad que nos comunica a sus lectores con la más contundente de las demostraciones: haber sabido escoger él mismo lo que debía decir, eso que disfrutó decir; y que, a la vez, muchos millones de seres humanos necesitábamos escuchar y necesitaremos seguir escuchando a lo largo del tiempo.

 

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