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Rafael del Naranco: Desgarrada Haití

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Es una metáfora docenas de veces repetida, pero de tanto usarla se hizo realidad, vivencia palpable, carne macerada que duele: Haití no es una isla a la vieja usanza, recubierta de  salitre, arena y conchas marinas, sino un viejo cascarón de proa abandonado a un costado del Caribe profundo, y adosado, como pariente pobre, a un promontorio levantado sobre tierra baldía.

Desde siempre hemos sabido que esa tierra, al no disponer prácticamente   de nada, excepto de un sol calcinante y unas heredades tan resecas como vientre de mujer estéril, es el reflejo más palmario de  cómo los países pequeños y  pobres no tienen amigos dispuestos a extender una mano,  sino solamente moscas, miseria por doquier y paludismo.

Igualmente dolor a puñados y ojos famélicos mirando a lontananza sin contemplar  un atisbo de esperanza.

 Esos montículos apretujados a la vieja isla de la Española, están, desde hace demasiado tiempo, dejados de la mano de Dios y, por supuesto, del resto del territorio caribeño y americano, al ser ese pueblo el sudario más sufrido del mar Caribe de las mis aventuras sobre barcos de esclavitud llegado del África profunda.

Negro mercader de revuelta

conoces los caminos del mundo

desde que fuiste vendido en Guinea

una luz vacilante te llama

una piragua lívida

encallada en el hollín de un cielo de suburbios.

Nicolás Guillén, el poeta cubano, cuando contempló a los muchachos hambrientos de Puerto Príncipe una tarde con sabor a café amargo, cantó,  con ritmo de calipso, una  balada envuelta en salitre recubierta de pan moreno rancio, mantequilla con moho y un agua espesa como barro removido.

En Haití no hace falta nada para ser uno abatido contra el suelo como si fuera una gallinácea o rama seca, bien por la furia desencadenada del viento o    por una patrulla militar.

Sobre una pared desnuda  –  cal blanca estrujada entre las hendiduras de los adobes resecos –  se puede leer en un mal francés: “Los haitianos han aprendido a tener almas de recambio”. Y es que ese pueblo conoce demasiado bien, desde los albores de su historia, la necesidad de adaptarse a todo cambio para sobrevivir por encima de las propias tumbas, ennegrecidas  como angustia vaciada.

El asesinato del presidente Jovenel Moïse, el pasado 7 de julio, es una página repetida de un pueblo cuya única esperanza es mirar al cielo protector, el cual  parece que ha cerrado los ojos ante tanto desconsuelo.

Un trovador de la negritud expresó entre sollozos:

“Ay Haití, sufrida patria, yo que te conozco tanto”.

Y cayó sobre la tierra reseca.

 

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