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Rafael del Naranco: Tórrido verano español

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Una canícula atiborra España y sobre ella ha  llegado una ola de calor que cubre ya más de media Europa.

Esa alta temperatura achicharra con lagrimones  de fuego, y en la mediterránea  levantina – en la que hacemos parada y fonda –  hemos encallado al socaire de un galerón sin proa, cuando la temperatura sobrepasa los 35 grados, no sopla el viento de poniente,  y al  termómetros lo llaman “ponentá”.

Hace un largo tiempo, sobre la arena de dunas, pinos piñoneros, encinas, lentiscos y enebros, el novelista Vicente Blasco Ibáñez escribió una parte extensa de su obra, mientras la otra la concibió en América Latina, ese predio que un   día nos  llamaría abriéndonos los batientes caribeños,  las elegías de Andrés Eloy Blanco con sus  vivarachos “Angelitos negros”, versos que la voz del cubano Antonio Machín hizo  enramar en el cartapacio oscuro de su piel antillana.

Años después, ya encallados nuestros afanes nómadas  en Isla Margarita, cierta noche en Porlamar, bajo los ritos de babalaos venidos de los callejones de La Habana vieja, un sacerdote Orunmi, marcando  la arenisca de la  playa de Bellavista  a la luz de una fogata pagana, nos habló de Nicolás Guillén y, en ese intervalo,  todo el Caribe de la negritud  penetró a modo de ballesta en nuestra piel

Para hacer esta muralla,

tráigame todas las manos:

los negros, sus manos negras,

los blancos, sus manos blancas.

Ahora nos hallamos sobre un altozano  del Mediterráneo. Hace un ardor soleado enorme, y uno evoca la templada brisa caribeña tan refrescante ella.

Levanto un  guijarro y lo lanzo contra la espuma plateada de  la playa de Malvarrosa. La arena  se pierde entre  las espesas dunas.  Más allá, si uno pudiera bajar y cruzar el estrecho de Gibraltar y sus columnas de Hércules, llegaría al Caribe venezolano de nuestras  remembranzas.

Uno ya no viaja  al son de los  turistas, sino cruzando las sendas de los antiguos  juglares con el único deseo  de  hallar  sensaciones nuevas y querencias recordadas.

Años atrás, en estos recodos mediterráneos  comencé a  escribir manojos de cartas con un anhelo huracanado.  Ella  – la amada recordada – se había hecho mujer. Entre los naranjales, sobre las flores de azahar  bajando de las lomas, su infancia / niña se perdía, se hacía niebla mañanera. A la  noche, con los vientos tramontanos entre su pelo brillante como fragua inflamada, miraba las estrellas, y  mis anhelos iban enramando caracolas con sus senos redondos, dóciles, mientras mi sangre, bautizada en jugo cuajado, se fundía con la suya.

Un cantor convirtió en  luciérnagas la luminiscencia de la tarde:

“Amor mío, si te vas, / cierra mi pecho con llave / porque hasta que tú no vengas / mi pecho ya no se abre”.

El verano hispano redobla los recuerdos en sonatas de tunas estudiantiles,   en  paradores blanqueados  y notas  al  piano de  Isaac Albéniz.

 

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