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Marta de la Vega: ¿Hasta cuándo seguimos creyendo?

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Han pasado casi 22 años desde que el caudillo de Sabaneta ganó las elecciones presidenciales. Desde su campaña, salpicada de amenazantes mensajes, de despectivos calificativos o agresivos ataques contra los contendores, de promesas seductoras que alimentaron las ilusiones de muchos que se sintieron excluidos por el extravío de la democracia, ya se vislumbraba una nueva época con la irrupción de Chávez en la vida política del país.

El declive del más sostenido y acelerado proceso de modernización de Venezuela empezó paradójicamente con el boom petrolero, a partir del primer gobierno de C. A. Pérez. Clientelismo populista, Estado omnipotente y dadivoso, a la vez dirigista, asistencialista, proteccionista e interventor, amiguismo político y económico fueron desarmando la coherencia del proyecto nacional de democratización e integración social iniciado después del derrocamiento del dictador Pérez Jiménez con los primeros gobiernos de la democracia reinstaurada.

Comenzó a resquebrajarse la cohesión social. Esta había sido fortalecida por la alta calidad del sistema público de salud y del plan educativo nacional, aunados a un crecimiento cuantitativo y cualitativo de la formación en educación superior y el desarrollo cultural, junto con una ampliación de la infraestructura vial y de servicios.

Venezuela vivió una industrialización tardía con respecto al proceso de sustitución de importaciones del resto de los países de América Latina.

A diferencia de estos, cuando se estancó el llamado «crecimiento hacia adentro» y se produjeron la ruptura del pacto populista y el surgimiento de dictaduras militares, en Venezuela, con la modernización tecnológica y la diversificación productiva vertical, en el marco de la alternancia sucesiva de gobiernos democráticos se buscó corregir los errores e insuficiencias que llevaron al estrangulamiento del modelo, basado principalmente en una expansión horizontal de la producción de bienes manufacturados de consumo final.

Venezuela afianzó la producción metal-mecánica de bienes intermedios y la industria pesada, en especial concentrada en el complejo siderúrgico de Guayana.  Al llegar la danza de los petrodólares desde 1975, se descalabraron estos planes. Un vertiginoso endeudamiento externo, proyectos de gran envergadura, el pragmatismo creciente de los dirigentes políticos, el bipartidismo hegemónico y la corrupción generalizada, abrieron la hendija por donde se deslizó Chávez para comenzar a dominar la vida nacional. Encontramos entonces una atomización creciente de los diversos sectores, una muy baja cohesión social y el clima propicio para la confrontación y la fractura de la población entre «revolucionarios» y «escuálidos», «patriotas» y «pitiyanquis», «pueblo digno» y «oligarcas parásitos».

Muy pocos intuyeron la cadena de calamidades que se avecinaba con la llegada al poder de un Robin Hood a la criolla, para desmontar el Estado de derecho, imponer una asamblea nacional constituyente ilegítima en su origen, pero complaciente o resignadamente aceptada a causa del deslumbramiento que provocaba el audaz «outsider». Así sometió y subordinó a su voluntad de dominio las instituciones de la república.

Hizo aprobar, en medio de una de las mayores catástrofes naturales sufridas por Venezuela, casi un año después de iniciar su mandato, una nueva Constitución nacional que incluso algunos juristas destacados respaldaron. Victorioso en diciembre de 1998 con el voto de resentidos, revanchistas, oportunistas, vengadores sociales y cínicos miembros de las élites, a todos les «salió el tiro por la culata». Creyeron fácil halagar la vanidad del barinés ambicioso y pensaron «manejar» al militar «rebelde» a favor de sus intereses particulares para no perder privilegios ni prebendas. Todo lo contrario.

Mucho hemos leído o escrito sobre la naturaleza del régimen. ¿Por qué creerles ahora? Juan Guaidó, legítimo presidente interino, frente a gobierno de facto, ha acertado al señalar que «no podemos confiar en la palabra de alguien que dice que ahora sí va a cumplir con la Constitución». Acerca de las elecciones regionales dijo: «Participar o no es un falso dilema. Los venezolanos quieren elegir y que se respeten los resultados»… En el Acuerdo de Salvación Nacional quedó claro que «las elecciones deben ser libres y justas y estar organizadas con un cronograma que prevea simultáneamente presidenciales, parlamentarias, regionales y municipales, con observación y respaldo internacional».

Mientras el régimen impulsa elecciones regionales solamente —nueva farsa electoral—, el nuevo informe de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos señala crímenes espantosos. ¿Seguimos creyéndoles? ¡Puro  «inmediatismo», pragmatismo y «vale todo»!

Marta De La Vega es Investigadora en las áreas de filosofía política, estética, historia. Profesora en UCAB y USB – @martadelavegav

 

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