Eduardo Robaina: Océanos tan necesarios y golpeados por la crisis climática

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Los océanos, que ocupan tres cuartas partes de la superficie del planeta, más calientes, más ácidos y menos productivos que nunca. La solución pasa por dejar de emitir gases de efecto invernadero.

Abarcan tanto que más que llamarse planeta Tierra, el lugar que habitamos debería denominarse planeta Océano. Estas masas de agua ocupan tres cuartas partes de la superficie del mundo. El 96,5% del agua mundial se encuentra en los océanos, y absorbe gran parte del calor extra y del carbono que los humanos emitimos a la atmósfera. Son imprescindibles para la vida. También los aliados perfectos para hacer frente a la crisis climática. Sin embargo, el propio calentamiento global de la atmósfera está poniendo en jaque estos ecosistemas llenos de vida.

En 2020, sin ir más lejos, los océanos se recalentaron como nunca antes. «El calentamiento a largo plazo del océano es un indicador crítico del estado pasado y presente del sistema climático», advertía un estudio publicado en Advances in Atmospheric Sciences a principios de año. Según los hallazgos del equipo de especialistas, la temperatura de la parte superior del océano estuvo en el año pasado 234 zetajulios (ZJ) por encima de la media histórica y unos 20 más que en 2019.

Pero no se puede decir que sea un problema reciente. La temperatura de la parte superior del océano no ha dejado de aumentar desde la década de 1980. Desde 1986, el aumento anual promedio es casi ocho veces mayor que la tasa lineal de 1958 a 1985. Cada década ha sido más cálida que la anterior y, en orden descendente, los años 2020, 2019, 2017, 2018 y 2015 registran las épocas de mayor calor acumulado por el mar desde 1955.

Así que sí: el cambio climático se está cebando con los océanos del planeta. Y hay cifras de cuánto. Un estudio publicado hace menos de un año en la revista Nature Climate Change concluye que más del 50% de los océanos pueden estar ya afectados por el cambio climático. Para antes de 2100, podrían ser el 80%.

A partir de modelos y observaciones en áreas profundas de los océanos, el grupo de especialistas de la Universidad de Reading calculó que entre un 20 y un 55% de los océanos Atlántico, Pacífico e Índico tienen actualmente temperaturas y niveles salinos notablemente diferentes. Para mediados de siglo, el aumento será de entre el 40 y el 60%, y para 2080, de entre el 55 y el 80%. Además, los océanos del hemisferio sur experimentan más rápidamente los efectos del cambio climático que los del hemisferio norte.

Consecuencias del calentamiento de los océanos: De la acidificación a más tormentas

 

El océano es el gran aliado en la lucha contra la crisis climática. No solo por su capacidad de absorber CO2, sino como elemento de regulación de la temperatura y como reserva de gran parte de la biodiversidad del planeta. Y, aunque a simple vista parezca que está intacto, poco a poco enferma, y con él, su capacidad de defensa, que está llegando a su límite.

Hasta la fecha, el océano ha absorbido más del 90% del exceso de calor del sistema climático. Según el IPCC –el panel de especialistas en clima que asesora a la ONU– en su último informe especial, para 2100 el océano absorberá de 2 a 4 veces más calor que entre 1970 y la actualidad si el calentamiento global se limita a 2 °C, y de 5 a 7 veces más si las emisiones no dejan de crecer. Estas altas temperaturas han provocado desde 1993 una subida de la tasa de calentamiento de los océanos de más del doble, lo que ha hecho que las olas de calor marinas hayan duplicado su intensidad y frecuencia desde 1982. Todo esto afecta, además, a las especies que habitan en los mares. Desde 1950, muchas se han visto abocadas a cambiar su área de distribución geográfica y sus actividades estacionales como consecuencia del calentamiento global.

Al calentamiento extra al que se le somete hay que sumarle otras consecuencias como la acidificación. Entre 2003 y 2018, el océano absorbió una media del 23% de las emisiones de CO2. Sin embargo, una vez en el agua, el CO2 incrementa la acidez de esta, lo que supone diversos problemas para muchas especies, incluyendo corales y crustáceos, así como para las personas, que dependen de estos ecosistemas marinos.

Otro grave problema iniciado con el calentamiento global de la atmósfera fruto de las actividades humanas es la desoxigenación. Desde mediados del siglo pasado, se estima que se ha producido una disminución de entre el 1% y el 2% en el inventario de oxígeno oceánico en todo el mundo. En la actualidad, como recogía un informe de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), existen cerca de 700 zonas en todo el mundo afectadas por condiciones de poco oxígeno, en comparación con las 45 que había en la década de 1960. Y en ese mismo periodo –60 años– las áreas del océano sin oxígeno se han cuadruplicado. En este contexto, el informe prevé que los océanos pierdan entre el 3 y el 4% de su stock de oxígeno a nivel mundial para el año 2100 bajo un escenario sin cambios.

Un océano más cálido también significa tormentas y ciclones más potentes y destructivos. Además, fruto de la subida de temperaturas se produce un cambio en los patrones de precipitación, haciendo la lluvia más errática y torrencial, pero también más escasa en las zonas secas. Y no solo eso: unos mares más calientes significan un mayor aumento del nivel del mar. Como explicaba a Climática el oceanógrafo Gabriel Jordà, del Centro Oceanográfico de Baleares, alrededor de la mitad del aumento del nivel del mar (unos 20 cm de media desde principios del siglo XX) se debe a la expansión térmica de los océanos. Y tampoco hay que olvidar el hecho de que a medida que se calientan los océanos se derrite el hielo de los polos y los glaciares a mayor velocidad.

Tal es la importancia del océano que el IPCC le dedicó su último informe especial, publicado en 2019. En él, alertaba de que el océano y la criosfera –esto es, las zonas congeladas del planeta, como nieve, glaciares, permafrost o hielo marino– se dirigen a unas condiciones sin precedentes e irreversibles frente a las que hay que actuar de manera coordinada, ambiciosa y urgente. El dramático presente y la perspectiva de un futuro peor pasan por la reducción inmediata de las emisiones de gases de efecto invernadero.

 

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