Rafael Fauquié: Convincente brillo de la  imagen

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Un particular espacio estético, el cine, me permite relacionar muy de cerca mis verdades con la elocuencia del mundo. Lo que la pantalla dice, me lo dice a mí y lo entiendo a mi manera. Hay complicidad entre mis convicciones y eso que un filme me muestra. Mi interpretación de él suele detenerse en alguno de sus fragmentos. Me conmueve o llama la atención esa parcialidad convertida en eco de presentidas totalidades.

Gran parte de la “eficacia” del cine radica en ese aislamiento que él procura, acentuado por la oscuridad de un espacio donde, sin distinguir a nada ni a nadie, penetramos en un universo que hacemos nuestro. En soledad, centrados en el rincón absoluto de nuestra conciencia, somos absorbidos por esa luminosa pantalla convertida en tiempo en movimiento; que, en primer plano, siempre en primer plano, nos metaforiza algunos rostros de la realidad.

A diferencia de la fotografía o de la pintura que eternizan una apariencia, el cine es temporalidad visible que recrea un mundo paralelo. Y vivimos dentro de ese universo; alucinatorio, sí, pero también verdadero: paradoja de la virtualidad que reitera o intensifica la vida.

Como la literatura de ficción, el cine se comunica con nosotros desde nuestra interpretación de eso que leemos o vemos. Solo que en su caso la experiencia comunicativa es mucho más inmediata. Más vívidas y transparentes, las imágenes pueden imponerse a las palabras. Están allí ante nuestra vista y nos convencen. Además, la película la contemplamos y, también, la escuchamos: oído y vista reunidos en una fusión sensorial que nos abstrae. El cine, decía el director y teórico Jean Epstein, posee un efecto hipnótico. Nos dota de nuevos sentidos o multiplica la intensidad de los sentidos; lo escuchamos con los ojos y lo vemos tanto como lo oímos. Es, a la vez, presencia y vivencia, arte total y totalidad de percepciones.

En el cine todo alude a desplazamiento, a cambio: como la vida misma. El cineasta Andrei Tarkovski ha descrito el lenguaje fílmico como la creación de un ritmo, de una cadencia que suele enfatizar en lo repentino; la realidad mostrándose en destellos, relampagueantes momentos en los que el espectador accede a la comprensión de alguna verdad. Verdad en la veracidad: creemos en eso que nuestros ojos nos muestran.

Se ha definido al cine como la más popular de las artes. Todo el mundo ve películas. Millones y millones de seres humanos acercan su tiempo a esa pantalla sobre la cual vuelcan sus fantasmagorías, su historia. Si el sentido de nuestra humana sabiduría es ayudarnos a entender y a entendernos, entonces una película, en un breve fragmento de tiempo y en la precisa ubicación una sala oscura, llega a hacerse muy certero emblema de ese aprendizaje tan radical, tan absolutamente humano.

 

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