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Rafael del Naranco: Federico no estaba

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He retornado a la ciudad Granada y  Federico García Lorca no aparece. Caminé a la Huerta de San Vicente –“si muero, dejad el balcón abierto”–,  al barranco de Viznar cercano a Alfacar. En el lugar, bajo el amparo de olivos y búhos asustados, el poeta dormita al cobijo de hojas achicharradas  y geranios reventones.

El escribidor caminó al encuentro del “Romancero Gitano”, y Granada, su Vega colmada de limoneros agrios, chumberas y ortigas aceitunadas, seguía sintiendo dolores de parto ante aquel cobarde y demencial asesinato.
La ciudad transmitía desdenes melancólicos al traspasar los umbrales del moruno barrio de la Almacería.

Si el alma se detenía en una arista bajo dinteles repujados ensalzados por el mismo Alá, se podían escuchar las lágrimas de Boabdil, el último rey nazarí,  al perder la joya más preciada de su corona: Granada, la ciudad siempre  rizada de agua y luminiscencia.

Durante años nadie encontró en Alfacar las simientes de Federico.
Aquella noche de terror le acompañaron – Francisco Baladí Melga y Joaquín Argollas Cabezas, dos banderilleros; igualmente el maestro de Lulianas, Discoro Galindo González.

Se supone que murió al alba, de espaldas, a la vuelta de la curva de un camino donde, al escuchar los sonidos secos de los fusiles, las cunetas y ortigas se volvieron lagrimones de fuego.

Siquiera con toda la apasionante búsqueda que comenzó en 1955 y siguió un tiempo más,  los huesos de Lorca se volvieron  historia y leyenda de un misterio. Más,  cuando los familiares del poeta de “Romancero Gitano”, se oponen a su exhumación. Laura García, sobrina, ha sido tajante: “No vamos a dar autorización para buscar sus restos”.

Rafael Alberti expresó en una cierta amanecida: “En esta noche en que el puñal del viento / acuchilla el cadáver del verano, / yo he visto dibujarse en mi aposento / tu rostro oscuro de perfil gitano”.

Nadie, ni el espino: ha podido hallar la osamenta acribillada de rencor montuno.

Retozando como las niñas chicas de Granada al jugar en los patios de claveles y acequias, intenté buscar a Federico.

Escarbé en los arroyos, dentro de los pozos de agua, en las fraguas, e íntimamente, con aprensión, rasgué las ramas de los almendros, y el poeta no estaba.

Lo sabía bien: Lorca sigue correteando a la gallinita ciega hasta que le diga su amigo Antañito Carbo, que ya es hora de  ir a La Alhambra para ser el guardián de la luz y  las cequias.

 

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