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Enrique Meléndez: Honor a nuestro beato

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Consideraba Spinoza que, desde el punto de vista lógico, el milagro no tenía razón de ser; puesto que si se partía del hecho, de que Dios es infalible, se trataba de un contrasentido; que otra sería la explicación científica; como hacía ver que nunca se podía negar la existencia de Dios, hasta tanto en la humanidad existiera la idea del bien, ligada a la felicidad: el amor intelectual hacia Dios, como decía. Por supuesto, todo esto es lógica, y fue lo que trató de hacer en su obra Etica; es decir, desarrollar un discurso sobre la moral, según el orden geométrico, y esto muy influido por su maestro Descartes, y quien había llevado a cabo grandes descubrimientos en la ciencia geométrica; cuando la combina con la aritmética; por lo que se habla en filosofía de una aritmetización de la geometría, etcétera. Lo que quiero llegar por aquí es al hecho, de que precisamente, desde el punto de vista religioso, el milagro constituye la revelación de Dios.

¿Cuántos milagros se necesitaron, para que José Gregorio Hernández fuera considerado beato de la Iglesia católica? Desde mi infancia me he acostumbrado a escuchar de casos, en los cuales ha estado metida su mano sanadora; poseída por aquello que el apóstol Pablo conocía como los dones divinos: el don de interpretar la misma palabra de Dios; el don del vaticinio, y este don de la curación: sujetos que te tocan, y te curan; de todo hay en la viña del Señor, al que le va un cierto misterio; como decía Heidegger: al ser la va su ser, en este caso, el ser milagroso; el poder devolverle la vida a alguien; el poder sanar sus heridas o recomponer sus órganos vitales, y de donde viene el asombro, a propósito de la situación sobrenatural, que se presenta allí. De hecho, hubo una serie televisiva, protagonizada por el actor Américo Montero, y donde se ofrecían casos, en los cuales estaba metida esa mano sanadora  de nuestro beato.

Por eso sería que la iglesia ha sido tan exigente, para conceder esta beatificación; que ya estaba en boca del pueblo, puesto que también uno se acostumbró a la idea, de que se trataba del Siervo de Dios, como asimismo se le conocía; además de toda la iconografía que se ciñó sobre su persona; en especial, aquella estampa, donde se contempla un paisaje montañoso, que hace pensar en la cordillera andina, en uno de cuyos pueblos nace el beato; en un segundo plano se observa un enfermo sobre una camilla, siendo atendido por un enfermero, y en un primer plano su estampa de médico, con sombrero, levita, chaleco y corbata, y que caracterizó el estereotipo del médico; cuando esta profesión se ejercía casi a domicilio. He allí la etapa bien pintoresca del galeno, que le dedica un día a la semana a visitar algún poblado circunvecino a la ciudad; donde vive y ejerce la medicina; transportado en bestia, y entonces aprovecha, para llevar a cabo consultas; poner inyecciones, etcétera, y que no dejó de pasar desapercibido por la literatura romántica; pues la vida de esta gente constituye un romance, en esos términos; porque, precisamente, se trata de la profesión, que más cerca está de ese hecho sobrenatural, que constituye un milagro y que, en la medida en que se produce; en la medida en que le devuelve la vida a una persona, sobre todo, en estado de gravedad, gracias a su ciencia, o le sana sus órganos vitales; en su conjunto, tenemos una novedad, que narrar; algo que nos llena asombro, y esto porque en la ciencia de la salud siempre está presente lo divino, la fe, y aquí es donde parece que priva la voluntad de Dios: si se lo lleva a uno o decide dejarlo.

De hecho, en el medio profesional de los médicos criollos, existe el chiste; de que determinado paciente no lo curó el médico, que lo trató; sino que se basó en un milagro de José Gregorio Hernández. No fue la ciencia de aquél, sino la mano sanadora del legendario “médico de los pobres”. Se trata, por supuesto, de una presencia espiritual. Es aquí donde cabe la pregunta: ¿a partir de qué momento se hizo patente esta figura en la fe del venezolano? Es verdad que llevó a cabo una vida ejemplar; eso que Kant conocía como el imperativo categórico. Era cristiano devoto; de ir todos los días a misa. Un excelente médico; profesor universitario a la altura de los grandes científicos del momento, tomando en cuenta su formación francesa; filósofo (tiene un libro sobre estética muy profundo). Por supuesto, tenía un defecto, para ser perfecto, como consideraban las damas alemanas a este Kant: no fue capaz de sentir amor por alguien en particular. Pertenecía al mundo, de los que el viejo Luis Beltrán Guerrero llamaba “pajizos”, y en el cual incluía a Borges. Por supuesto, José Gregorio, para volver al concepto lógico spinociano, de que Dios es la idea del bien, reflejaba esa santidad. Por aquí pudiéramos explicarnos ese patetismo que cobró en la fe del venezolano ese aspecto de José Gregorio; puesto que lo que se cuenta de su vida, según se podía apreciar por ejemplo, en esa serie televisiva, era que se trataba de un ser desprendido, y que hacía el bien por todas partes. Ese calificativo de “el médico de los pobres” no se obtiene fácil. De Sócrates se cuenta que profesaba la fe a los llamados “dioses de la tierra”, es decir, los dioses del terruño, donde uno nace, a pesar de ser el primer racionalista de la historia; en el caso nuestro nosotros hablamos del “ánima de fulanito de tal, que es muy milagrosa”, y así tenemos que por aquí comenzó a forjarse la leyenda de José Gregorio: ese imperativo categórico suyo había dejado una huella bien marcada en la conciencia del criollo, cuando fallece. Es por eso que la Iglesia fue tan exigente a la hora de beatificarlo; sobre todo, porque su espíritu se utilizó hasta para actos de brujería; que fue lo que llevó a la propia a Iglesia a transportar sus restos, que yacían en el cementerio Sur de Caracas, para el templo de La Candelaria; y a congelar por muchos años esa gracia, que se le ha concedido.

 

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