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Carlos Ñáñez: Hagan el bien y el mal no los alcanzará

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Es mejor tener poco viviendo con rectitud

El treinta de abril de 2021, subía a los altares el beato José Gregorio Hernández, el médico de los que tienen prohibido enfermarse, de los desamparados, de aquellos que están a la intemperie. Es providencial que un laico, un científico un académico, un médico y un ciudadano ascienda a los altares en medio de la pandemia como situación existencial en el plano del género humano y en particular por las terribles condiciones que atraviesa hoy nuestro país, dividido por posturas políticas irreconciliables, por terribles hechos de violencia y por el proceso silente y a la vez demoledor de la pérdida progresiva de derechos y de garantías mínimas en el plano institucional que nos aproximan a la sana y funcional convivencia ciudadana.

No hay en este momento figura que amalgame más a esta fracturada sociedad, que la del Beato José Gregorio Hernández, un catedrático y científico, que vivió la fe y renunció al orgullo y a la vanidad arrogante, abrazando a la humildad; José Gregorio Hernández hoy, el ancla de identidad para los cristianos católicos de este país, se reconoce como ejemplo vivo de la práctica común del evangelio, interpretando a Cristo en sus aciagas horas antes del martirio y la muerte. Él le dio de beber al sediento, atendió al enfermo, cobijó al desamparado y se identifica con los privados de la libertad, entre los cuales se encuentra Cristo.

Así la dignidad humana fue siempre un compás de vida en la acción de José Gregorio Hernández, el beato reconoció la imagen más pura de Dios en el rostro de los demás, en especial en el de los más pobres, los migrantes que huyen de este país, los privados de libertad, con quienes Jesús se identificó, el respeto por la dignidad de las personas y su libertad es un mandamiento divino y nadie en la tierra puede negar la dignidad y la libertad, el Doctor José Gregorio lucho por la dignidad de la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

La vía para realizar los sueños de la existencia pasa por la caridad, servir y que los demás nos sirvan, pues todos necesitamos ayuda para la salvación, en este sentido acudimos a lo manifestado por su santidad Papa Francisco I: “Que el Beato nos ayude a vencer el mal usando la fuerza desarmada y mansa del bien”, porque para el cristiano no hay otro camino, la violencia genera más violencia, el odio más odio y que el camino de Dios es el del amor. Que el nuevo Beato nos lleve a la reconciliación, a la hermandad, de la unidad nacional y la fraternidad.

José Gregorio ofreció su vida por la paz, hoy desde el cielo el Beato nos impulsa aún más por la sendas de la caridad, única vía para que la vida terrenal terrenal tenga sentido.Por más de un siglo los venezolanos hemos contado con la compañía e intercesión del Dr. José Gregorio Hernández en los agobios de las enfermedades, hoy la prueba más tangible de esa mano milagrosa es el milagro que impulsa al Venerable a los altares, el milagro de la vida Yazuri Solórzano.

En los altares lo anteceden tres grandes mujeres, María de San José, Candelaria de San José y Carmen Rediles, pero a partir de hoy el Beato José Gregorio Hernández, ya no solo pertenece a los venezolanos sino que se dona al mundo entero; esperemos que la gracia hacia Venezuela sea una ruta de luz, para saber descubrir la verdadera felicidad que el señor Jesús nos ha preparado.

La redacción anterior constituye una exegesis, de las palabras de su excelencia Aldo Giordano, nuncio apostólico de su Santidad en Venezuela, unas palabras que entre líneas nos invitan a la defensa de la dignidad humana y al humano derecho a vivir en libertad y dignidad, la beatificación del venerable en medio de la pandemia es un símbolo claro de la fe con propósito, no como hueca palabra sino como gozne que nos reconforta con la existencia de la providencia y misericordia del Padre celestial, y repitiendo las palabras del excelentísimo cardenal Baltasar Porras, las campanas de la fe tañen más fuerte en el corazón que en los campanarios, pues la fe se lleva en el corazón y se practica con caridad coherencia y filial afecto que nos indique cual es el camino de la bondad, la salvación y la vida.

La bondad, el amor y el servicio no tienen límites y junto a Juan de la Paz, el Beato José Gregorio Hernández es nombrado copatrono del ciclo de estudios para la paz de la pontificia Universidad Lateranense de Roma. De esta manera se honra la vida de un académico, de un catedrático que también supo hacer de su catedra un instrumento para la paz y el bien, recordando el ejemplo del Santo varón de Asís, la docencia es un apostolado y la fe, la esperanza y la caridad no están reñidas con las posturas científicas y académicas; es menester resaltar el hecho de la practica con propósito de esa máxima de repicar las campanas de la fe en el corazón y en el aula de clases, así la fe no es eslogan vacío, baladí frase o vacua postura, es un símbolo para el bien común y la decencia, alejadas de las posturas de utilería y hasta de fariseísmo.

El hijo de Isnotú es el arquetipo de la bonhomía y la caridad, del estudio para ser mejor en el discurso del Cardenal Porras se extraen lecciones importantes: servir y no ser servidos, un verdadero acto del católico y más sí este dirige o gerencia las acciones de sus subordinados, a quienes por elemental coherencia debe reconocer como sus iguales; sus colaboradores y su equipo, ese el ejercicio de la caridad cristiana en la gerencia  en todos los niveles, servir y no ser servido, reconocer la igualdad y la otredad en el hermano y no pisotear, calumniar y menos rebajar a quienes sirven junto a ti, solo en estos actos elementales de la vida y del entendimiento y práctica robusta del evangelio, nos reconocemos como mansos y buenos y no como falsos y aviesos.

En José Gregorio se reconoce la acción fervorosa de hacer el bien a los demás, la grey que lo lloró tras su muerte, que lo cargo hasta el cementerio en hombros no inhumo a un hombre, enterró a un difunto que descubrió que estaba vivo junto al padre que lo creó, el hijo que lo redimió, el espíritu que lo guio y la virgen Madre que lo alentó para continuar curando nuestras penas y angustias, se fue convirtiendo en referente para los cientos de enfermos y de aquellos que desean prosperar.

Este acto de reconocimiento de la coherencia en la santidad del venerable siervo de Dios, nos hacer entender que la virtud para el tránsito de una vida santa, nos pone enfrente la escalera que se extiende desde el cielo, sostenida por los coros angelicales que cantan de manera incesante Este es el Señor tu Dios, único verdadero, eterno y omnipotente, para que de esta manera no nos dejemos seducir por ningún ídolo, sea este el poder o el dinero.

Busquemos con ahínco el amor a Cristo, que estremezca la vida superficial, volver al evangelio hecho vida en nuestro beato se hace patente en el camino a Emaús y en el auxilio del hombre asaltado por los ladrones en el camino de Jerusalén a Jericó, tanto en el dolor del herido como en el desencanto de los discípulos, late la misma falta de esperanza, las entrañas misericordiosas de Jesús nos compele a compartir el pan y disponer el corazón hacia la fe y la confianza en Dios.

La hermosa ceremonia de beatificación de este viernes próximo pasado se constituyó en un bálsamo para una sociedad que se encuentra absolutamente privada de esperanza, su imagen adornada con el halo de los santos es refugio en estos mustios momentos, es la unidad y el punto de comunión de una sociedad absolutamente fracturada, que tiene frente a si a toda una población a la intemperie, sin salud del cuerpo y del alma.

¡Sabio varón memorable danos tu luz bendita en medio de esta densa oscuridad!  A partir del  treinta de abril contamos con tu célica intervención desde los altares, el júbilo que nos lleva a las lágrimas nos hace entrecortar el grito de ¡Viva José Gregorio Hernández!, intercede por tu pueblo que padece la orfandad, la intemperie y el abandono, además de estar sitiados e inermes funcional y sanitariamente para afrontar esta pandemia.

Hacer el bien para que el mal no los alcance y vivir de manera austera pero con rectitud, son las dos grandes verdades derivadas del rito de beatificación del médico de los pobres, ejemplo de rectitud moral, de férrea visión hacia los fines de Dios, José Gregorio Hernández fue un instrumento de la buena nueva, del evangelio de Cristo, en sus llagas, laceraciones e imprecaciones sufridas durante su dolorosa pasión. Aun en este siglo XXI se siguen amparando los desplazados, los enfermos sin derecho a sus dolencias y los pobres desplazados, por quien este santo  beato sentía una especial devoción, en torno a la buena nueva de José Gregorio Hernández. Un país destruido y desolado encontró un punto de comunidad, sin distingos sociales, ideológicos y políticos.

Ahora bien, ser buenos, supone estar a salvo de la dialéctica del mal, de la calumnia, de la imprecación, de la condena inmediata de la liquida y relativa postura de la moralidad; la fe jamás será liquida, el mandamiento divino de la dignidad y de la libertad del género humano no pueden ser mudadas a la licuefacción e intangibilidad de estos tiempos brutales, vivir con austeridad teniendo poco pero con moral, supone un reto en estos tiempos de monetización de las posturas, de ideologías y posturas a la venta, pero quien se encuentra anclado moralmente a los preceptos de Dios al menos podría intentar evitar caer en la trampa de la corrupción y el latrocinio, no se puede creer en Dios del cerco de los dientes para afuera, si algo nos quedó claro de las palabras del excelentísimo nuncio Apostólico Aldo Giordano y de Cardenal Baltasar Porras, es el hecho de la virtudes de coherencia del Beato de todo un país, cuya única buena nueva la constituye el hecho de la elevación a los altares del Santo de los que viven la tormenta en la intemperie, de los huérfanos de un país entero.

Finalmente, acudimos al Beato José Gregorio Hernández para que nos sane el cuerpo y el alma, para que nos ampare de las pandemias en terrible plural: la pandemia de la COVID-19, de la pandemia de la indiferencia social, de la mutabilidad de la verdad, de la pandemia de la moral liquida y móvil, de la pandemia del odio, de la enfermedad de la vanidad y el espectáculo como civilización; es decir, que nos reconcilie con Dios, que es misericordia y justicia, con el hijo que nos redime, con el espíritu que nos inspira y con la Madre celestial quien nos sostiene y es también nuestra abogada y ruega por nuestras humanas imperfecciones.

En esta era de la virtualidad, ser buenos para alejarse del mal, va mucho, muchísimo más allá de enviar cadenas con imágenes de santos, minutos de introspección con el Espíritu Santo y coronillas de misericordia a una lista de reproducciones automáticas. Hacer esto no nos aleja del mal, nos aproxima sin remedio a sus errores, si en lo personal no existe, no se cultiva o no se fomenta una verdadera y tangible acción de auxilio al necesitado, de hospitalidad al forastero y de misericordia con el otro, con el hermano, de nada vale acudir a la iglesia si se enjuicia y se calumnia al hermano, si se tributa la ira como lema de acción cotidiana, así que para alejarnos del mal y ser buenos, debemos de estar forjados en templanza y fortaleza, para rechazar la pulsión maligna, la dialéctica de lo malo, como humana y católicamente incompatible con nuestros principios.

Vivir en austeridad y con rectitud, supone no caer en el atajo de la búsqueda de la riqueza y el dinero fácil como manera inmediata de progresar, vivir con rectitud nos hace libres con nuestra propia escala moral y humana, nos compromete con el deber ser, con la decencia y la verticalidad de nuestros actos, de lo contrario sencillamente estaríamos solo simulando y siendo absolutamente distintos al título de este artículo, que a mi juicio constituyeron los pilares de los sermones que acompañaron el rito de la esperada beatificación de José Gregorio Hernández. Estar lejos del mal y vivir con rectitud, nos permitirán rehacer el país de nuevo y darnos la dignidad y la libertad que nadie en la tierra nos puede quitar.

Sea José Gregorio Hernández, el puente que permita que las suplicas tumultuosas de un pueblo desesperado como el de Venezuela lleguen al Padre, para que logremos encontrar la justicia en el hijo quien redime y la necesaria reconciliación en el espíritu que inspire a estas dos Venezuela a punto de naufragar. ¡Que así lo quiera el señor!

Profesor de la Universidad de Carabobo.

 

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