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Pedro R. García: ¿Cómo hablaré a los hombres?

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Una acotación necesaria

Se preguntaba Saint-Exupery, poco antes de que su vos se apagara en el silencio eterno, hoy con una variación me repetí esa pregunta. ¿Cómo le hablaremos a los nuestros? Intimado esta semana por dos eventos de un par de amigos y de su dramática decisión de poner términos a su existencia, aunque una inmensa mayoría sabemos que es una de las dolorosas realidades in crescendo, y hablo de la ola de suicidios que escala en el país, silenciado por el auto-asumido “pacto infame de hablar a media voz”. El   intentar escribir sobre este tema es lacerante, no puede estar precedido del afán de referir relatos, sino para ambicionar que todos participemos de la verdad y amor que reside en nuestra alma, con más fuerza que nosotros mismos. “Igual rescato la vieja y retórica pregunta que nos hemos repetido por siglos ¿Qué es el ser humano?  Un ser que piensa, que va a morir y lo sabe, poco importa que se esfuerce en olvidarlo, así en la posmodernidad se cubra de sugestivas máscaras digitales, ya que los ojos del alma no se ciegan como los del cuerpo y él lo sabe. Es su única certeza la única promesa que no ha de fayar, la gran paradoja de la vida y cuya verdad suprema se encuentra en la muerte.

Imagine lo que imagine, y apetezca lo que apetezca, tanto si se aferra al pasado o si corre hacia el futuro, si se sumerge o huye de sí mismo, igual si se curte o se desatiende en la exagerada sensatez, como en la locura, él tiene solo un deseo y una meta: escapar de las redes del tiempo y de la muerte, por eso prueba forzar sus límites, y yegar a ser más que humano.

Su verdadera morada es un más ayá; su patria definitiva esta fuera de sus fronteras, pero su desgracia está en el nudo del desenfreno que hemos yamado pecado o mito, en que engañado por la cada vez adictiva apariencia y escrutando lo eterno en lo fugaz, se aleja cada vez más de su unidad perdida, la plenitud imaginada entre sueños.

El hombre y su angustia…

Tal vez nunca el hombre se haya sentido tan a disgusto encerrado en sus propios límites. Así que, a pesar de los logros desde la desintegración del átomo, de los irrefutables avances en la ciencia médica, en la astronomía, la física cuántica, en la IA, ha hecho también estayar dentro de si todas las dimensiones de lo humano. De tal modo que se ha vaciado de su equilibrio natural y de sus seguridades terrestres ya solo lo detiene al borde de la nada el contrapeso de lo absoluto.

Hay otros momentos que me pregunto si aún le queda sustancia humana para que pueda prender el suplemento divino. El haber violentado los ciclos habituales de la vida la desaparición acelerada de las diferencias y las jerarquías, el individuo transformado en grano de arena, la sociedad en desierto; la sabiduría reemplazada por la erudición, el pensamiento por ideología, la información por propaganda, la gloria por aferente publicidad, las costumbres por las pasajeras modas, los principios por meras y formulas muertas, los padres por laptops; el olvido del pasado que hace estéril el futuro; la inteligencia artificial rebelándose contra su autor y recreándolo a su imagen y semejanza, todos estos fenómenos de erosión espiritual, articulados al exacerbado orguyo de nuestros logros materiales ¿no corremos quizá el riesgo de conducirnos sin saber al grado límite de agotamiento vital y de autosuficiencia más ayá de la cual la piedad de Dios asiste impotente a la decadencia de todo lo humano?.

“Tengo sed la luz inmarcesible de la que procedan esos fulgores efímeros”. 

pgpgarcia5@gmail.com

 

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