Don Arturo, Homero y los Beatles, por Mariano Nava Contreras

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Definitivamente, lo que se escribe cobra vida con el tiempo. O por lo menos una voluntad secreta e independiente que muchas veces obra con ironía. Hace poco, arreglando mis papeles, encontré una fotocopia que hace años me regaló un amigo. Se trata de uno de los artículos que Arturo Uslar Pietri publicaba en su columna “Pizarrón”. Pronto se cumplirán cuarenta años de este, que se publicó el 3 de mayo de 1981. Se titula “Homero y los Beatles” y fue un gusto leer lo que don Arturo dijo ahí cuarenta años después.

Se trata de una reflexión a propósito de la muerte de John Lennon, que había ocurrido pocos meses antes. Don Arturo recuerda cómo los Beatles revolucionaron la música de los años sesenta, “con sus largas melenas mal peinadas, su vestimenta sucinta, sus resonantes guitarras eléctricas y sus canciones repetitivas, hipnóticas y estridentes”. Resulta interesante ver cómo suena la música de los Beatles a los oídos de alguien con la cultura y la sensibilidad de don Arturo, alguien que además está sobre los sesenta años en el momento de mayor apogeo de los “Fab Four”: “Su música era monótona y elemental y no pasaba más allá de la obsesiva repetición de un patrón rítmico simple. Las palabras eran pocas y repetían someramente expresiones sentimentales en un tono airado o quejumbroso”. Qué bueno que don Arturo no tuvo que escuchar las cosas que se oyen ahora.

Don Arturo reflexiona sobre el rock y los grupos musicales como fenómeno de masas. “El micrófono y la guitarra eléctrica le dieron una amplitud multitudinaria”, dice. “Era como un multitudinario estado de trance colectivo, que parecía resucitar las raíces más elementales del instinto gregario”. Él, testigo muy principal de los cambios culturales que se operaron en la sensibilidad venezolana del XX, había visto cómo un dominicano desconocido ponía a bailar a los caraqueños en la pista del Roof Garden a finales de los treinta, y cómo las grandes orquestas, versiones tropicales de las Big Bands que habían catapultado la sonoridad del jazz, imponían los ritmos caribeños y tomaban por asalto el gusto de los venezolanos, que hasta entonces solo habían bailado merengues y pasodobles. Pero esto era otra cosa.

Los Beatles en una taberna en Korissia, isla de Kea, Grecia. Julio de 1967
Los Beatles en una taberna en Korissia, isla de Kea, Grecia. Julio de 1967

Como todo buen olfato que detecta en el aire el olor de los grandes cambios, don Arturo sabe que la cultura pop supera los límites de la música, y encarna más bien las formas del mundo intenso y vertiginoso que se va esbozando durante la guerra fría. “Todo eso que algunos han llamado «la cultura rock» no solo revela un nuevo estilo de vida y sociedad, sino que implica fundamentalmente un cambio en la relación entre las gentes”. Y en otro lugar: “No sé, ni estoy en capacidad de dilucidar la significación que para el futuro de nuestra cultura y de nuestra sociedad reviste un hecho social de esa amplitud, no solo con relación a la noción misma del arte, de la música y del canto, sino, además, de la relación entre las gentes y del sentido de la vida”. A veces me pregunto qué hubieran dicho estos pensadores al darse cuenta de que sus predicciones más osadas quedaban enanas frente al mundo que hoy tenemos, mediando entre la confusión y el espanto.

 

Don Arturo no puede dejar de recordar las ideas de Marshall MacLuhan, quien también había muerto por aquellos días. MacLuhan había reflexionado sobre el impacto de los medios en la configuración de la “aldea global”, así como en los efectos de la intermediación de la información, llevando al surgimiento de lo que Uslar Pietri llama “una situación preliteraria”. Era imposible no pensar en el viejo Homero. Don Arturo evoca a los aedos, los rapsodas que hace tres mil años viajaban por el Egeo de isla en isla, de pueblo en pueblo, hipnotizando con sus cantos arcanos a un público entregado. Cantaban las viejas sagas, las grandes hazañas guerreras, repitiendo una y otra vez las resabidas fórmulas poéticas al ritmo del báculo y la cítara, dramatizando los diálogos, narrando las gestas admirables de dioses y de héroes.

Recuerdo cuando traduje por primera vez el Ión, el breve diálogo que Platón dedica al canto y la poesía. Allí hace decir a Sócrates: “Muchas veces, Ión, los he envidiado a ustedes los rapsodas por el arte que tienen. En cuanto a su aspecto, van siempre adornados y se presentan lo más bellamente que pueden. Todo eso es envidiable” (530 a). Sócrates ironiza sobre el aspecto y la técnica impecable de los aedos, que son nada si no se dejan llevar por el enthusiasmós, el hálito de las Musas. Recuerdo que no pude dejar de pensar en las estrellas de la música Pop, tan pendientes de los trucos del marketing. En cuanto a don Arturo, su conclusión es lapidaria: “los cantantes de rock pueden reclamar el nuevo título de haber resucitado la técnica de la poesía de Homero y el sistema de comunicación directo y físico de los bardos de la Grecia más antigua”.

Por lo demás, los Beatles estuvieron en Grecia un par de semanas en el verano de 1967, cuando a Lennon se le metió en la cabeza la idea de comprar una isla, sin duda para establecer un alucinante paraíso de drogas y psicodelia. Dinero no les faltaba. Alquilaron un lujoso yate y zarparon por el Egeo en busca de la tierra prometida para su utopía hippie. “Fue un viaje increíble”, recuerda George Harrison en su libro Anthology. “John y yo estuvimos metiéndonos ácido todo el tiempo, sentados en el frente del barco tocando el ukelele. El sol brillaba y cantamos «Hare Krishna» durante horas y horas”. “La idea era tener una isla donde pudiéramos hacer lo que quisiéramos, una suerte de comuna hippie donde nadie interfiriera en tu estilo de vida (…) las drogas eran probablemente la razón principal por la que queríamos tener la isla”, dirá Paul McCartney en Many Years from Now. La verdad es que los Beatles, tan musicalmente creativos, esta vez no habían sido muy originales. Dos años atrás jóvenes de Europa y Estados Unidos se habían instalado en las cuevas de Matala, al sur de Creta, con el propósito de fundar una comuna hippie. También en Hydra, otra isla entonces santuario de la psicodelia junto al Peloponeso, tuvo casa por aquellos días Leonard Cohen, donde escribió un poemario y dos novelas que se vendieron muy poco, la verdad.

Ya sabemos cómo terminan las utopías. La comuna de Matala fue desalojada, y de muy mala manera, por la Junta de los Coroneles. Cohen volvió a Montreal y mucho tiempo después se ganó el Príncipe de Asturias. Y los Beatles se marcharon de Grecia hasta la coronilla de LSD, sin haber comprado su isla ni, me temo, haberse interesado por Homero.

 

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