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Rafael Fauquié: Descifrar el silencio de la tierra IV

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“¿Has comprendido, Leiziaga, todo lo que ha  pasado aquí? ¿Interpretas ahora este silencio?”. Enrique Bernardo Núñez: Cubagua

Las individualidades

Cierto individualismo, extremo, anarquizado, se repetía en casi todos los conquistadores: Villegas, fundador de Barquisimeto, y Losada, fundador de Caracas, se enfrentan a muerte. Será luego Juan de Carvajal, el fundador de El Tocuyo, quien luchará contra Losada a causa de las intrigas de Villegas. En toda la región de Venezuela no hay sino apenas un puñado de viajeros de indias y, sin embargo, se enconan las rencillas, se multiplican las rivalidades, se suman los odios. La causa es siempre la misma: el poder; un poder irreal, proyectado sobre espacios vacíos, sobre silencio, sobre nada. Tal vez eso sea lo que hace hoy más asombrosas y más inconcebibles aquellas terribles pasiones, aquellas envidias infinitas que solían terminar sólo con la muerte de uno de los enemigos. El furioso individualismo de aquellos hombres, la inmensa voluntad que fue su fuerza, sería también el germen de complejas consecuencias. Si algún legado hubo de parte de los conquistadores, ése fue, precisamente, el del individualismo. En todos los casos, la razón del poder se emparenta a parecidos signos de valor, de orgullo, de fuerza; también de azar y de violencia.

El poder de los conquistadores fue casi siempre efímero. Quienes un día se cubrían de gloria  al fundar una ciudad, al vencer una batalla, podían morir poco después olvidados en algún apartado rincón de la provincia. Lo comenta el cronista Fray Pedro de Aguado: “Pocas veces la fortuna dura en compañía de los que una vez favorece, si no es para ponerlos en cumbre donde derribándolos pueda dejarlos tan frustrados y deshechos de sus riquezas y potencias que antes quiere el humilde obedecer que el sabio mandar.” Era la regla primera de la aventura: la gloria es precaria; los sueños son siempre fugaces.

No se puede comprender el espíritu de la conquista si se olvida aquello que siempre estuvo presente a lo largo de toda la empresa americana: la esperanza. El aventurero que, desde España, se embarcaba en un galeón para lanzarse a lo desconocido, buscaba una forma de partir de cero, de romper definitivamente con su pasado. Muchos de los que vienen a la Tierra de Gracia no regresarán jamás a la metrópoli. A la provincia llegó gente de todo tipo: segundones de familias nobles, pícaros, expresidiarios. Caballeros y aventureros. Villanos con hambre de oro y de nombre. Unos y otros se separan definitivamente de la realidad dejada atrás, para arraigar en el porvenir. En El celoso extremeño, Cervantes describe en pocos trazos  ‑duros, caricaturales‑  a América. La llama “refugio y desamparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos”. Es decir: mundo de la aventura y la supervivencia, mundo también  ‑a veces‑  de la esperanza y la remisión -“remedio de pocos”.

Acaso pocos casos sean tan ilustrativos de la  irrealidad americana como el de Lope de Aguirre. En su patética violencia, su desmedido orgullo y su ambición alucinada, encarnan los signos del primer tiempo americano. A Lope de Aguirre se lo conoció por dos epítetos: el Tirano y el Peregrino. Perdura más el primero de ellos, sin embargo, fue con el segundo con el que firmó la célebre carta que, personalmente, dirigió poco antes de morir, desde Nueva Segovia de Barquisimeto,  a Felipe II. La misiva describe a un ser en rebeldía contra el mundo. Su encabezado es elocuente: “Carta a su Majestad Rey Felipe, natural español, hijo de Carlos Invencible. Lope de Aguirre tu mínimo vasallo, cristiano viejo, de medianos padres, hijodalgo, natural vascongado en el Reino de España en la villa de Oñate”. Después de la presentación, vienen las acusaciones contra la administración imperial. Aguirre exige mayor justicia para quienes, como él, desprovistos de cargos y de influencias, han venido a tierras americanas en busca de una suerte mejor a la dejada atrás: “Creo que te engañan los que te escriben de esta tierra, como estás tan lejos; por no poder sufrir más las crueldades que usan éstos tus auditores, Virreyes y Gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros y desnaturalizados de nuestras tierras que es España, y hacerte en estas partes la más cruel guerra que nuestra gente pueda sustentar. Y esto ved, Rey y señor, nos ha hecho el no poder sufrir los grandes apremios y castigos que nos dan estos tus ministros que, por remediar sus hijos y criados nos han usurpado nuestra fama, vida y honra”. Aguirre, pues,  le declara la guerra a Felipe II.  Un hombre a la cabeza de un puñado de hombres, desde una de las más apartadas comarcas del imperio, advierte al monarca más poderoso del orbe su propósito de enfrentarlo hasta el final. Hasta la muerte.

La aventura de Lope de Aguirre, los hechos que lo hicieron célebre dentro de todo el mundo español y convirtieron su nombre una mención casi satáncia en la provincia de Venezuela, adeudan tanto a la valentía como a la locura, al idealismo como a la ambición, al sueño y a la agonía. Después de asesinar en el Perú al gobernador Pedro de Ursúa, Aguirre se lanza con un grupo de hombres a través del río Amazonas. Sobre dos barquichuelas, recorre el inmenso río y llega hasta el Océano. Alcanza la isla de Margarita y después la tierra firme. Como un reguero se extiende por Venezuela la noticia de su llegada. La fama de asesino despiadado le precede.  Se sabe que ha asesinado a Villapando, el gobernador de Margarita, que ha saqueado la ciudad de La Asunción. Todas las poblaciones organizan un ejército para detenerlo. Cerca de Nueva Segovia de Barquisimeto se prepara la batalla final. Cuando Aguirre llega hasta la ciudad de Juan de Villegas descubre que sus habitantes la han abandonado. En su furia ordena incendiarla. Son pocos ya los marañones que todavía le acompañan. Al final hasta esos pocos parten. Completamente solo se enfrenta a quienes pretenden apresarlo. Su último acto antes de morir, será el de asesinar a Elvira, su hija, quien lo había seguido a todo lo largo de la desquiciada empresa.

Las aventuras del Tirano fueron narradas por algunos de quienes lo acompañaron; éstos describieron, además, algunos otros proyectos truncos: por ejemplo dirigirse hacia el istmo de Panamá  ‑el Darién de Vasco Núñez de Balboa‑, apoderarse allí de todos los barcos que fuese posible y alzar en armas a todos los descontentos que se encontrasen. Bajar luego hasta Lima con una fuerza expedicionaria lo suficientemente grande como para conquistar la capital del Virreinato. Una vez dueño del Perú, declarar el nacimiento de un imperio nuevo, independiente de España y del que Lope de Aguirre sería emperador. Eso lo contaron Francisco Vázquez, Gonzalo de Zúñiga y Pedro de Monguía: desertores todos del grupo de marañones del Tirano. Por largo tiempo, el recuerdo de Lope de Aguirre aludió  a lo más negativo de quienes, como viajeros de indias, llegaron a tierras de América anhelando hacerse de un nombre y de un comienzo. El fantasma de Lope de Aguirre acompañó, como un símbolo desquiciado y trágico, lo más irracional de la esperanza americana.

 

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