Julieta Cantos: Más allá (3)

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Con el artículo de hoy culmino mi recorrido por Boconó, tal como lo prometí…iniciando mi reencuentro con San Cristóbal, la próxima semana.

La decisión de visitar el museo fue una de las mejores que hicimos. Nos acercamos cautelosas, inseguras de que estuviera abierto, por cuestiones de pandemia. Es fácil de llegar, queda perimetral a la principal avenida de enlace con la vía a Mérida. Es como nuestro Museo del Táchira. Una casona antigua, vieja hacienda de los Clavo, donde funcionaba un trapiche. El horario es de martes a domingo de 9:30 a.m. a 12 m., debido al Covid.

Desde que se entra se siente una alegría inmensa. Un hombre joven, miembro del personal de la institución, nos da la bienvenida, y realiza la desinfección. El mantenimiento es impecable. Los jardines que nos reciben son hermosos, aun en un momento de sequía, esperando la entrada de lluvias, se ven cuidados. La presencia en el centro de un árbol con sus ramas extendidas, cobijando y protegiendo esos jardines que se pliegan a su tronco. Nos dirigimos a la derecha, en donde se encuentran las instalaciones del trapiche. El techo de caña brava, totalmente restaurado, sin rotos ni goteras, sobre columnas de madera. Esas columnas típicas de los Andes, con una pequeña base que la protege de la humedad, sube luego recta, para luego presentar un pequeño calado en las 4 esquinas de la misma. La arquitectura es hermosa, pero la museografía es excelente. Nos recibe a la entrada de esa instalación una piedra de moler original, de aquellas en las que se molía el maíz, un piso de piedra perfectamente diseñado y realizado junto con una lámina de metal grande, colocada sobre la pared, que describe las diferentes áreas que conforman a este sector, con una aclaratoria que especifica que los materiales utilizados en la museografía -adaptación del ambiente- fueron tomados de las piezas y objetos en desuso de la misma casa.

Está conformado por diferentes salas: la de exposiciones, la de encuentros comunitarios, de audiovisuales, fotografía, y el taller de artesanía. Entre los eventos que se realizan, en tiempos no pandémicos, están los festivales de arte culinario, el navideño, el de tecnólogos y creadores, el de juegos y deportes, el de violines y el de flores.

Al traspasar este pasillo, que tiene paredes de tapia, perfectamente acabadas y  mantenidas, en donde hay grandes entradas intercalando paredes, aperturas, paredes, aperturas, y que delimitan el salón de encuentros, nos vemos sumergidas en él. Este salón, es espacioso, totalmente ventilado por la configuración del cerramiento de paredes y aperturas, intercaladas, descrito anteriormente, y por la altura de sus techos. El mobiliario, conformado por sillas de madera, con base de metal, alineadas en forma de conferencia, y un escritorio. El pesebre todavía presente. No dudamos de lo sabroso que debe sentirse participar en un espacio como este, y además agradecidos por tenerlo.

Seguimos y nos encontramos con las instalaciones del trapiche, en donde se encuentra el área de la molienda y la cocción en pailas, con todos los artefactos y utensilios presentes, así como un texto explicativo de lo que en las Antillas se conocía como trapiche, que era la unidad de producción que utiliza la fuerza animal para el movimiento de los molinos, mientras que al incorporar la fuerza hidráulica pasa a ser ingenio. Los famosos ingenios azucareros.

 

En los alrededores del trapiche existen áreas cuyo acceso está restringido, las primeras de ellas quedan en el sótano, y es donde están ubicados los hornos. A  la derecha del área de molienda y cocción, están los talleres, que es donde se encuentran los telares. Grandes y hermosos. Esta área también está restringida, nos imaginamos que solo la abren cuando los artesanos van a trabajar o cuando no hay pandemia.

A la izquierda se encuentra la sala de exposiciones, donde pudimos ver una hermosa muestra de artistas de la zona. Al frente del trapiche, del otro lado del jardín está el área administrativa, en donde conseguimos a dos miembros del personal, que nos permitieron, muy amablemente, ver las oficinas, en donde había tallas de madera, de una calidad inigualable. Y ya de salida, cerramos con la tienda “Tejidos Artesanales de Boconó”, en donde se encuentran los productos acabados que hacen los tejedores. Algodón puro, urdido en los telares fabricando cubrecamas, cobijas, hamacas, manteles, individuales y chalecos. Todo manual.

Quiero cerrar hoy señalando ciertas cosas con particular énfasis. La importancia de que estuviera abierto en tiempos de pandemia, manteniendo las medidas de bioseguridad. La posibilidad de autogestión planteada desde la fundación que maneja el Museo. El principio activo del mantenimiento de los espacios. La capacidad creadora y de compromiso del boconoense, del venezolano. Con esto tengo suficiente, para sentirme motivada a seguir trabajando con sentido, con norte, con pasión por Venezuela…y en particular el Táchira.

Comentarios bienvenidos a julietasinlimite28@gmail.com

 

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