Earle Herrera: Pueblos tercos

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La arremetida del imperio y Europa contra los presidentes progresistas de América Latina ha sido brutal e hipócrita, como también inútil. Han logrado inhabilitar líderes populares y derrocar gobiernos, pero solo han alcanzado triunfos transitorios. Se trata de jefes de Estados tercos, sostenidos por sus pueblos con mayor terquedad. Los tumban y se levantan, los sacan y se regresan. Donde Estados Unidos sigue viendo su patio trasero, hace rato ya no hay patio. Donde Europa añora su sueño colonial, hace 200 años ese sueño se lo volvieron pesadilla.

El imperio le propinó un golpe de Estado “clásico” al ex presidente Zelaya, de Honduras, y el congreso de ese país lo maquilló con una bufonada parlamentaria. Hoy, el presidente de ese país elegido mediante la “democracia” nacida de aquel golpe, es acusado en los mismos EEUU de ser socio del narcotráfico ¿Lo sabían antes? Por supuesto, pero hoy lo echan al pajón porque ya no les sirve.

De la “Democracia” que brotó del golpe parlamentario contra Fernando Lugo en Paraguay, es hijo en línea directa Abdo Benítez. Hoy, la mayoría del país está en la calle exigiendo su renuncia. En Argentina, el magnate Macri fue derrotado voto a voto. De nada valió toda la campaña mediática y judicial contra Cristina Fernández. Las fuerzas progresistas volvieron a la Casa Rosada. A Piñera, en Chile, paradójicamente, lo salvó la pandemia. Por ahora.

Lo de Bolivia fue descarado. Para tramar un golpe contra el Presidente Evo Morales, intervino hasta la OEA, en la persona nauseabunda de Luis Almagro. Biblia en mano, se instauró una dictadura de uñas largas y moral corta. El pueblo soportó paciente la represión y la muerte hasta concurrir a las urnas electorales. La victoria de la revolución indígena fue clamorosa. Al aplicar la justicia a sus represores, con estricto apego al debido proceso, saltan EEUU, Europa, las ONG y hasta la prostituida OEA.

Faltaba la absolución de Lula para dejar desnuda en descampado a la “justicia” brasileña. El líder de los trabajadores soportó con estoicismo las infamias judiciales y la cárcel. Hoy su pueblo lo aclama y denuncia al usurpador Jair Bolsonaro. Los golpes militares o parlamentarios, judiciales y mediáticos, no pudieron ni pueden con la terquedad de los pueblos de la patria grande.

 

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