Rafael Fauquié: Tres venezolanos

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En su excelente trabajo Hombres y mujeres del siglo XVI venezolano (Caracas, ed. de la Academia Nacional de la Historia, 1983), Ismael Silva Montañés, identifica, en medio del silencio del primer momento de nuestra historia, las voces y los rostros de tres figuras a las que el autor llama “cumbres de la venezolanidad del siglo XVI”. Ellas son: Guaicaipuro, Francisco Fajardo y Garci González de Silva.

Mestiza como pocas en la América española fue la historia venezolana. Un indio, Guaicaipuro; un mestizo, Francisco Fajardo; y un español, Garci González de Silva, se constituyen ‑o podrían constituirse, como indica en su libro Silva Montañés‑  en símbolos humanos del primer siglo venezolano. Cada uno de ellos expresa, elocuente, cierta realidad del país que empezaba a ser.

Guaicaipuro, el habitante primero, es el gran despojado. El patetismo de su figura surge de lo más cruel del momento primero de la Conquista: la derrota del indígena, la muerte de su tiempo. La Conquista se impuso a sangre y fuego sobre la desaparición o la asimilación de los otros, de los distintos: los herejes. La desesperada lucha de Guaicaipuro es un agónico combate por sobrevivir. El cacique representa la fiereza trágica de un mundo que se niega a claudicar, que intuye que su único destino es la desaparición. Sobre la muerte de Guaicaipuro se cierra la pacificación definitiva del valle de Caracas. Ella precede la fundación de la ciudad de Diego de Losada que, andando el tiempo, se convertirá en capital de la provincia.

Francisco Fajardo es el mestizo hijo de un español y una india, totalmente asimilado para la cultura del conquistador; convertido él mismo, a su vez, en conquistador. Fajardo encarna la fuerza de ese mestizaje iniciado desde la llegada misma de los primeros viajeros de indias. Las expediciones de Fajardo empiezan la conquista de la región: van perfilando el país, trazando sus linderos actuales. El rumbo del conquistador mestizo dibuja la primera forma de nuestro espacio nacional.

Garci González de Silva es el conquistador convertido en terrateniente y en caudillo. Media Venezuela llega a pertenecerle. Sus inmensos fundos crecen, se multiplican: recibe encomiendas, compra las tierras de otros encomenderos empobrecidos. Casi todos los alrededores de Santiago de León de Caracas llegan a ser suyos. Le pertenecen las tierras que van hasta Cagua, hasta Villa de Cura, más lejos aún: hasta la laguna de Tacarigua. De Garci González son, también, algunos grandes fundos de los Valles de Aragua, parte de las llanuras que rodean al río Guárico. Señor de la tierra, Garci González también se identifica con ella: su nombre se deposita, en la memoria de las gentes, a un bello pájaro: el gonzalito. Los colores del escudo de armas de Garci González son el negro y amarillo, como negro y amarillo es el plumaje del ave. Garci González de Silva fue símbolo primero de eso que, bajo mil formas y a través de todos los complicados meandros de nuestra vida nacional, se ha mantenido vivo: el caudillismo. Todos aceptan a Garci González de Silva como protector: su casa ampara a quien lo solicite. A lo largo de su vida ocupó todos los principales cargos de la provincia: Alcalde, Alférez, Justicia Mayor. Fue nombrado Regidor a perpetuidad. Su fuerza se vio limitada, sin embargo,  por la solidez inconmovible y por la eficacia de una burocracia imperial que le hizo inalcanzable un mayor poder. El límite del caudillo fueron sus dominios, su influencia lugareña. En juego de eficaces contrapesos, la corona española pudo dominar los personalismos que, irresistibles, comenzaban tempranamente a germinar a lo largo y ancho del imperio.

 

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