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Claudio Fermín: Protestamos las sanciones

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La autodeterminación de los pueblos está intervenida por la inescrupulosa conducta injerencista de potencias que no renuncian a la ambición de conducir la política económica y la administración de los recursos naturales de países a los que sólo entienden como proveedores de materia prima para sus negocios y como mercados cautivos para sus exportaciones.

La fluidez en las relaciones cotidianas con esos países y, más allá, el apoyo político a sus gobiernos, depende de la docilidad con la que admitan los mecanismos de intervención de las potencias. Si ofrecen resistencia y deciden proteger sus recursos naturales o diseñar estrategias económicas autónomas que conlleven, entre otros objetivos, a pago justo por sus materias primas, entonces las relaciones se tornan conflictivas.

Esos países poderosos no actúan de manera solitaria. La corporación, la empresa transnacional, ha servido para tejer acciones conjuntas de esas potencias en el mundo financiero y bancario, en las áreas energéticas y farmacéuticas, en el turismo y los negocios portuarios, en el transporte aeronáutico y, en general, en convenios y acuerdos comerciales entre estados que se suponen soberanos. En todas partes están los largos tentáculos de insaciables potencias que todo pretenden controlar.

Instituciones que fueron concebidas para la defensa de naciones que por décadas marcharon desarticuladamente sin aprovecharse como mercado común, y que se consumieron unas a otras en guerras que conmovieron al mundo, hoy han sido penetradas por el espíritu totalitario del intervencionismo que todo quiere controlar.

Eso está pasando con la Unión Europea. Ha perdido su Norte original como garante de la integración de esas veintisiete naciones que quedan allí agrupadas después de la salida de la Gran Bretaña. Esa Unión Europea, lejos de la agenda integradora que le dio origen, hoy se comporta como bloque para competir o insertarse en el mundo geopolítico que tiene como grandes referentes a Estados Unidos de América, China y Rusia.

En ese complejo cuadro mantiene una política de alianza con los Estados Unidos y han sido atrapados como segundones de las decisiones injerencistas que Donald Trump desarrolló en sus relaciones con Venezuela. Se fue Trump, pero ha quedado el apego a la política definida por la potencia americana y así tenemos a la Unión Europea como operadora de zancadillas políticas y de mandaderos de juegos sucios.

Recientemente aplicaron sanciones a representantes calificados de la Asamblea Nacional, a magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, a rectores del Consejo Nacional Electoral, a autoridades militares y policiales venezolanas.

Abarcaron un amplio espectro de organismos públicos en una especie de ruptura institucional diversa con el Estado venezolano para presionar en obsequio de la élite política de su preferencia. Al estar incluidos entre los sancionados dirigentes de oposición se nota que no sólo aspiran gobiernos dóciles, a la medida de sus ambiciones, sino también opositores que ningún peso hagan a sus pretensiones.

Estas sanciones son parte de la estrategia de aislacionismo del país, de desestabilización de las instituciones y de debilitamiento de la soberanía expresada en la fuerza popular del sufragio. Aspiran incidir en altos niveles de abstención al sancionar a promotores del voto y de la participación.

Estas sanciones, al igual que los mecanismos de bloqueo económico que han venido aplicando, no son procedimientos diplomáticos convencionales, como tampoco son salidas políticas a la crisis que padecemos. Son acciones contra la estabilidad del país, contra la paz social. Son oxígeno para conspiraciones urdidas desde el exterior. Son vulgares agresiones contra Venezuela, contra nuestra estabilidad, contra las posibilidades de cambio pacífico. Y como tales las denunciamos y protestamos desde Soluciones para Venezuela.

 

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