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Rafael Fauquié: Un maestro

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Al pensar en un maestro de nuestro tiempo, alguien que entendió la educación como un proceso destinado a formar individuos responsables tanto de sí mismos como de su circunstancia social, resulta imposible no referirse al pedagogo y filósofo norteamericano John Dewey, quien, en sus trabajos, no cesó nunca de expresar el sentido de una educación “útil” en su comunicación de saberes capaces de ayudar a las personas a vivir consigo mismas y a convivir con otras.

Para Dewey la idea de singularidad individual no contradice la imposible independencia de lo colectivo. Educar para el desarrollo de la autonomía de la persona será, también, educar para la responsabilidad de ésta hacia su entorno. ¿Su idea central? Educar al individuo significa educar a la sociedad toda.

Sobre la formación de cada individualidad personal, una idea es especialmente importante para Dewey: desarrollar la inteligencia y habilidades del ser humano significará, también, moldear su sensibilidad, su emotividad, su imaginación. ¿Cómo? Por ejemplo, a través de la familiaridad con las obras de arte. A ese tema dedica su libro El arte como experiencia. De un profundo esfuerzo testimonial -dice Dewey- está hecha toda genuina obra de arte. La contemplamos. Si de veras logramos comunicarnos con ella, si de alguna manera nos conmueve o influye, entonces nos aporta algo. Nos ofrece esclarecimientos y respuestas. Nos transmite alguna forma de verdad. En suma: nos educa.

Sobre el otro ideal educativo, el relacionado con la condición social de la persona, escribe Dewey la que, sin duda, es su obra más conocida: Democracia y educación. En ella comienza por plantear que, más que una forma de gobierno, la democracia es una opción de vida, la única capaz de permitir una verdadera convivencia humana. No ofrece la felicidad pero nos proporciona la posibilidad de construir un proyecto de felicidad. No se rige por dogmas ni fórmulas sino por principios. Se fundamenta en la tolerancia y en la aceptación de la diversidad. Acepta las diferencias entre los grupos humanos pero hace de la inclusión  una estrategia necesaria para sobrellevarlas. Fundamenta sus principios en la convivencia de todos en medio de ideales de libertad, dignidad individual y justicia.

Para lograr el objetivo central de una educación para la democracia  -transmitir y formar a las personas en la convicción de sentimientos de responsabilidad común y en el respeto a los derechos de todos- la educación, dice Dewey, deberá apoyarse en la filosofía. Recuerda que, tras un tiempo inicial, cuando se propuso desentrañar los misterios del cosmos, la filosofía, a partir de Sócrates, tuvo como esencial finalidad ofrecer respuestas a preguntas atemporales sobre felicidad, plenitud, ética, convivencia, justicia, el bien y el mal… Todo ello pasó a convertirse en su esencial finalidad. Por ello, Dewey llega a definir a la filosofía de “teoría general de la educación”, y propone fundamentar toda práctica educativa sobre la responsabilidad de educadores convertidos en la adecuada combinación de eso que él mismo era: un pedagogo y un pensador, un filósofo y un maestro.

 

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