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Rafael del Naranco: Los olvidos que vendrán

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En sus memorias,  el escritor español – francés Max Aub,  rotula: “Paulino Masip viene a comer. ¡Qué tristeza!”.

El autor de “El laberinto mágico” – nadie podrá entender la literatura  de la península ibérica de postguerra sin  rebuscar en esas páginas – abre el balcón  en un piso pequeño cerca de Malvarrosa, en la Valencia republicana en la que ahora yo hago albergue,  y mirando la luz ceniza de la tarde mediterránea,  y viendo  al amigo  encerrado en una pesada niebla cuajada, sabe bien la desdicha que padece.

Todos morimos un poco cada día, pero más los humanos  con mal de Alzheimer,  la  temible enfermedad de la demencia.
Esa tenebrosidad destruye lentamente las células del cerebro, y uno acaba olvidándose de su propio yo, mientras los recuerdos se desvanecen.

En aquellos días, un poco más allá, hacia el norte, en un sanatorio de las estribaciones del Guadarrama, en el Madrid de los Austrias y los mozos del Quinto Regimiento –  hay  nieve en sus sierras y brisas congeladas entre los solitarios pinos y los riscos desnudos – María Teresa León, la esposa del admirado poeta Rafael Alberti, tan escritora como él, y más sensible, se perdió por entre los eucaliptos  de la imaginación y no regresó a la luz  clara del entendimiento.

Su hija Aitana lo recordaba… “Las manos  subrayan, señalan, acarician las mías. ¿En qué mundo remoto se habrá intrincado aquella mente? ¿Dónde quedó el pujante espíritu que arengaba a los milicianos con discursos emanados de lo más puro del corazón?”.

El mal de la niebla alojada en las estribaciones del alma, es una de las grandes plagas del intelecto, y tal vez en un futuro cercano las personas genéticamente predispuestas  a ese padecimiento  neurodegenerativo, puedan  vacunarse contra esa lobreguez como se hace  ahora con el Coronavirus.

El logro  – si se consigue – es un paso en un largo proceso que arrancó con el descubrimiento de las mutaciones genéticas relacionadas con el Alzheimer.

Hace unos años no se disponía de un modelo sobre el que estudiar ese mal, no obstante, este requisito imprescindible para la investigación biocientífica,  se va superando lentamente.

En un  ratón transgénico padeciendo el deterioro cognitivo similar al de las personas, los científicos han podido evaluar una pústula contra ese detrimento.

No lo sabemos con certeza,  pero es indudable, que la subsistencia sin sensaciones vividas, es lóbrega e irreal.

Poder recordar un rostro, la sonrisa o la palabra de algún ser que amamos, es reconfortable. Sin eso, aún existiendo, estamos comenzando a cobijar el frío de la arcillosa tierra húmeda.

Algunas almas, por extraño que parezca, desean arrinconar sus caminos interiores, son las dolientes de los pesares, ya que existir con esa desdicha  no es fácil, más cuando la  mayoría de las veces la realidad hiere al tornarse calina coagulada.

El olvido es una hojarasca lóbrega  transitando  entre las neuronas  sin saber la ruta a seguir. Las más de las veces, rozan la trinchera de la realidad  unos instantes y se vuelven a perderse entre su propia quebradura sombría.

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