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Juan Arias: Bolsonaro dice que no le gusta la democracia

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No era un secreto para nadie que al presidente brasileño Jair Bolsonaro no le gusta la democracia. Pero ahora se ha quitado la careta y ha confesado a la luz del sol: “Si todo dependiera de mí, no viviríamos en este régimen”. Su confesión la hizo durante un acto militar. El general de reserva Eduardo José Barbosa le hizo eco: “Brasil tiene nostalgia del régimen militar de la dictadura”. Aunque no es cierto porque de acuerdo con un sondeo hecho por Datafolha el 75% de los brasileños apuesta por la democracia.

No hay alternativa al régimen democrático, solo algún tipo de dictadura. No hace falta acudir a un silogismo de Aristóteles para interpretar las palabras del capitán brasileño.

En el día anterior de su confesión, Bolsonaro sorprendió al destituir al presidente de la estatal Petrobras, considerado uno de los mejores de los últimos tiempos, para colocar en su lugar a un militar.

Que a Bolsonaro lo que le encanta es un régimen dictatorial sin tener que contar para gobernar con el estorbo de las otras instituciones lo había revelado ya cuando era diputado. Afirmó entonces que la dictadura brasileña fue demasiado blanda. Según él tendría que haber matado a 30.000 más, incluido el expresidente Fernando Henrique Cardoso, y no haber perdido tiempo en torturar pues debían haber matado directamente a los que se oponían a ella.

Que Bolsonaro se siente incómodo con la democracia lo reveló enseguida cuando consideró un estorbo tener que contar para gobernar con el Congreso y el Supremo Tribunal Federal. Así que estimuló a sus seguidores fanáticos y nostálgicos de la dictadura a atentar contra dichas instituciones.

Desde entonces, viendo que las instituciones reaccionaron en defensa de la democracia, cambió de táctica e intentó comprar al Congreso o al Supremo. Del famoso caballo de Atila se decía que donde pisaba no volvía a nacer la hierba. De Bolsonaro se podría decir que donde pisa mueren los valores de la libertad y de la democracia.

Ya no quedan dudas que de ahora en adelante más que gobernar y preocuparse por los graves problemas que afligen al país, Jair Bolsonaro dedicará su tiempo para poder reelegirse y a partir de ahí imponer al país un régimen de excepción.

El primer paso que ya está dando es militarizar cada día más al Gobierno no solo llenándolo de militares sino armando y alabando cada vez más a las policías y hasta a las milicias para que sean sus aliados.

Que Bolsonaro se encamina cada vez más a imponer un régimen que cercene las libertades para poder gobernar sin tener que contar con los contrapesos que exigen la democracia, ha quedado más claro que nunca.

A este punto es un deber preguntarse qué piensan hacer las instituciones democráticas cada vez más amenazadas. ¿Van a esperar pasivas a que el capitán realice sus sueños de coronarse emperador como un nuevo Napoleón para gobernar a su capricho o deberán frenar su ímpetu dictatorial?

Ahora ya no sirven las excusas de que se tratan solo de las bravatas. La confesión de Bolsonaro no admite más excusas de que está hablando en serio.

¿Permitirán los otros poderes del Estado que el presidente siga provocando públicamente y escupiendo sobre la democracia? La inercia ante las provocaciones del presidente podría costarle caro al país cuyo prestigio se está desmoronando dentro y fuera de sus fronteras.

Ahora queda más claro que a Bolsonaro lo único que le preocupa es dedicar lo que le queda de mandato a blindarse y a prepararse para ganar a cualquier precio aunque tenga que pisotear todas las reglas electorales.

No sé si el capitán Bolsonaro es o no un estratega, pero está demostrando que acaba engañando a las instituciones que se dejan comprar por él y no consiguen aceptar su peligrosidad. Se siente tan seguro de poder conseguir combatir la democracia que ya está intentando confesar que Brasil solo puede ser gobernado con mano dura.

La gran incógnita hoy es si las fuerzas democráticas, las empresas y hasta las iglesias se dejarán subyugar por Bolsonaro y lo dejarán irresponsablemente seguir preparando sus planes de acabar con la democracia del país contando con la complicidad de todas las fuerzas militares.

O las instituciones democráticas ponen un freno al caballo desbocado de su locura o mañana aparecerán como cómplices cobardes e incapaces de oponerse a la tiranía del presidente.

La historia nos enseña que grandes tragedias del pasado habrían podido evitarse si alguien las hubiera detenido a tiempo. Brasil podrá detener la mano de quien ya amenaza con arrogancia desestabilizar y militarizar al país.

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