Inicio > El pizarrón de Fran opinión > Carlos Ñáñez: Normalidad impuesta en lo económico y la docilidad social

Carlos Ñáñez: Normalidad impuesta en lo económico y la docilidad social

Compartir

 

 “El poder tiende a corromper y el poder absoluto, corrompe absolutamente” Lord Acton 1887.

Venezuela atraviesa una verdadera catástrofe en materia política, que ha devenido en una crisis sin precedentes en la esfera de la economía. Las formas republicanas sencillamente se esfuman, son incompatibles con esta andanada de errores e improvisaciones generadas desde la inobservancia más elemental de todas las leyes económicas, hemos sido un país que decidió ir a contra marcha de la racionalidad, no solo económica,sino general; en tal sentido nuestro país exhibe hoy cifras incomprensibles para una nación que no haya transitado los desafíos de una guerra o una catástrofe natural.

Huelga repetir que estamos en Hiperinflación, los tres esquemas de los cuales se aferra la ciencia económica para determinar que vivimos en Hiperinflación están vigentes y son aplicables a nuestra realidad, superamos los 100% de dato inflacionario, indicador empleado por la asociación internacional de contadores, nuestras cifras de inflación intermensual en promedio sobrepasan las estimaciones de Philip Cagan, para indicar que vivimos en hiperinflación, y Reinhart y Rogoff nos definen como una hiperinflación moderna, pues superamos los 500%, en los indicadores interanuales.

Sin embargo, existe un factor que se ha apoderado del discurso, del entramado político nacional degenerado en coalición gansteril: la idea de una normalidad impuesta, de una falsa recuperación, la oferta por demás engañosa de impulsar las cuotas de producción petrolera hasta el millón de barriles diarios de petróleo, desde una diminuta capacidad de producción cercana a los 400 mil barriles diarios, es decir, lo que producíamos hace 78 años. Los anuncios del régimen en materia económica albergan el germen de la normalidad impuesta, este giro en la acción del ejercicio del poder logrado desde que se instrumentalizó a la hiperinflación como una herramienta de control social, que consume todo el tiempo para la vida, e impide que la ciudadanía exija una vida republicana plena, o lo que es lo mismo, una en donde coexistan la justicia y el Estado derecho, el equilibrio de la norma y la libertad; la falsa idea de normalidad conlleva consigo misma la idea errónea de una estabilidad que sencillamente no existe.

Haciendo un ejercicio para auscultar la gravedad del deterioro económico, un país que pierda el 80% del tamaño de su economía en siete años sencillamente perfila un reto para la ciencia económica, su deterioro supone un calificativo superlativo sobre la recesión y la depresión, es sencillamente el espectáculo artaudiano de la crueldad en materia real de la economía, luego si a este cuadro le agregamos que en Venezuela ocho de cada diez hogares padece de pobreza extrema por la vía del ingreso y que nueve de cada diez hogares refleja carencias por la vía del ingreso, vemos la necesidad de explicar que somos un verdadero drama en materia humanitaria, un país en el cual su nomenklatura come caviar y carne Kobe, mientras que sus grandes mayorías sobreviven a las penurias de una sostenida y dolorosa hiperinflación, esto no puede ser catalogado como normal, pues la norma no es el hambre, la hiperinflación, el terror y la amenaza del aparato represivo del Estado.

La hiperinflación ha supuesto un acelerado y desordenado proceso de dolarización, somos una economía desmonetizada con una moneda desplazada, de ser el país más rico de la región medido por el PIB por habitante, pasamos a ser uno de los últimos con niveles homólogos a los de Haití, la normalidad no supone que sea normal que la basura sea la comida de los venezolanos desplazados hasta la miseria, la rutina del horror logró normalizar ese cuadro dantesco, y para ello empleó al nada torpe aparato goebbeliano de propaganda, para encontrar replicadores en una nueva burguesía abyecta que se abre paso en medio de los lodos de la revolución la de los cohabitantes, el horror de una sociedad agonizante ha logrado ser normalizado a los ojos de una ciudadanía focalizada en sobrevivir.

La incompatibilidad de la actual situación que vive Venezuela, ha devenido en cambios importantes en su pirámide demográfica, tenemos a más de seis millones de compatriotas en desplazamiento masivo, presionando a las economías vecinas y generando un verdadero caldo de cultivo para la violencia y hasta el estallido de episodios de xenofobia, que esperamos por el bien de todos en el continente, sean minimizados pronto.

Venezuela ha visto su esperanza de vidareducirse entre tres y cuatro años de edad en promedio, como resultado de este proceso de daño social. ¿Cómo sostener entonces la idea de la normalidad? somos  un país aluvional, improvisado, improvisante e improvisador, hemos visto descender los roles propios de ciudadano al de habitante y desde allí acudimos a un quebrantamiento absoluto de las formas de control y función de la sociedad, no hay normalidad mientras exista un proceso de mutación desde el atavismo fundamentalista de la izquierda anquilosada hacia esta forma de capitalismo clientelar, mismo que demanda obediencia y docilidad para permear beneficios, desde los complejos entramados de la urdimbre en el poder.

Es así como el proceso de dolarización, también de asimétrico y desordenado se ha vuelto potable y factico, más no normal y menos equitativo en el país, somos una sociedad sin valor en el trabajo, el salario ha perdido el 99% de su poder real de compra, se requieren más de 292 salarios mínimos para alcanzar la canasta normativa de alimentos, atravesamos un proceso de absoluta parálisis en la prestación de los servicios públicos, y es imposible para el Estado proveerlos de manera mínimamente eficiente, la propia hegemonía dominante es presa de esta trampa perfecta, la tributación yace arrasada por la hiperinflación y la configuración de la ecuación de Olivera Tanzi, nos indica que los impuestos no tienen poder real de compra ni siquiera siendo medidos enPetros, cuyo valor oscila en torno a los sesenta dólares por unidad; el ritmo de la hiperinflación hacen inviable que el Estado halle formas de sostenibilidad financiera distintas a la emisión monetaria para soportar su macilento, dispendioso y opaco gasto público, siendo esta última variable la responsable del sustento de la hiperinflación.

A modo de corolario, los datos reportados con retraso en materia de precios en el país dan cuenta de la imposibilidad de una normalidad o estabilización, lo que sí se puede indicar es que estamos encontrando estabilidad en un foso, que es asintótico con la miseria infinita.

El gran ganador con toda esta intoxicación lingüística es el gobierno y su hegemonía, ya la instrumentalización de la hiperinflación y su empleo como mecanismo de socavamiento de las voluntades, han cumplido el rol de allanar el camino a la idea perversa de la normalidad, una idea que además produce anestesia colectiva y docilidad social. No hay normalidad, nada es racional, no existe una norma que regule esta entropía en la cual coexiste una hegemonía que logró desmontar las formas de la vida republicana y desintitucionalizarnos, hasta llevarnos hacia este estado natural del diario vivir.

En Venezuela no hay normalidad, esa es una máxima incontrovertible, e intentar desconocerla supondría niveles de irracionalidad reñidos con los preceptos kantianos, que sencillamente nos harían cómplices de las tropelías de un gobierno que es el responsable del desmontaje republicano.

 

Compartir
Traducción »