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Rafael Fauquié: En un ensayo al que colocó por escueto título…

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En un ensayo al que colocó por escueto título Por qué escribo, George Orwell sostuvo que la mayoría de los individuos abandonaban toda ambición de sobresalir en la vida más o menos hacia los treinta años, excepto en el caso de los escritores, quienes podían conservar intacta esa ilusión hasta el final de sus días. La tarea del escritor -como la de todo creador- finaliza solo con su vida. Sus palabras lo ayudan a avanzar, a continuar, a perseverar; lo alientan junto al sentimiento -¿espejismo?- de poder intervenir en el mundo junto a sus voces, legitimándose al nombrar aquello por lo que no podría nunca dejar de apostar.

Lo dicho por Orwell en relación a los escritores es aplicable igualmente a los maestros: autores de voces necesariamente expresivas, necesariamente elocuentes. Ambos -escritores y maestros- pueden y suelen, en ocasiones, relacionarse muy de cerca en su manera de comunicar convicciones y comprensiones, ilusiones y esperanzas, actitudes y propósitos.

En una conferencia relacionada con el reciente fallecimiento de Octavio Paz, comenté a mi auditorio que, más allá de cualquier otra motivación, debía importarnos -si habíamos decidido privilegiar nuestra relación con el mundo a través de las palabras- hacer de ellas, por sobre todo, forma, ordenamiento en torno a eso que amamos o necesitamos decir, expresión de esa fuerza o impulso en torno a la cual nos sostenemos y orientamos, y que transmitimos de diversas maneras; por ejemplo, a través de páginas escritas en libros; por ejemplo, a través de la enseñanza a estudiantes que nos escuchan.

“No hay poesía sin ordenación de las cosas”, escribió Gyorg Lukacs en su libro El alma y las formas. Acaso en la búsqueda de una expresión en la cual ordenar nuestras vivencias y aprendizajes hallemos la manera más personal -¿más poética?- de intervenir en el mundo; mostrándonos a través de palabras que sean la forma de nuestros pensamientos e imaginarios, voces de nuestra alma nombrándose.

 

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