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Rosalia Romaniec: Un año de coronavirus en Alemania

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El fin del “niño modelo”

Si se hace un balance preliminar del coronavirus en Alemania estos días, una pregunta salta de inmediato: ¿eran realmente inevitables las más de 50.000 muertes por la pandemia en el país? La mayoría de la gente hace tiempo que cambió de parecer. Pero en retrospectiva, por supuesto, uno siempre es más sabio.

Se habría podido hacer “más y mucho antes” son las autocríticas que se escuchan cada vez más a menudo de boca de la canciller Angela Merkel y otros líderes políticos. Al ver las últimas cifras, nadie puede negar que algo ha fallado. Las estadísticas son abrumadoras: durante casi nueve meses, la cifra de fallecidos por COVID-19 se mantuvo por debajo de los 10.000. En dos meses, esa cifra se ha quintuplicado.

Seguridad fatal

Sí, Alemania subestimó al coronavirus en otoño. Después de actuar con sabia previsión al comienzo de la pandemia -Alemania fue correctamente considerado un modelo a seguir a nivel internacional- muchos en este país pensaron: “Lo pudimos hacer mejor que el resto”. ¡Pero eso fue arrogante!

Lo que se hizo “mejor” obedeció un aspecto en particular: el manejo científico de Merkel. Debido a que la canciller escuchaba menos a sus asesores políticos que a los científicos, Alemania impuso temprano el cierre de la vida pública en marzo. Eso evitó muchas infecciones y muertes. El país actuó con prudencia y pragmatismo al principio de la pandemia, a pesar de todos sus errores y de la falta inicial de mascarillas. La prevención era la premisa. La estrategia de “quien está prevenido, está armado” funcionó. Al menos en su mayor parte.

Porque parte de la verdad es que también hubo imperdonables errores: en las residencias de ancianos, por ejemplo, donde la aplicación despiadada de las reglas del coronavirus condujo al drama humano. Durante los meses de prohibición de visitas, muchos ancianos murieron en la más absoluta soledad. A sus familiares no se les permitió despedirse, y llevarán ese dolor y resentimiento con ellos durante el resto de sus vidas. Un error que destruyó masivamente la confianza en el Estado. Y, sin embargo, fue de poca utilidad en la lucha contra la pandemia.

El precio más alto lo paga el más débil

La situación en las residencias de ancianos sigue siendo fundamentalmente un escándalo. La mayoría de todas las muertes por coronavirus -en algunas ciudades y regiones hasta el 86%- ocurrieron en lugares donde se cuida y atiende a los ancianos. Por qué esta cifra es tan alta y por qué tan pocas personas mayores son llevadas a los hospitales tras ser diagnosticadas de una infección no lo sabemos. La falta de claridad al respecto es una situación insostenible.

Esta crisis es como una lupa: lo que la política ignoró en los últimos años ahora está pasando la factura. El principal ejemplo es la digitalización. Si el gobierno se lo hubiera tomado en serio antes, muchas más personas podrían trabajar de forma productiva desde sus casas y no tendrían que arriesgarse a contagiarse camino a la oficina. Esto se aplica tanto para la economía como especialmente al enorme aparato de la administración pública. Asimismo, la situación de los alumnos y maestros que carecen de equipos técnicos, de la banda ancha necesaria para Internet y de los conceptos de enseñanza digital sería mucho menos caótica. En cualquier caso, Alemania está muy lejos de la enseñanza presencial a nivel nacional en las próximas semanas.

 

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