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Rafael Fauquié: Verdades de nuestro tiempo

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En su libro Breviario de podredumbre, Cioran se formuló una pregunta: “¿Quién halló jamás una sola verdad alegre que fuera válida?” ¿A que verdades se refería? Acaso a ésas destinadas a hacerse parte de creencias y certezas compartidas por todos o por la mayoría; más que poco “alegres”, abrumadoras, opresivas, densas.

Nuestro presente repite una verdad enunciada por Darwin: la de la supervivencia de los más aptos. Desde los protozoarios y hasta las más desarrolladas civilizaciones, nuestra comprensión colectiva repite una y otra vez que sólo los mejores, los más fuertes, los más despiadados, los más oportunos, los más afortunados se imponen a los otros: los más débiles, los menos voluntariosos, los siempre destinados a perder. ¿Podría concebirse una verdad menos “alegre” que ésa?

Las verdades de nuestro tiempo, ésas que en algún momento Occidente comenzó a hacer suyas, se repiten por doquier por la uniformidad de un planeta donde todos nos parecemos cada vez más. Suelen aludir a dos cosas: falta de memoria y carencia de esperanza. El pasado pierde importancia y su recuerdo es sustituido por un presentismo hedonista que ocupa todos los espacios y relativiza todas las visiones. La falta de esperanza, por su parte, significa la imposición de muchas verdades de escepticismo y desaliento. Si el recuerdo se desdibuja y se hace ininteligible, el porvenir tiende a desvanecerse.

En nuestro tiempo pocas imágenes estéticas han sido tan expresivamente comunicadoras de verdades muy poco alegres como la más conocida pintura del noruego Edvard Munch, El grito (expuesta por vez primera en el año de 1893). Originado a partir -como alguna vez dijera el propio Munch-  “de un propio infierno interior”, su importancia radica en haber sido capaz de acercar el infierno personal de un individuo al posible signo infernal de la Humanidad toda.

Con El grito, Munch nos dice a todos los hombres que estamos solos en medio de desoladas superficies convertidas en asfixiantes madrigueras donde nos aplastamos unos y otros. Ante una verdad tan terrible como esa, los seres humanos estamos obligados a descubrir verdades necesariamente más “alegres”. Acaso verdades individuales capaces de enfrentar verdades colectivas convertidas en la pesadilla de todos.

 

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