Paul Krugman: El corrupto, el despistado y Joe Biden

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La investidura de Joe Biden y Kamala Harris fue un momento increíblemente emotivo. Sé que no fui el único que acabó, de forma repentina e inesperada, con lágrimas en los ojos. Por un momento parecía que estuviéramos viviendo un sueño; un sueño sobre la nación que deberíamos ser, una tierra de decencia, honradez, justicia y unidad en la diversidad. (E pluribus unum, por usar una frase hecha).

Pero ahora empieza el trabajo, y no va a ser fácil. Biden habló conmovedoramente de unidad, pero afrontémoslo: no convencerá a muchos miembros del otro partido. La oposición que afrontará procederá en parte, quizá en su mayoría, de personas profundamente corruptas. E incluso entre los republicanos que actúan de buena fe, tendrá que enfrentarse a una ignorancia profundamente asentada, resultado de la burbuja intelectual en la que vive la derecha desde hace muchos años.

Empecemos por el rostro de la corrupción: Ted Cruz. Vale que hay otros republicanos importantes que son tan malos como él o peores (hola, Josh Hawley). Pero Cruz personifica la mala fe con la que Biden tendrá que lidiar. Es, o era, un hombre inteligente. Pregúntenle, y él mismo se lo dirá (aunque en mi experiencia la gente segura de sus credenciales intelectuales no presume de las académicas). Sin embargo, ha pasado muchos años persiguiendo el poder intentando apelar a los peores instintos de la base republicana. Muy especialmente, se encontraba entre las principales voces que promovieron el relato falso de las elecciones robadas, y tuvo una responsabilidad significativa en el asalto al Capitolio.

Él y sus aliados no han conseguido revertir el proceso democrático. Pero no esperó, ni siquiera brevemente, para hacer demagogia contra las políticas del nuevo presidente. Apenas unas horas después de la investidura, manifestaba con desprecio que, al unirse nuevamente al Acuerdo de París sobre el cambio climático, Biden demostraba “estar más interesado por las opiniones de los ciudadanos de París que por los empleos de los de Pittsburgh”.

La estupidez es como para exasperarse. Se llama Acuerdo de París porque fue allí donde se firmó, no porque represente los intereses de los parisienses. Como le preguntó Alexandria Ocasio-Cortez, “¿cree usted también que la Convención de Ginebra trataba de las opiniones de los ginebrinos?”.

Pero lo cierto es que Cruz no es tonto, simplemente supone que sus votantes lo son. Lo que realmente hace es ofrecernos un aperitivo de la oposición amoral que Biden puede esperar del ala antidemocrática de los republicanos, que parece ser la mayoritaria en el partido.

Aun así, hay republicanos con principios. Por desgracia, también serán un problema. Mitt Romney merece mucho respeto por oponerse a los autoritarios que dominan su partido. Fue el único senador republicano que votó a favor de condenar a Donald Trump tras el juicio político de finales de 2019; felicitó a Biden y a Harris casi inmediatamente después de que se confirmara su victoria, en claro contraste con Mitch McConnell, que esperó más de un mes.

 

Pero eso no significa que vaya a ser útil. Tras la investidura, Romney expresó su oposición a un nuevo paquete de ayudas económicas, y declaró: “Acabamos de aprobar un paquete de más de 900.000 millones de dólares. Démosle un poco de tiempo para que pueda influir en la economía”. Es cierto que Romney merece que presumamos de que, a diferencia de otros republicanos que se oponen a las ayudas, intenta honradamente hacer lo correcto. Pero el comentario es completamente absurdo, e indica que no entiende de qué va el paquete propuesto por Biden.

A pesar de que las ayudas contra la situación provocada por el coronavirus se denominan a menudo “estímulo”, no es eso lo que Biden intenta hacer. La economía de 2021 no es como la de 2009, deprimida porque no había suficiente demanda; no nos hemos recuperado plenamente porque seguimos con confinamientos parciales, con algunas actividades restringidas para evitar el riesgo de infección.

El objetivo de la política en esta situación no es aumentar el gasto, conseguir que la gente salga a comer o que viaje. Más bien se trata de ayudar a las personas, las empresas y las administraciones locales a superar este periodo difícil, hasta que la vacunación generalizada nos ayude a recuperar la normalidad.

Y sabemos, con la misma certeza con que se puede saber cualquier cosa en las ciencias económicas, que la economía seguirá deprimida al menos hasta el verano, y probablemente más allá. El último paquete no ha proporcionado ni remotamente la ayuda suficiente para permitirnos aguantar estos meses. En consecuencia, preguntar si ese paquete ha animado la economía es completamente absurdo; es evidente que Estados Unidos necesita otra ronda de ayudas para situaciones de catástrofe.

Así pues, ¿cómo es que Romney, que definitivamente no es estúpido, no entiende los aspectos más básicos de las políticas económicas en tiempos de pandemia? Supongo, como ya he insinuado, que en los años transcurridos desde que fue gobernador de Massachusetts se ha encerrado en la burbuja intelectual conservadora, y que ya no escucha análisis económicos sensatos, ni sabe siquiera cómo suenan.

Por tanto, ¿qué esperanza hay de bipartidismo? Como expuso la poeta Amanda Gorman, buena parte de la oposición a Biden “preferiría destrozar nuestra nación antes que compartirla”. Y hasta los patriotas de la derecha están desorientados por la ideología. De modo que el nuevo Gobierno tendrá que ser enérgico, y utilizar todas las estrategias legislativas que tenga que utilizar para hacer cosas grandes. Desde luego, dejemos que Biden intente unificar la nación; pero primero tiene que salvarla.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2021.

 

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