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Hilde Sánchez Morales: Refugio y amparo ante la incertidumbre

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Una de las características de las sociedades contemporáneas es el aumento de la percepción de miedo. El miedo es una emoción primaria vinculada con la apreciación de peligro inminente o la anticipación de un mal factible y excede la capacidad de control de los afectados.  Las formas en las que se experimenta varían en función de la sociedad y el momento histórico en el que nos fijemos.

Para Norbert Elias “Los miedos constituyen una de las vías de unión –y de las más importantes– a través de las cuales fluye la estructura de la sociedad sobre las funciones psíquicas individuales” [1], de tal suerte que el miedo se presenta y manifiesta dependiendo de las relaciones sociales en las que nos encontramos inmersos.

Desde la segunda mitad del siglo XX los miedos y temores vienen de la mano de hechos que con anterioridad eran propios de la propia existencia (muerte, dolor físico, violencia, enfermedad…). Entrados ya en el siglo XXI los hemos construido y enfrentado en soledad hasta la llegada de la COVID-19. Hemos pasado, desde mi punto de vista, a enfrentarlos comunitariamente, en un contexto de hiperconexión global, que lleva de sí niveles elevados de preocupación entre la población, con una derivación hacia la tristeza y la ansiedad.

El Estudio sobre Bienestar Emocional del CIS de junio de 2020[2], confrontó lo anterior, el 46,7% de los encuestados declaró que se había sentido a veces preocupado, el 47,9% triste y el 45,5% especialmente tenso o ansioso. El miedo ante la muerte adquiere especial significado en un escenario como el actual, de hecho el 58,4% de los encuestados en el Estudio sobre los Efectos del Coronavirus I del CIS de octubre de 2020[3], habían pensado, en algún momento, que podían ser una de las víctimas mortales de esta pandemia.

La muerte, a diferencia de lo que ocurría hace siglos, se concibe en la modernidad transhistórica como el fin de la vida/del existir, aunque procuremos negarla hasta lo irremediable. Pensemos en el trato que reciben los moribundos por parte de sus familiares, los servicios médicos… y en el aislamiento al que se les somete. Además, la gestión de la muerte se realiza por empresas de producción industrial altamente burocratizadas, que implican un alto coste para los familiares.

Si hasta hace pocos meses hemos sentido temor fundamentalmente ante el calentamiento global, los desastres “naturales”, la delincuencia, el terrorismo, la guerra, el desempleo… con la llegada de la COVID-19 revivimos sentimientos de incertidumbre vital como los ocasionados  por la peste negra: la muerte puede llegar en instantes, todo es efímero, no hay futuro certero, con dos diferencias sustanciales: disponemos de conocimientos científicos y médicos que están salvando millones de vidas y con la llegada de las vacunas, estamos ya aligerando nuestra zozobra.

En 2019/2020 se ha repetido la historia, tal como podemos inferir de las palabras escritas por un canónigo en 1348 que vivió la peste negra de la Edad Media: “El padre no visita a su hijo, ni la madre a su hija, ni el hermano a su hermano, ni el hijo a su padre, ni el amigo a su amigo, ni un vecino a un vecino, ni un aliado a un aliado, a menos de que quisiera morir inmediatamente con él”[4]. La obligatoriedad de huir de los parientes por miedo al contagio conllevó una ruptura de los lazos familiares y, en general, de todos los sociales (el más destacable fue el abandono de los fieles por parte de los sacerdotes). En definitiva, supuso un aislamiento para la mayoría de la población, que veía a Dios como al sanador.

Las incertidumbres, temores y miedos se reproducen siglos después, tal como se infiere del precitado estudio del CIS de octubre, pues desde que se declaró el estado de alarma los encuestados han sentido inquietud y temor ante el futuro (78,2%), inquietud por la suspensión de los contactos y relaciones cara a cara con sus familiares, amigos/as y vecinos/as (78,4%), miedo a no recuperar sus vidas, tal como eran antes de la pandemia (59,5%), temor a enfermar (57,5%).

Se observa una diferencia sustancial respecto al pasado, si la peste negra conllevo alejarse de los familiares, amigos y vecinos por miedo al contagio, durante el confinamiento en nuestro país, los encuestados por el CIS manifestaron que la relación con sus familiares no cambió, siguió igual (70,4%), ni tampoco la que mantenían con sus amigos/as (69,2%), con sus vecinos/as (72,2%) o con sus parejas (55,7%). Tras el confinamiento hasta el mes de octubre las respuestas fueron en la misma línea, confirmándose la tendencia de los meses más duros de la pandemia.

Desde los mismos orígenes de la Sociología, como disciplina científica, ha habido un debate sobre la crisis de la familia, en la consideración de que ésta había perdido atribuciones para el buen funcionamiento del orden social, o como planteaba uno de los padres de la Sociología, Augusto Comte, por ser una muestra de la creciente desorganización social. Hace varias décadas David Popenoe lo planteaba aludiendo a que “…. el familismo como valor cultural es débil en favor de valores como el individualismo y el igualitarismo” [5], el último año estimo ha fortalecido su papel, en tanto en cuanto, ante tan complicadas circunstancias, ha sido en espacio prioritario en el que nos hemos refugiado.

No en vano a la pregunta del estudio de octubre del CIS sobre el grado de satisfacción sobre diversos aspectos de su vida, la familia, en una escala del 1 (completamente insatisfecho/a) al 10 (completamente satisfecho/a) adquiere la máxima puntuación (8,4), a distancia de la vida social (6,4) (que por razones evidentes se frenaron, al menos, presencialmente). Y ello a pesar de que, tal como se constató en el Estudio sobre los Efectos del Coronavirus III de diciembre, el 39,8% de los encuestados consignó que entre los principales cambios en su forma de vivir se encontraba “la reducción o limitación de las relaciones familiares y para el 10,3% “la reducción o limitación de las relaciones sociales o actividades sociales o vida social”.

Lo anterior permite plantear, en primer lugar, la hipótesis del fortalecimiento del papel de las familias en el contexto de crisis sanitaria, económica, social… de los últimos meses, y, en segundo lugar, la fragilización de las que tienen lugar con los grupos de pares. Futuros estudios sociológicos tendrán que confirmar o refutar ambas hipótesis, si se circunscriben al periodo analizado o, en su caso, cuando vuelva la normalidad, en plenitud, se producen cambios en uno u otro sentido. El tiempo lo dirá…, en estas sociedades de nuestros días en donde el ritmo del cambio social es tan acelerado e irrefrenable.

[1] Norbert, Elias,  “Sobre los seres humanos y sus emociones: un ensayo sociológico y procesal”, en Norbert Elias, La civilización de los padres, Norma, Bogotá,1998, pp. 291-329.

[2] Véase, http://cis.es/cis/export/sites/default/-Archivos/Marginales/3280_3299/3285/es3285mar.pdf

[3] Véase, http://www.cis.es/cis/export/sites/default/-Archivos/Marginales/3280_3299/3298/es3298mar.pdf

[4] Jean Dalumeau, El miedo en occidente. (Siglos XIV y XVIII). Una ciudad sitiada, Taurus, 2012.

[5] David Popenoe, Disturbing the Nest: Family Change and Declive in Modern Societies, Aldine de Gruyter, New York, 1988.

Fotografía: Carmen Barrios

 

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