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Rafael Fauquié: Enrique Bernardo Núñez; descifrar el secreto de la tierra

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Varias veces he comentado que el silencio ha sido la peor consecuencia de cierta manera que tenemos los venezolanos de (des)entender el pasado del país. La memoria histórica venezolana se mueve entre el silencio y el ruido, entre el deslumbramiento y la sombra. Nunca auténtica comprensión; por el contrario: desconcierto, semiverdad, semiignorancia… Tan indescifrable es lo que ignoramos como lo que nos aturde. Tan incomprensible es el vocerío como el mutismo. Nuestra mirada sobre el pasado ha sido oficialmente dividida en muchos siglos de oscuridad y apenas poco más de una década de deslumbrante esplendor. Todo el largo -y fundamental- tiempo de la colonia y la casi totalidad de nuestro siglo XIX: cuatro siglos de tiempo, cuatro siglos de vida, son deformados o borrados ante el paréntesis de la Independencia. Contra esta desproporcionada partición de imaginarios enfrentados, se han rebelado algunos de nuestros principales escritores. Contra la sordera y el mutismo se han escrito muchos ensayos y algunas de las fundamentales novelas de la literatura venezolana… Páginas y páginas de palabras para alcanzar a descifrar el rostro de la historia en medio de la oscuridad de lo desconocido.

Nuestros escritores curiosos del pasado son indagadores de una memoria ausente; imagineros dándose a la tarea de entender, de escuchar, de distinguir… Saben que la faz del pasado refleja la del presente y también la del porvenir. Saben que en la historia están escritas algunas esenciales verdades, y que escucharlas es una manera de entender las circunstancias presentes que nos rodean y definen. La palabra literaria es acción y testimonio de creadores: acción de la fantasía y la inteligencia, testimonio de la lucidez y la curiosidad. Como toda creación, la obra literaria requiere de la fidelidad, de la autenticidad y de la entrega de un creador. Un creador que viva con y para su palabra. Al escribir, desde su íntima soledad, el escritor vuelca su mundo interior sobre la exterioridad. Convierte sus imaginarios en imaginarios de todos: referencias que siempre alguien en algún momento podrá compartir.

Toda la obra de Enrique Bernardo Núñez -novelas, cuentos, ensayos- parece dibujarse como un inmenso entretejido de evocaciones y hallazgos destinados a descifrar eso que él llamaba “el secreto de la tierra”. Desentrañar el secreto de la tierra era lo mismo que escuchar su silencio: percibir el pasado en la evocación de posibles hechos cotidianos, intuir la intrahistoria adherida a las mañanas y a los atardeceres, escuchar el susurro del tiempo detenido en algún paisaje, rescatar algunas anécdotas de entre la desolada oquedad del olvido. La palabra de Núñez, exacta, a veces perfecta -como son todas las palabras que dicen lo justo, lo que no podría decirse de ninguna otra manera- fue conjuro de olvidos, fue dibujo en medio de sombras, fue búsqueda y hallazgo a partir de una sola e interminable pasión: Venezuela. Venezuela siempre: desde los tiempos remotos en que nuestro país no era sino una pequeña provincia dentro de la inmensa vastedad del imperio español, hasta la Venezuela contemporánea y petrolera de tantos sobresaltados cambios y tantos pasos indecisos…

Tras las lejanas y primeras novelas -quizá justamente olvidadas hoy: Sol anterior y Después de Ayacucho- vendrían Cubagua y, muy posteriormente, editada ya fallecido su autor, La galera de Tiberio. Junto a ellas, al lado de la ficción del novelista, convivió siempre la labor del articulista, del ensayista. Enrique Bernardo Núñez fue ensayista en el más preciso sentido del término: hacedor de una palabra que insinuaba la posibilidad de todos los temas y la mención de todas las reflexiones. Un ensayista -y recordemos a Montaigne, y, más cercanamente a nosotros, recordemos a Mariano Picón Salas- debe ser un individuo de conciencia independiente, un ser libre sometido sólo al acicate de su insaciable curiosidad, de su necesidad de interrogar la vida con una palabra que indague, que hable, que nombre, que delimite… La palabra del ensayista traza los linderos de un mundo que va haciéndose comprensible a partir de peculiares imágenes y particulares referencias. La palabra del ensayista, vasta y libre, dialoga con todas las palabras y las refleja a todas. La palabra del ensayista, como la del poeta, como la del novelista, vive e interminablemente escribe ese libro en que todo auténtico escritor va convirtiendo su vida.

Enrique Bernardo Núñez participó de uno de los diálogos intelectuales más importantes de nuestro siglo XX venezolano: el que oponía pasado y presente, tradición y cambio, continuidad y ruptura. Ese diálogo no ha concluido aún: continúa en medio de la incertidumbre de nuestro destino. Continúa por entre los vericuetos del miedo y la esperanza. A mediados del siglo XX, la totalidad de los intelectuales venezolanos tomaron partido por uno u otro de los extremos de ese diálogo. ¿Modernidad petrolera como panacea o maldición? ¿Riqueza como solución o conflicto? A la larga, terminaría por prevalecer el signo de la maldición. El imaginario del petróleo venezolano fue el de la condena. Nuestra modernidad petrolera fue codificada como un vendaval que con fuerza destructora nos convirtió en pueblo víctima de las más diversas alienaciones; pueblo sin norte, pueblo cada vez más alejado de ciertas y necesarias referencias. La modernidad venezolana empapada en petróleo pareció proponerse hacer tabla rasa con el pasado. Fue la nuestra una modernidad irracional y destructora que, a la vez que se esforzaba en construir avenidas, autopistas estacionamientos y urbanizaciones, destruía siglos de tiempo acumulado en casonas, iglesias, plazas, calles, conventos… El Estado hubiese sido el único que habría podido intervenir para evitar tanta absurda destrucción. Un Estado que, además, había comenzado a hacerse todopoderoso y entrometido gracias a la gran cantidad de recursos petroleros y que, en su deformado gigantismo, trataba de abarcar espacios de influencia cada vez mayores. Sin embargo, ese Estado no intervino en la asolación de Caracas y de algunas de las principales ciudades del país. Ilusionado por sus propios espejismos, nada hizo por proteger la memoria del pasado. Nada hizo por defender un patrimonio histórico que pertenecía al porvenir de todos los venezolanos.

Los escritores que en aquellos años se enfrentaron a la desidia oficial y a la indiferencia generalizada, hacen hoy figura de ilusos idealistas empeñados en enfrentar lo imposible; inútilmente oponiéndose a lo inmodificable. Enrique Bernardo Núñez fue uno de esos escritores. Con su obra tomó parte en un diálogo que oponía tiempos y enfrentaba ilusiones. Con su obra quiso contradecir a una nación absurdamente empeñada en ignorar, omitir, olvidar, borrar… El país rico que se deshacía de su memoria: ésa fue la circunstancia nacional en contra de la cual, con su palabra y con su voz, luchó Enrique Bernardo Núñez. No fue, sin embargo, escritor al que le cuadraría el epíteto de “nacionalista”. Para un artista, el nacionalismo puede ser un sustituto a empobrecedoras carencias de la imaginación, un talismán con el cual contrapesar cierta propia insuficiencia. La palabra de Núñez escribía desde un profundo esfuerzo por recordar el tiempo desvanecido, por evocar escenas y personajes sepultados en el tiempo. Su relato Martín Tinajero, por ejemplo, es una bellísima reconstrucción de una época fabulosa: ese siglo XVI en que comenzó a originarse la realidad que hoy es Venezuela.

En los años en que fue Cronista de la ciudad de Caracas, Enrique Bernardo Núñez escribió su libro La ciudad de los techos rojos, publicado en el año de 1948. En sus páginas se transmite dolorosamente la imagen brutal de un presente apresurado absurdamente empeñado en reducir a escombros más de tres siglos de historia. Alguna vez dijo Núñez que el siglo XVIII venezolano semejaba a un mendigo al que nadie quería socorrer, un miserable harapiento que parecía molestar a todos. En ese incomprensible desdén se originó lo que hoy es esta Caracas que nos rodea: ciudad sin perfiles ni trazos propios, ciudad de indefinibles linderos vagamente dibujados en medio del caos y en la vertiginosa marcha de tantos sobresaltados días.

Nada es poético hasta que la poesía lo toca y, al tocarlo, lo vuelve innegable, importante, necesario… Con su novela Cubagua, Enrique Bernardo Núñez mostró que la memoria histórica podía ser poética y esencial. Mostró que hombres y ciudades y, sobre todo, el tiempo pasado, en este caso, el tiempo de la Nueva Cádiz, el tiempo evocado en la áspera supervivencia de indios y conquistadores dentro de la plateada y sedienta islilla de Cubagua, podía simbolizarse por ejemplo en el rostro oscuro y devastado de un anciano leproso. Y mostró, sobre todo, que el recuerdo de ese tiempo hermoso y terrible a la vez podía ser irrefutablemente necesario. Con Cubagua, su mejor novela, Núñez descubrió -y nos descubrió a los venezolanos- que el pasado no podía postergarse de la memoria del presente y que él formaba parte de la comprensión de un tiempo histórico proyectado sobre algunos símbolos: unas parcas y oscuras ruinas, un paisaje calcinado por el sol, una tierra sedienta y roja, unos cardones, y frente a todo eso, el mar azul e inmenso… La novela Cubagua escribe la historia desde la poesía. Escribe una historia que habla de supervivencia, lucha interminable, codicia, heroísmo, bondad, crueldad… Una historia ni buena ni mala ni justa ni injusta: sólo tiempo vivo en días ásperos, cuando grupos de hombres iniciaban un destino y erigían normas y gestos que perduran hasta hoy, perpetuándose en la desolada nada de un paisaje de leyenda.

Como escritor, Núñez trató de convertir su palabra en conjuro contra el silencio, contra el desinterés, contra el olvido… De su esfuerzo quedan estas palabras suyas del libro La ciudad de los techos rojos que siempre me conmovieron y estimularon: “Gentes de todos los países se apoderan de Caracas (…) Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. La brisa esparcerá en torno suyo el secreto de las cosas, de las generaciones desaparecidas. Y movido por la ternura del cielo, por el amor a la ciudad que ha visto desde niño, acaso escriba un bello libro”… Palabras éstas de una nostalgia esperanzada; expectativa de que el porvenir pudiese rescatar lo que el presente había sepultado; confianza en que los venezolanos y los emigrantes y los descendientes de esos emigrantes que llegaron a Caracas en el tiempo de la convulsionada mitad de nuestro siglo, podrían detenerse algún día en la contemplación de un pasado desvanecido, y que sus futuras voces se encontrarían con su propia voz, la voz de Enrique Bernardo Núñez, para, juntas, nombrar lo olvidado y recuperar lo perdido.

R. F.

 

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