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Earle Herrera: Hollywood en el Capitolio

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Estados Unidos se terminó creyendo sus películas. Esas donde a las derrotas en la realidad, las convierte en rutilantes epopeyas fílmicas. No fue la Urss sino sus tropas las que ganaron la Segunda Guerra Mundial. Sus Rambos salieron de Vietnam porque quisieron, no porque unos soldados pequeñitos los espantaron. Poseído por la fantasía, el imperio empezó a sacar su dirigencia de Hollywood. Ronald Reagan fue el más relevante entre los primeros, un actor mediocre del lejano oeste. Pero Reagan, a diferencia de sus sucesores, tenía consistencia ideológica de derecha. Fue el dedo marcador que el senador McCarthy encontró en el séptimo arte para perseguir actrices y actores “díscolos” y sospechosos, desde un Charles Chaplin hasta una Marilyn Monroe. Reagan era un anticomunista estructural.

Luego, Terminator saltó de la pantalla a la gobernación de California. Arnold Schwarzenegger cumplió, también en la vida real, el papel que le dieron: no se salió del guion. El que sí lo hizo fue Donald Trump, un millonario animador de televisión. Casado con una modelo, desde la Casa Blanca quiso escribir y dirigir su propio filme. Trump se creyó el héroe americano y terminó censurado por los que dirigen la verdadera película. Cuando el hombre se abría por su cuenta, el sistema ordenó: ¡Corten! Y le cortaron el acceso a todas las redes sociales, como también a sus seguidores, quienes eran a la vez sus entusiastas espectadores. Batman se tragó su capa y el guerrero sioux sus cuernos.

Donald Trump es un enajenado, en su connotación de alienado. ¿Quién, en Estados Unidos, no lo es? Él era el muchacho, el “catirito” de la película, aquel que nunca pierde una. Eso tenía que hacérselo entender a todos, incluso al complejo industrial militar y a las transnacionales que temblaban cada vez que les tumbaba un negocio con China. Trump provocó a Europa, Asia y al resto de América, incluida Canadá, su aliada sumisa. Era el Llanero Solitario, tan prepotente que mandó a Toro al carajo (sus perritos falderos de Latinoamérica). El Big Brother se fastidió y decidió parar sus cachorradas, la última tan aparatosa que malogró la fachada “democrática” de Estados Unidos: el Congreso. Antier lo pasaron a juicio, no por antisistema, sino por haber perdido el juicio. El escorpión del sistema no se aguijonea.

 

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