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Gustavo Coronel: La implosión de Donal Trump ¿Final o principio de la crisis estadounidense?

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Los días finales de la presidencia de Donald Trump han sido de una progresiva implosión. Aunque sus cuatro años de presidencia han estado llenos de momentos controversiales y penosos estos últimos meses se han convertido en una ininterrumpida crisis de la primera magistratura, principalmente alimentada por dos eventos: el desarrollo de la pandemia en el país y su actitud frente a los resultados de las elecciones de noviembre.

Podría decirse que un evento fue el factor generador del otro. La política seguida por Trump para el manejo de la pandemia tuvo un efecto muy negativo en la percepción de los estadounidenses sobre sus cualidades de liderazgo. Su estrategia principal fue la de desconocer la severidad de la pandemia y repetir una y otra vez que estaba en camino de desaparecer. Interesado en mantener la economía boyante, con fines electorales, insistió en que los estados controlados por los republicanos se mantuvieran esencialmente “abiertos”, lo cual generó numerosos casos del virus. Los Estados Unidos es hoy el país con más casos y más muertes debido al virus. En paralelo con esta estrategia equivocada el presidente Trump lideró una actitud de desconocimiento del protocolo recomendado de uso de máscaras y distanciamiento social. Ni él, ni su familia ni sus inmediatos colaboradores (excepto Pence) acataron esta directriz sanitaria. Peor aún, Trump la combatió velada y abiertamente, al llevar a cabo grandes concentraciones de personas que no seguían esas recomendaciones. Como resultado de este liderazgo basado en el mal ejemplo, estos eventos fueron generaron altos niveles de contagio y algunos colaboradores importantes murieron contagiados del virus. El mismo Trump, su esposa, hijos y miembros de su entorno de trabajo se contagiaron, pero recibieron atención médica especial, algo que la mayoría de los ciudadanos no podía obtener.

Esto contribuyó en gran medida a la derrota electoral de Donald Trump. Preocupado por la posibilidad de perder las elecciones debido a la reacción popular sobre su conducta frente al virus, Trump comenzó a hablar activamente de un posible fraude electoral  en su contra. Dijo públicamente que no concedería la victoria a su oponente. Su campaña fue de doble propósito, por un lado acusar al candidato opositor de ser un títere de los comunistas y, por el otro lado, comenzar a diseminar la especie de que se preparaba un gran fraude electoral.

El resultado de las elecciones le fue adverso y desencadenó el segundo evento, el cual se ha ido agravando significativamente. Fue el desconocimiento, por parte del presidente Trump, del triunfo electoral de Biden, llevado al extremo de insultar y romper con los miembros de su gabinete y de su partido que admitieron que Biden ganó legítimamente. Su postura desconocedora de los resultados lo llevó a autorizar abogados como Giuliani, Woods y Powell para introducir múltiples demandas de nulidad de las elecciones en diferentes estados de la Unión y ante la Corte Suprema de Justicia.  Se ha hablado de hasta 50 demandas (he leído tres de ellas), todas con resultados rotundamente negativos. En paralelo, su mismo Fiscal General (Attorney General) William Barr ha dicho que las elecciones fueron limpias. El vicepresidente Pence ha dicho que no encontró señales de fraude. Una mayoría de los congresistas de su propio partido ha dicho que no puede objetar el triunfo de Biden. La actitud de Trump ha sido la de romper con ellos y con todos quienes niegan que su postura es la correcta.

Su más reciente acción fue la promover una marcha sobre el Congreso, a la cual él prometió acompañar, pero no lo hizo. Esta marcha desencadenó una acción vandálica violatoria de las instalaciones del Congreso, algo nunca visto en la historia del país. Como resultado de esta acción varios miembros de su gabinete y otros funcionarios de menor nivel han renunciado, ya que responsabilizan a Trump por este evento.

Su comportamiento ha sido objeto de acerbas críticas. Twitter le ha cancelado su cuenta de manera permanente y FACEBOOK lo ha hecho de manera temporal.

Su actitud ha costado al partido republicano la pérdida de la Cámara de Representantes, del Senado y de la presidencia, además de inducir fracturas a sus más altos niveles.

En una acción sin precedentes, se gesta en este momento un segundo juicio político en su contra. Se le pidió al vicepresidente Pence que invocase la constitución, a fin de declarar a Trump  incapaz de seguir en la presidencia, pero Pence se ha negado a hacerlo.

Como resultado de esta grave crisis de las instituciones estadounidenses el presidente Trump se encuentra actualmente aislado políticamente, rechazado por la mayoría de sus propios compañeros de partido y de gobierno y por grandes sectores de la ciudadanía estadounidense.

Esta situación de aislamiento de Trump parecería anunciar el fin de la crisis política estadounidense, pero podría no ser así. En realidad, podríamos estar asistiendo al inicio de una gravísima crisis política y social en la nación, como resultado de acciones que Donald Trump o sus seguidores pudieran tomar en el futuro a corto plazo.

La razón está a la vista. Trump recibió unos 75 millones de votos, lo cual significa que casi la mitad de los electores aprueba de su manera de conducir la política, su manera de pensar y de actuar. Aún después de lo que ha sucedido es posible ver que sus partidarios no solo lo justifican sino que muchos de ellos parecen querer ir aún más lejos en su acción contra las instituciones, de un modo que podría denominarse insurreccional. Parecería que esta gran masa de ciudadanos estadounidenses está actuando sobre la base de creencias, algunas legítimas, otras no, de convicciones, resentimientos, odios raciales o sociales, en contra de lo que perciben como una nación elitista con tendencias socialistas que arruinarían al país. Y no es solo un movimiento de supremacistas blancos, predicadores fanatizados y masas ignorantes, sino que abarca sectores educados de la población. Su cemento unificador es, sorprendentemente, un grupo de teorías conspirativas que postulan una confabulación de poderosos y multimillonarios para dominar el mundo, gente que – según ellos –  no solo tienen ansias de dominación sino desviaciones sexuales y prácticas satánicas. De allí que muchos de ellos, incluyendo al nuevo presidente Biden, sean acusados de pedofilia, sin evidencia alguna. Entre los anti-Cristos  identificados por el “trumpismo” se encuentran Bill Gates y George Soros, multimillonarios quienes según los seguidores del presidente   han creado vacunas contra una pandemia fraudulenta (no mata a nadie, dicen) que al ser inyectadas a la población la convertirían en esclava.  El movimiento “trumpista” también acusa a sus opositores de inventar el cuento del calentamiento global para atacar el nacionalismo y terminar con la independencia de los países. De allí que Trump hable de una pugna entre patriotas y globalistas.

Este es un movimiento que tiene eco mundial, al cual se han adherido Bolsonaro en Brasil, Erdogan en Turquía, Duterte en Filipinas y otros.

Trump se ha convertido en un aprendiz de brujo que podría llegar – como Mickey Mouse en “FANTASÍA”- a perder el control de las masas que logró poner en pie de guerra. En este momento, a fin de salvarse políticamente, declaró que desaprobaba lo sucedido en el Congreso y sus palabras lo han convertido en un traidor ante los ojos de algunos de sus seguidores.

Sin embargo, como Trump nunca ha sido un político sino un entusiasta vendedor de su propia imagen, su posición en la presidencia le ha permitido crear un movimiento que tiene ya poco que ver con el partido republicano para convertirse en un inmenso chiripero que está adquiriendo vida propia. En este sentido está mucho más cerca del fascismo italiano, del hitlerismo alemán y del peronismo argentino que de las corrientes políticas de la democracia.

Por ello, lo que está sucediendo en este momento pudiera no ser el final político de Donald Trump sino el comienzo de una nueva etapa de su vida pública, una etapa que traería nuevas tragedias a la sociedad estadounidense.

 

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