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Rafael Fauquié: Un teatro para Venezuela

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La historia puede explicarnos el presente, ayudarnos a entenderlo y, eventualmente, alentarnos a corregirlo. En la Venezuela de estos últimos años, en que una Asamblea Nacional, libremente elegida en el año 2015 por una inmensa mayoría, permaneció totalmente anulada por los otros dos poderes, conviene recordar una anécdota del tiempo primero de nuestra historia venezolana.

Durante los siglos coloniales se enfrentaron frecuentemente en la provincia de Venezuela el Obispado, la Gobernación y el Cabildo. Tres poderes, cada uno de ellos feroz defensor de sus competencias. El gobernador español, en nombre del Rey, predomina, en principio, por sobre los amos locales que legislan desde el Ayuntamiento. Sin embargo, en la realidad de los hechos, éstos suelen imponer su visión, más cercana a la cotidiana realidad del país.

De un lado, la actitud del funcionario real: mentalidad de paso, altanero ademán del administrador que cuenta con el poder político y lo ejerce. Del otro, la visión de los señores de la región: más inmediata y pragmática. El mantuanaje criollo se siente y se sabe representante natural de su provincia. Frecuentemente existe una auténtica y válida comunicación entre él y el pueblo. En diversas actas que recogen sesiones de cabildos aparece, desde finales del siglo XVII, el expresivo calificativo con el que se nombran a sí mismos sus integrantes: “Padres de la Patria”.

Desde el Ayuntamiento, alcaldes y regidores toman decisiones que atañen a la vida de Venezuela; y, en ocasiones, es el pueblo en pleno quien participa directamente de esas decisiones a través de los llamados Cabildos Abiertos. En nuestro caso venezolano, además, el Ayuntamiento gozaba de una potestad inusual dentro del Imperio Español. Por Real Cédula, Felipe II había otorgado al capitán y conquistador Sancho Briceño, uno de los fundadores de la ciudad de Trujillo, un atributo muy especial: los alcaldes ordinarios podrían ejercer interinamente la gobernación de la región en caso de muerte de los gobernadores regulares. El privilegio era importante: significaba la cristalización de un anhelo de autonomía frente a la intromisión peninsular. Sancho Briceño fue, incluso, más allá: llegó a pedir al Rey que, dada la pobreza de Venezuela, bastase para su gobierno sólo con los alcaldes ordinarios; es decir: que no se enviase desde España Gobernador alguno. Para esa solicitud ya no hubo respuesta real. Sin duda el monarca la consideró excesiva.

Gobernadores que pretenden ignorar la autoridad de los cabildos, miembros del cabildo que se niegan a aceptar los abusos de los Gobernadores: en ese enfrentamiento puede leerse mucho del itinerario político de tres siglos de historia venezolana, como da clara cuenta de ello un sacerdote: Blas José Terrero (1735-1802). Venezolano, monje franciscano y cronista, Terrero, con lujo de detalles, describe en su libro: Teatro de Venezuela y Caracas la vida venezolana de entonces.

En un determinado momento, Terrero narra una pugna surgida entre los alcaldes del cabildo caraqueño, de un lado; y el Gobernador y el Obispo, del otro. El autor inclina sus simpatías hacia los representantes de la Corona. A los alcaldes criollos los acusa de ejercer un “mulatismo fermentado”, capaz de “cometer desacatos tan horribles como sacrílegos”. Aunque venezolano, Terrero es defensor de la autoridad real y violento acusador de los miembros del Ayuntamiento. Su indignación se extrema al referir como el cabildo caraqueño depuso de su cargo al Gobernador:

“Altérase el cabildo (…) y valiéndose los alcaldes de aquella despótica facultad que se habían atribuido por la cédula de 18 de setiembre de 1676, deponen al Gobernador de su empleo y resumen en sí la autoridad, para proceder con más desembarazo a la ejecución indiscreta de sus mentecatos designios.”

En las páginas de Terrero aparece una imagen por demás extraña a nuestra historia venezolana: una asamblea de ciudadanos enfrentándose a un gobernante y deponiéndolo. Una referencia, o tal vez algo mucho más valioso y significativo: un ejemplo; que, imitado más a menudo por los venezolanos, hubiese podido tal vez favorecernos históricamente. Y es que nuestro ulterior tiempo republicano habría de acostumbrarnos a uno de los mayores errores de nuestro itinerario nacional: el predominio de caudillos presidentes, excesivamente poderosos, colocados siempre muy por encima de débiles instituciones legislativas y jurídicas.

Un poder municipal capaz de derrotar al despotismo: percibo en esa vieja imagen de nuestros viejos días coloniales, tan denostados o ignorados por nuestra historia “oficial, una muy necesaria inspiración para el presente venezolano.

 

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