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Juan Arias: El mejor regalo de estas fiestas es descubrir que aún sabemos amarnos

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Estas fiestas de la Navidad de la covid-19 debían ser de las más tristes por tantas vidas perdidas y por los miedos que nos persiguen. Y, sin embargo, junto al dolor del que no podemos liberarnos nos han traído el regalo de descubrir que aún sabemos amarnos. Estos días hemos deseado más que nunca tener a nuestro lado no solo a la familia sino a los amigos del corazón.

Hemos sentido como pocas veces la solidaridad con los que pasarían las fiestas solos. Hemos descubierto que al final no somos tan malos como a veces nos sentimos.

La soledad forzada de tantas personas sin poder estar con nosotros, el dolor de no poder abrazarnos y besarnos, ha revelado como aún no se ha apagado la necesidad de amarnos físicamente. Al final hemos tocado con la mano que el amor es el motor del mundo junto con la curiosidad del conocimiento. Hemos descubierto que el amor no es una abstracción sino algo tangible que pasa por nuestra sangre y se hace carne.

No somos ángeles, pero tampoco demonios. He recibido felicitaciones de personas que están a las antípodas de mis ideas. Que podrían ser mis enemigos. Ello me ha hecho pensar que la amistad no tiene ideologías. El amor y la amistad son más fuertes que nuestras divergencias. Y deberían ser mayores que el odio y la violencia que aquejan a nuestra sociedad.

Estos momentos de crisis nos hace descubrir que, a pesar de tantos horrores, el mundo sigue en pie y sigue descubriendo que al final el amor es más importante que el desamor.

Una niña de primaria preguntó a su profesora: “¿Dios también llora?” El mundo no está perdido y seguirá en pie mientras sigamos descubriendo, como estos días, que los otros también lloran. Jesús trajo un mensaje revolucionario como el de perdonar al enemigo. Parece absurdo, pero es verdad que sin el diálogo y la capacidad de entender también las lágrimas del otro seguiremos encarcelados en la maldita telaraña de un camino sin salida.

Sí, Dios también llora, pero sobre todo es el símbolo universal de que el verbo amar sigue conjugándose en el mundo. Sí, Dios también llora, pero sobre todo nos enseña, a veces con la pérdida de lo que más amamos, que no todo está perdido y que nuevos arcoíris alegrarán el futuro de los que nos seguirán en esa ardua tarea de conjugar el amor con la lucha por la justicia. De ser fieles a nuestra conciencia defendiendo nuestras ideas sin olvidarnos de que al final solo el amor es lo que nos permite seguir vivos.

La esencia de la Navidad y del Año nuevo abarca muchas cosas diferentes, pero sobre todo es la celebración de la vida. Y ella está amasada con lágrimas y desamores, pero también con exigencias de encuentro. En los niños a veces las lágrimas se transforman en seguida en risas.

Ellos no tienen fronteras inviolables entre el dolor y la felicidad. Y todos nosotros desde los más déspotas hasta los más santos en la soledad saben que en la vida acaba triunfando la resistencia contra la maldad y la injusticia. De lo contrario en Brasil, por ejemplo, en estos momentos de desprecio por la vida y sobre todo las de los más frágiles, ya nos hubiera arrojado al desespero y desencanto. Y sin embargo y a pesar de todo, como ha escrito mi colega, Beatriz Jucá, aun entre tantos escombros siguen descubriéndose en el país nuevas experiencias positivas que nos revelan que no todo está perdido.

Que los brasileños en vez de hacer suyo el símbolo de Jair Bolsonaro e hijos de las manos en el gesto de disparar un arma, la cambien por el gesto de un abrazo que representa el deseo de paz contra el odio y la violencia, en vez de devorarnos como caníbales sedientos de sangre.

A los lectores de esta columna, sea que la aplaudan como que la critiquen, FELIZ AÑO NUEVO, ya que este país, a pesar de todas las inclemencias, no renuncia a la felicidad y sigue apostando por la vida y la convivencia.

 

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