Escapar del Paraíso, por Mariano Nava Contreras

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Ultra tropicum Capricorni est optime habitationis quia ibi est superior et nobilior pars in mundo. Paradisus terrestris.

“Más allá del Trópico de Capricornio queda el mejor lugar para vivir, pues allí queda la parte más alta y noble del mundo: el Paraíso Terrenal”.

Cristóbal Colón

Fue frente a las costas de Paria donde el Almirante Colón confirmó lo que hacía días venía sospechando: que no había llegado a la China, sino que había descubierto el mismísimo Paraíso Terrenal. La sospecha había surgido días antes, cuando aún estaba en altamar acercándose a las bocas del Orinoco. Había pasado noches enteras observando las estrellas, y había constatado, para su asombro, que habían desaparecido unas, las que se ven en Europa, y en su lugar habían aparecido otras totalmente nuevas, que nunca antes había visto. Hay quienes dicen que de tantas noches sin dormir a Colón le salieron ampollas en los ojos, y que por eso era imposible que pudiera haber visto el Paraíso. Son los que piensan que nuestra historia se inicia como un difuminado boceto en que se mezclan, como en una nebulosa, mito e imaginación.

Había pasado días bebiendo del agua del mar, desde donde todavía no podía verse la costa, y había notado como su sabor se iba volviendo de salobre a dulzón. Tanta agua dulce solo podía ser lanzada al mar por un río inmenso y caudalosísimo, y una corriente tan grande solo podía pertenecer a uno de los cuatro ríos míticos que nacen de la fuente del Paraíso: Tigris, Éufrates, Ganges y Nilo. Así lo escribe en el erudito documento que es una suerte de acta bautismal de la literatura venezolana, la Relación del Tercer Viaje, donde está la primera descripción europea de lo que después fue nuestro país, la Tierra de Gracia. Allí dice:

“La Sacra Escriptura testifica que Nuestro Señor hizo al Paraíso Terrenal y en él puso el árbol de la vida, y d’él sale una fuente de donde resultan en este mundo cuatro ríos principales: Ganges en India, Tigris y Eufrates (…), los cuales apartan la sierra y hacen la Mesopotamia y van a tener en Persia, y el Nilo que naçe en Ethiopia y va en la mar de Alexandría (…) Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porqu’el sitio es conforme a la opinión d’estos sanctos e sacros theólogos. Y asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así dentro e vezina con la salada…” (sic).

Muchos fueron los años que el Almirante pasó estudiando los mapas y los libros en que antiguos y “modernos” explicaban el mundo. Tenía una impresionante biblioteca que había comenzado a formar desde los años en que, precisamente, se ganaba la vida como mercante de libros y mapas en Lisboa. Esos libros, subrayados y anotados de su propia mano, formaron una biblioteca que llegó a tener más de 15.000 volúmenes, número difícilmente igualado por alguna otra biblioteca española de su tiempo. Esa biblioteca se atesora hoy junto al Patio de los Naranjos en la Catedral de Sevilla, según instrucciones giradas en testamento por el propio Almirante a su hijo Hernando.

Había leído y releído, subrayado y vuelto a leer la Imago Mundi del cardenal Pièrre d’Ailly (Lovaina, 1480-1483), libro influyente como pocos en su época. Se sabía de memoria los viajes de Marco Polo, pero en latín (De consuetudinibus et conditionibus orientalium regionum), en traducción hecha del italiano por Francisco de Pepuriis (Gonda, 1485), edición que se conserva con 366 notas de su puño y letra. Leyó también la Filosofía Natural de Alberto Magno (Venecia, 1474) y el Almanach Perpetuum (Leirea, 1496) del judío español Abraham Zacut, que llegó a ser astrónomo del rey Juan II de Portugal, libro con el que pudo predecir un eclipse de luna en Jamaica. Igualmente había leído el divertidísimo Libro de las maravillas del mundo de Juan de Mandeville, que después fue traducido al español y editado en Valencia en 1524; pero sobre todo, muy importante, había estudiado la Cosmografía de Tolomeo, en edición latina hecha en Roma en 1478, que se conserva hoy en la Biblioteca de la Real Academia de Historia de Madrid. Leyó también, y cita frecuentemente, a Aristóteles, a Posidonio, a Estrabón, a Averroes, la Biblia de los Setenta, a San Ambrosio, San Isidoro y San Agustín, entre otras auctoritates. Pero sobre todo, sobre todo, estudió muy bien el libro que sin duda influyó más en él, como después en todos los demás Cronistas de Indias, la Naturalis Historia de Plinio el Viejo, suerte de enciclopedia del mundo antiguo en 37 volúmenes. La edición del Almirante está en italiano: Historia naturale, di C. Plinio Secondo, tradocta di lingua latina in fiorentina per Christophoro Landino, fiorentino, al Serenissimo Fernando Re di Napoli (Venecia, 1489). El libro conserva 24 notas al margen de mano de su dueño. Se ve, pues, que el Almirante se sabía al dedillo la geografía del mundo conocido, pero también la del Paraíso.

Por eso no dudó ante los inequívocos signos anunciados durante siglos por geógrafos y teólogos: a más de haber visto la mudanza de las estrellas y de haber probado y comprobado que el agua del mar cambiaba de sabor, había experimentado cómo un sofoco y calor fortísimo había hecho que se pudriera la comida que traía en las carabelas, para que después, repentinamente, una brisa agradabilísima, una “dulcísima temperancia” le volviera a refrescar. Más tarde, al acercarse a la costa, el Almirante quedará deslumbrado con lo que ve: “en la Tierra de Gracia hallé temperancia suavíssima, y las tierras y árboles muy verdes y tan hermosos como en abril en las güertas de Valencia, y la gente de allí de muy linda estatura y blancos más que otros que aya visto en las Indias, e los cabellos muy largos e llanos, e gente más astuta e de mayor ingenio, e no cobardes”. Y más adelante: “Esta isla de Gracia haze muchos valles, y todo debe ser poblado, porque lo vido todo labrado. Los ríos son muchos (…) y las aguas, las mejores que se vieron” (sic). El paisaje, el clima, la pureza de las aguas, pues, la fertilidad de la tierra, las gentes generosas e inocentes como ángeles. Al Almirante ya no le queda duda: “…mas yo, muy assentado tengo el ánima que allí, adonde dixe, es el Paraíso Terrenal, y descanso sobre las razones y autoridades sobre escriptas” (sic).

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Cinco siglos después quise mirar desde el aire el mismo paisaje que Colón había visto desde el mar. Yo volvía de Trinidad, donde había pasado un mes como investigador invitado por la Universidad de West Indies. Sin duda eran otros tiempos. En el vuelo de regreso a Caracas pedí un asiento con ventana A, es decir, a la izquierda, pues sabía que, si el clima acompañaba, me daría banquete con las vistas sobre la costa de Paria y de Araya. El paisaje confirmó mis expectativas. Entendí por qué el Almirante Colón había creído que llegaba al Paraíso Terrenal. Pensé en cuán afortunada era la gente que vivía en aquel mar y aquella tierra. Entonces poco hacía pensar que un día muchos de ellos tendrían que escapar de allí.

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