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Rafael Fauquié: De muertes, imágenes y memorias

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Con lo terrible que pueda ser la imagen de la muerte resulta mil veces preferible a la opción de la inmortalidad. Una vida infinitamente prolongada, una muerte que nunca llega, es algo que concebimos como una espantosa pesadilla. La asociamos, por ejemplo, a la imagen del vampiro: siniestro ser de la noche, condenado por toda la eternidad a alimentarse únicamente de la sangre de sus víctimas. En otra grotesca imagen de la inmortalidad, entresacada esta vez de las páginas de la literatura universal, Los viajes de Gulliver, su autor Jonathan Swift ilustró con terrible ironía la visión de una vida interminable. En un país al que Gulliver llega en uno de sus muchos recorridos, existe una raza especial de seres inmortales que nacen con el estigma de la eternidad escrito en sus cuerpos. La sociedad acoge el nacimiento de cada inmortal como una terrible desgracia. La descripción de Swift es la espantosa contrapartida de toda ilusión de vida eterna: cuerpos decayendo a lo largo de las edades en un inacabable proceso de deterioro, en la agonía de un final sin fin.

Sin embargo, aterrados ante la posible inmortalidad de los cuerpos, los hombres hemos anhelado siempre la inmortalidad de nuestro recuerdo. Deseada permanencia, ya no del cuerpo sino de las ideas, de las creaciones; que nuestras huellas permanezcan después de nuestra muerte,  que ésta no signifique el absoluto olvido.

El temor a morir y a desaparecer es conjurado en uno de los significados fundamentales del arte: el testimonial. Eternizados en imágenes, en palabras, en sonidos, los artistas dejan constancia de sus experiencias, de sus sentimientos, de sus aprendizajes. Escribo esto y no puedo dejar de recordar el extraordinario texto de Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”; con su imborrable final: “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día,/ y podrá desatar esta alma mía/ hora a su afán ansioso lisonjera … Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,/ venas que humor a tanto fuego han dado, médulas que han gloriosamente ardido:/ su cuerpo dejarán, no su cuidado;/ serán ceniza, mas tendrán sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado.” La palabra del poeta consagra, así, la eternización de la pasión que le inspira una mujer, pasión capaz de vencerlo todo, incluso, a la extinción que llega con la muerte.

Ante la convicción posible de la nada aguardando después de la muerte, queda abierto para el hombre el doble camino de la resignación o la desesperación. De esta última nada diré. Me referiré, sí, a la entereza como alternativa frente a lo irremediable, lo ineludible. Y como perfecto ejemplo de ello recordaré Los conjurados de Borges, especialmente a ese poema donde, refiriéndose a su presentido cercano final, escribe: “Sólo me queda la ceniza. Nada/ Absuelto de las máscaras que he sido,/ seré en la muerte mi total olvido”. A fin de cuentas, tal vez sea ésta una de las más dignas y válidas versiones de la muerte: descanso, tranquila y definitiva quietud en la que un ser humano, ya cansado de vivir, se refugia para, sosegadamente, ocultarse de la vida.

 

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