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Fernando Mires: El milagro de san isidro

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La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella o decidirse a comprarla por su precio. (José Martí)

Desde el viernes 27 de noviembre, San Isidro, no el santo de las lluvias sino el del barrio pobre de La Habana Vieja, ha sido convertido en noticia. Surgió de hechos encadenados. Desde el momento en que la policía irrumpió en casa del rapero Denis Solís, aún en prisión, ha tenido lugar un continuo movimiento de protesta ciudadana. El joven fue arrestado, sometido a juicio sumario y condenado a ocho meses de prisión por desacato. Como informa el analista Rafael Rojas, los miembros del colectivo se movilizaron, fueron a estaciones de policía y, en vez de respuestas, recibieron detenciones arbitrarias. Hicieron vigilias en parques de la ciudad y fueron disgregados por la fuerza. La policía consideró a esas acciones como subversivas. En protesta comenzó la huelga de hambre liderada por otros jóvenes como Luis Manuel Otero Alcántara y Maikel Osorbo. La sede del movimiento musical y poético fue clausurada. Los voceros del régimen, comenzando por la sexóloga Mariela Castro, hija de Raúl, no vacilaron en tildar a los muchachos de San Isidro como agentes del imperialismo dirigido por Trump. Acusaciones tan absurdas solo lograron activar a diversas organizaciones de la escuálida sociedad civil habanera. San Isidro, como si fuera una profecía autocumplida, se convirtió de la noche a la mañana en un foco de rebelión que sin ser política, encerraba un fuerte potencial político. Rápidamente las consignas se alejaron del tema originario: el allanamiento. Así comenzó una amplia protesta civil a favor de la libertad de expresión y en contra de los decretos 349 que decide quién es y quien no es artista y el 373 que regula el cine independiente.

El Movimiento San Isidro (MSI) es solo un comienzo. Por ahora. El comienzo de algo que no puede saberse todavía que es o será, pero en cualquier caso, desde el punto de vista de las luchas democráticas cubanas, un comienzo alentador y con signos de esperanza. Con su sola aparición demostró que existen sectores de la juventud y de la vida cultural que no se resignan a vivir bajo las condiciones que impone una dictadura que, junto a la de Lukazensko en Bielorrusia, representa uno de los últimos reductos totalitarios del occidente político.

Para ser claros: entendemos por totalitarismo – el término lo indica – una dominación total. Un tipo de dominación que, en los términos de Hannah Arendt, al intentar convertir a todo en política, destruye los límites entre lo político, lo privado y lo íntimo (Los orígenes del totalitarismo). Visto así, no toda dictadura es totalitaria, aunque todo régimen totalitario sea una dictadura.

Por lo que sabemos hasta ahora del MSI, su objetivo inicial no apuntaba a cuestionar a la dictadura sino a abrir un canal de expresión. Pero la propia dictadura, imposibilitada de ejercer el control total sobre los ciudadanos, provocó un fuerte movimiento de protestas que sobrepasaba las demandas iniciales de los jóvenes. Ese fue precisamente el mensaje que ha dejado el movimiento: la dictadura presidida por Díaz Canel ya no ejerce control ideológico sobre los grupos culturales de la nación. Puede seguir usando el poder basado en el recurso policial, la delación, el espionaje, pero sin convencer a nadie de su legitimidad. En términos gramscianos. la dictadura de Díaz Canel ejerce dominación, no hegemonía. Tanto o más brutal mientras menos hegemónica es.

Los años en los cuales los Castro eran aplaudidos por los representantes de la cultura y las ideas, pertenecen al pasado. La dictadura actual tiene un carácter solo policial, no ideológico y mucho menos cultural y, en gran parte, no-político. La de Díaz Canel ya no es la dictadura de los Castro: es solo su andrajo histórico.

Desde hace mucho tiempo los artistas, los intelectuales y gran parte de los profesionales han dejado, aún guardando silencios, de militar en las filas ideológicas del sistema. Entre otros aportes, la muy importante novela de Leonardo Padura “Como Polvo en el Viento”, nos muestra la apatía depresiva de profesionales que en un comienzo fueron adictos a la revolución y a sus promesas apocalípticas. A ellos solo les quedaba la huida o la psicosis. A veces elegían las dos.

Distinto es el caso de los jóvenes que hoy, con increíble desparpajo, protestan frente al propio Ministerio de Cultura. Ellos no tienen ningún pasado del que arrepentirse, no portan culpas ni traumas, nacieron y fueron criados bajo la dictadura, y nunca han conocido – solo de oídas – la vida en democracia. No tienen nada que traicionar, nada de que arrepentirse. Nadie, por lo mismo, debe arrogarse el derecho a exigirles que actúen de acuerdo a convicciones ideológicas que nunca han tenido, o que enarbolen pancartas anticomunistas o que canten loas al capitalismo.

De acuerdo a las más fidedignas informaciones, nos encontramos ante el nacimiento de un movimiento contestatario, personas que interpelan al régimen no por lo que es o representa, sino por lo que hace o por lo que no hace. Y bien, precisamente esa existencial actitud es la que más lastima al régimen. De ahí se explica la desmedida represión desatada en contra de la desarmada juventud rebelde. De acuerdo a sus duros esquemas mentales, para los miembros de la nomenklatura, quien disiente es contrarrevolucionario, aliado de los EE. UU y agente del imperialismo. Que las demandas del movimiento no correspondan con esos esquemas, los desorienta, los saca de quicio, los inseguriza.

La que estamos viendo está lejos de ser historia nueva. En Cuba, uno de los últimos reductos que dejó el colapso del comunismo mundial, tienen lugar movimientos culturales parecidos a los que abrieron las vías democráticas en Polonia, Hungría, Checoeslovaquia, mucho tiempo antes de que fuese derribado el muro de Berlín. Con una diferencia de más de treinta años, Cuba comienza a cumplir su destino manifiesto. Fue el último país en liberarse del imperio español cuando este ya había dejado de ser imperio y será el último en liberarse del imperio comunista, cuando este también ya ha dejado de ser imperio.

Cuba no solo es una isla geográfica, también es una isla política. Pero, y esto es lo importante, los poetas y literatos, los jóvenes contestatarios de La HabanaVieja, están viviendo su historia como algo propio, no como la repetición de otras historias que nunca fueron suyas. Y, viéndolo desde una perspectiva puramente cubana, estamos presenciando a un movimiento inédito en su pureza esencial. ¿Qué es lo nuevo del movimiento?

Lo nuevo son tres puntos. Uno ya está dicho: un malestar en la cultura o anti-cultura que intenta imponer el régimen. El segundo es que se trata de un movimiento sectorial (urbano, habanero) tanto demográfica como culturalmente. El tercero es el más importante: En un país en donde falta de todo, no es un movimiento que lucha por las necesidades, sino por las libertades. La distinción pertenece a Hannah Arendt (Sobre la revolución)

Las luchas por las libertades, anotaba Arendt, han sido menos cruentas que las luchas por las necesidades. La razón es que estas últimas, al intentar cambia todo, terminan por concentrar el poder en los auto-esclarecidos. Por eso las luchas por las necesidades tienden a generar nuevas tiranías, grupos que se asumen como modeladores de la arcilla humana en virtud de un supuesto futuro luminoso que solo ellos imaginan conocer. Las luchas por la libertad, en cambio, no apuntan a lograr rupturas sistémicas sino a rescatar la dignidad de la vida, reclamando ese derecho que da sentido a todos los demás: el derecho a la libertad de expresión.

La libertad de expresión es, o llegó a ser, el signo, el motivo y el objetivo del MSI. Como dijo en nombre del MSI, Michel Matos, al ministro de cultura, Fernando Rojas: “Estamos en un punto de exigir las libertades elementales que todos deberíamos tener. Exigimos respeto a nuestra individualidad. No somos mercenarios, no somos delincuentes, somos cubanos. Sentimos la necesidad de participar en nuestra nación”

Por supuesto, es difícil separar el tema de las luchas sociales con el de la lucha por las libertades. En el fondo se trata de un problema de hegemonía, a saber: si la lucha por las libertades se encuentran subordinadas a la solución de los problemas sociales, o si estos últimos siguen el sendero de la luchas por la libertad. La misma historia de la revolución cubana lo demuestra. Los jóvenes alzados en contra de la dictadura de Batista actuaban en nombre de las libertades oprimidas y no porque les faltara que comer. Solo después, cuando Fidel Castro decidió transformar al país en apéndice del imperio soviético, en nombre de una revolución social que nunca había existido, clausuró todas las libertades prometidas. El MSI, bien orientado, podría significar el inicio de una corrección histórica en la biografía del país. Por el momento una ilusión, una simple esperanza. No más.

De acuerdo a una tradición ya establecida en Cuba, otra vez los opositores recurren a la huelga de hambre. En un país donde el hambre abunda, no comer es un acto heroico. Pero, además, los opositores no tienen otro medio para protestar: carecen de revistas, periódicos, hasta el acceso a internet les está vedado. Lo único que les queda es el cuerpo. El cuerpo, escribe Yoani Sánchez, ha llegado a ser “la plaza cívica de las demandas”. El cuerpo también es el objetivo de dominación del sistema. Ya Michel Foucault había advertido que todos los derechos humanos son corporales porque toda represión es, en última instancia, corporal (Vigilar y castigar) La libertad de expresión solo puede ser ejercida por un cuerpo libre, por un cuerpo ciudadano.

Importante también es que, con intuitiva inteligencia, los manifestantes tomaron nota de que el momento era muy adecuado para dar comienzo a sus protestas. Por una parte, el régimen se encuentra en otra de sus profundas crisis económicas. Por otra, en la constelación internacional se avizoran cambios decisivos. En cierto modo entendieron que el gobierno de Cuba cifra expectativas en la administración Biden. Desatar una represión a troche y moche es, por lo mismo, lo que menos necesita Díaz Canel en estos momentos. Y bien, ese estrecho margen de distensión fue utilizado por los manifestantes para intentar dialogar con los personeros del régimen. Y lo lograron. Antes de que asuma Biden, el gobierno a través del ministro de cultura, Fernando Rojas, se vio en la obligación de reconocer la existencia de una oposición organizada. No es poco para comenzar. El solo hecho de haber llevado al diálogo (¡cinco horas!) entre la nueva oposición y el gobierno, es un éxito del MSI.

Insistimos: el MSI es solo un peldaño en una larga escalera. Apareció casi de la nada, haciendo honor a su nombre. San Isidro, patrono de Madrid (siglo Xl, d.C.) fue, como todos los santos de la abultada santería cristiana, un milagrero. Llamado “el labrador”, tenía el don de terminar con las sequías haciendo llover hasta en días sin nubes. Los isidristas cubanos, muy a su modo, terminaron con una sequía política. Han hecho hablar a un régimen que frente a toda oposición, o simplemente descontento, permanecía mudo, completamente mudo.

Pronto terminará el pandémico 2020. A la hora de las cuentas políticas los resultados no han sido tan malos en América Latina. Los gobiernos de centro izquierda y centro derecha se afirman en el continente. El trío anti-democrático – Venezuela, Nicaragua y Cuba – se encuentra aislado y ahora deberá enfrentarse con un gobierno menos confrontacional y más político que el de Trump. Biden, por su lado, corregirá seguramente el error de cálculo de Obama ante Cuba. Concesiones económicas sí, pero a cambio de aperturas democráticas inmediatas y no a largo plazo. Bajo esas condiciones, si los opositores cubanos aprenden a subir sin saltarse los peldaños, pueden llegar más lejos.

Movimientos como el MSI en Cuba, o en otros lares, como el de los ciudadanos-electores de Bielorrusia, permiten cifrar esperanzas. Y no solo políticas. En cierto modo, a pesar de los pesares, esos jóvenes que luchan en las calles del mundo por la dignidad del ser, nos devuelven algo de confianza en esta maltratada condición humana.

 

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