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Rafael Fauquié: Paisaje venezolano

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Recuerdo un ensayo de Uslar Pietri, “De la selva a la vanguardia”, donde, en la estética del cinetismo, Uslar distingue una viejísimas relaciones entre seres humanos  y naturaleza. En nuestro país, dice Uslar, el “espacio natural no ha sido nunca un mero telón de fondo … sino una condición fundamental de su ser, y un personaje predominante y múltiple de su aventura existencial”.

Nuestro  paisaje nacional, agresivamente invasor, pareciera haber generado respuestas de una particular intensidad. Los signos más llamativos de lo venezolano lo aluden: llanos, selvas, la gran sabana y sus colosales tepuyes, las muy vastas costas, las altísimas cordilleras… En la exuberante belleza de lo natural han existido siempre genuinas identificaciones entre el venezolano y Venezuela. Quizá por esto haya sido Rómulo Gallegos el más significativo de nuestros novelistas: más, que ningún otro, él supo dar a nuestro paisaje toda su importancia protagonista. En sus novelas incorporó la fuerza inmensa de una naturaleza entrometida que se relacionaba o se sobreponía a las acciones y voluntades humanas.

Esa peculiar relación hombre-naturaleza pareciera haber llegado a expresarse de muy diversas formas; por ejemplo, en ciertas preeminencias estéticas. Como sugiere el escritor Balza en su novela D: “Venezuela es visual y nada mejor que su coherencia óptica para demostrarlo. Mientras ciencia y literatura apenas son esbozadas … la investigación de la forma y el color maduró entre nosotros.” Es una idea interesante que pudiera, quizá, explicar la mayor importancia que ha tenido en Venezuela la expresión plástica por sobre la literaria: la mirada más que la palabra y el color más que la voz. Trascendencia, por ejemplo, de hallazgos estéticos como el del cinetismo o el de las interpretaciones visuales de la luminosidad de los paisajes venezolanos. Intensidad de una luz que todo lo invade, y que el pintor Armando Reverón supo, en un momento determinado de su creación, en su “época blanca”, convertir en centro de sus búsquedas. Dibujo de la luz como rabiosa y violenta blancura que llegaba a borrar todas las formas y a desvanecer todas las imágenes.

La original relación entre el venezolano y el paisaje no cesa de aparecer, también, en esa peculiar construcción que es Caracas. Muy por encima de sus confusiones y de sus siempre proliferantes edificaciones, lo más familiar para todo caraqueño es el paisaje que rodea a su ciudad: el majestuoso Avila, siempre llamativo desde casi todos los espacios. En Caracas la naturaleza logra imponerse al cemento y a las siempre congestionadas autopistas. El verdor de la montaña lo penetra todo. Es el emblema más significativo de la ciudad: una montaña. No iglesia ni casa ni monumento humano alguno, sino un inmenso cerro que nada tiene que ver con las construcciones humanas. De hecho, éstas parecieran relacionarse muy poco con una Caracas que, fundada hace más de cuatrocientos años, pudiera haber empezado a existir hace apenas pocas décadas. Nada o casi nada dentro de Caracas testimonia su historia. Es la naturaleza, la inmutable belleza de su circundante geografía la que dibuja su peculiaridad. Icono máximo de lo caraqueño, El Avila, aparece frecuentemente en novelas que aluden a la ciudad: “Gradualmente entendí que la ciudad lejana se resumía para él en el hermoso cerro, que éste significaba todo lo vivido y lo ausente”, dice Balza en Percusión. Algo muy parecido a lo que había escrito décadas antes Meneses en El falso cuaderno de Narciso Espejo: “Hasta la frente majestuosa de una montaña en cuyos lomos se alzan las casas de la ciudad donde nací. Una ciudad de luz que se llama Caracas”.

 

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