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Enrique Meléndez: Los héroes de la caridad

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El 26 de agosto de 1855 Cecilio Acosta, en un artículo que titula Caridad, anuncia la llegada del cólera a Caracas, según el parte oficial; uno diría que llegó tarde, pues desde la década de 1820 hacía estragos en Europa; llevándose, entre otras figuras, a Hegel en Alemania, el famoso maestro de Marx, y quien perfila esa tendencia en la filosofía, que proclama la perfectibilidad de la sociedad; mirando la historia como un fin; que arranca, sobre todo, de Rousseau; lo que se conoce como la sociedad del constructo; con el apoyo de la ilustración; siendo precisamente la salud del individuo uno de los principales retos, que se impone esa sociedad, y que en el fondo no es sino la providencia, de la cual habla Acosta en su artículo, y de la que dice que está incrustada en el alma de la humanidad, a propósito, precisamente, del esfuerzo  que supone el combatir la pandemia, y en lo cual le reconoce al gobierno de turno el celo que puso para aliviar semejante situación; pues, como dice Acosta, hasta en el sentimiento de la conservación está encarnada la idea de la inmortalidad.

Estamos en plena época de lo que en nuestra historia se conoce como el Monagato; gobierna José Tadeo, y a pesar de la mala reputación que tiene esta gente, él y su hermano José Gregorio; que también será presidente en una de nepotismo del poder, Acosta hace ver que para el momento ya el ejecutivo había tomado sus previsiones, teniendo presente que la peste había entrado por Cumaná, una ciudad a la que desolaba; como iba a desolar de inmediato a otras ciudades de Venezuela y, en ese sentido, habla con los términos de lo que sería la salud pública de la época: botiquines, facultativos, medidas higiénicas, casas de asistencia. Dice que nada de eso faltó; providencia sobre abundancia de víveres, y que servía de gran consuelo, en medio de la desolación universal, ver la mano del poder colectivo tan benéfica como avisada. Se trataba de una población de un millón y pico de habitantes; donde la red hospitalaria era muy precaria; donde no había investigación científica; un país aislado, y es lo que pudiera explicar el hecho de que la pandemia llegara tarde a su territorio; diezmada esa población, cuando no por las guerras intestinas, también por las enfermedades tropicales.

El título del artículo, Caridad, responde a la otra parte de la temática, que asoma; pues la otra característica de esa sociedad es que constituye un mundo muy influido por la parroquia, y donde el templo cristiano es el alma de los pueblos; que será lo que dé origen al centro asistencial de salud promovido por la propia iglesia; atendido, sobre todo, por congregaciones de hermanas; de modo que el flagelo del cólera la iglesia lo asume como suyo en ese momento, y es ahí donde Acosta hace una serie de reconocimientos a las labores, que lleva a cabo el clero de entonces, en ese sentido; reconoce el sacrificio que supone para algunas de sus figuras, que en la misión terminan perdiendo la vida; porque, por lo demás, como fiel devoto, Acosta es de la idea de que la religión vino a sembrar la conciencia de la hermandad entre los seres humanos.

En La Montaña Mágica Tomás Mann desarrolla unos diálogos entre dos intelectuales, que están recluidos en un sanatorio de tuberculosos en la famosa ciudad suiza de Davos; uno de ellos muy dado a la dialéctica, y en el que asoma lo benéfico que resultan para la humanidad las epidemias; tomando en cuenta la necesidad que le impone de inmediato a la ciencia médica la investigación para la cura; con efectos colaterales; es decir, los nuevos descubrimientos, que surgen en medio del proceso investigativo; caso más patético el Viagra, que se descubrió, cuando se estudiaba su efecto sobre la angina de pecho, y con el perdón por la digresión; de modo que así se va fraguando la figura del superhombre en la tierra; muy perfilada, sobre todo, en la filosofía alemana, como estamos viendo.

El hecho es que en esta oportunidad la historia se repite, con motivo de la fragilidad de la especie humana; a pesar de los adelantos científicos, apoyados hoy en día por una tecnología cada vez más precisa y cada vez más asertiva. Recordemos lo que decía Octavio Paz sobre el saber; que dos eran los saberes: el científico y el mágico, y que el primero había logrado imponerse en la humanidad, gracias a la precisión de sus instrumentos. ¿Forma parte de una guerra bacteriológica esta pandemia del Covid-19? Eso dejémoslo al terreno de la especulación; pero decíamos que estamos ante la recurrencia de un flagelo que azota de vez en cuando a la humanidad, y que a pesar de toda esa tecnología de punta, de lo que se vale la ciencia médica, se ha llevado meses el dar con la vacuna efectiva, y que, al parecer ya se hizo; lo que entonces le da la razón al otro gran pensador alemán Kant, quien abrigaba más bien un sentimiento trágico de la vida.

En efecto, a pesar del tono respetuoso del artículo de Acosta, el país no estaba preparado para combatir semejante flagelo para ese instante, y el que se debatía en medio de iras intestinas, como las han llamado algunos historiadores; en pocas palabras, el país de las montoneras, y de lo cual no andamos muy lejos hoy en día nosotros; pues ya para antes de la llegada de la pandemia en Venezuela, como dice la Federación Médica Venezolana, el país registraba una gran mortandad, no sólo por la precariedad de los servicios sanitarios, sino también que no hay medicamentos; como consecuencia asimismo de una tragedia política.

Por lo demás, si en esta oportunidad habría que hacer reconocimientos, ya no es al sacerdocio, como en la época de Acosta; cuando ahora el cosmopolitismo de nuestra sociedad hace mirar a la parroquia con indiferencia,  sino a los médicos, a propósito de su caridad, y en donde todos los días se produce una baja; tomando en cuenta también la precariedad de la protección con la que consultan.

melendezo.enrique@gmail.com

 

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