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Rafael Fauquié: Inolvidable entonación de una voz

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Los tiempos imponen formas artísticas; apoyan la popularidad o desuso de, por ejemplo, determinados géneros literarios. El tiempo antiguo hizo de la épica, del largo verso anónimo y colectivo, su más exacta expresión. El tiempo moderno se relacionó, sobre todo, con la novela y el ensayo. Ambos cristalizaron en dos libros inmortales: los Ensayos de Montaigne y Don Quijote de la Mancha de Cervantes. De ellos se ha dicho que son la respuesta de dos privilegiadas individualidades ante un conflicto de épocas: una, la de la España que contempla su grandeza, sin dejar de presentir su decadencia; la otra, la de la Francia de la monarquía absoluta, donde una vieja aristocracia se percibe cada vez más como bufonesca y desprotegida clase ante el creciente poder real.

En Don Quijote, un disminuido héroe trata de sobrevivir refugiándose en la idealización de tiempos desvanecidos. En los Ensayos, Miguel de Montaigne, señor de Yquem, se convierte en testigo de todos los temas, siempre al margen de un detestado bullicio cortesano. En ambos casos, el mundo que rodea a los autores es un cambiante y confuso horizonte donde viejas tradiciones se quiebran y antiguas formas de vida desaparecen para siempre. Y frente a eso, los autores escriben, quizá, para afirmarse en medio de lo inaceptable o lo incomprensible.

Un género literario, a mitad de camino entre el ensayo y la novela, es la palabra volcada en memorias, autobiografías y diarios. Escritura donde la voz de un yo, de manera abierta y directa, se expresa sin disimulo o subterfugio alguno. Lo que describe esa voz puede ser cierto o falso, exagerado o exacto; puede ocultar muchas cosas o distorsionar otras. No importa: lo significativo es su evocación de experiencias personales convertidas en principio y fin del tejido textual.

La escritura autobiográfica ha terminado por convertirse en uno de los géneros literarios más significativos de un tiempo como el nuestro, donde los seres humanos nos esforzamos cada vez más por entendernos y entender; y, acaso, por resistir o, simplemente, sobrevivir. Recién escribo esto y viene a mi memoria el que tal vez sea el más famoso y trágico ejemplo de entre todos los ejemplos famosos de una voz autobiográfica en el siglo XX: El diario de Ana Frank.

Desgarrador testimonio de una jovencita que en medio del horror de la guerra se propuso escribir su trágica cotidianidad, encerrada en una buhardilla, atestada de seres que, junto a ella, compartían su doloroso esfuerzo de supervivencia, El diario… fijó un rostro humano ante una posterioridad que no habría de olvidarlo. Ana Frank enfrentó su destino con su voz; y, a fin de cuentas, ésta la rescató, a ella y a millones de seres como ella. La voz de Ana Frank, hecha escritura, permanece y permanecerá como identificación del rostro y el destino de muchas, de demasiadas, de todas las víctimas de la irracionalidad humana.

 

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