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Rafael Fauquié: Juego de palabras

 

¿Qué es el juego? ¿Cómo definir esa pulsión que lleva a alguien a entregarse a una acción que sólo a él complace, y cuya utilidad suele resultar, vista de lejos, muy poco clara? ¿Acaso muchas de las acciones de nuestra vida, incluso algunas de las que suelen considerarse como más trascendentes, no están relacionadas con la necesidad y la voluntad de jugar?

Jugar nos ayuda a inventarnos un mundo al margen del mundo, un espacio donde somos protagonistas y en el que no cuentan las leyes del afuera. Las normas del juego son creadas por cada jugador y sólo a él atañen. Eso sí, está absolutamente obligado a obedecerlas. Todo juego  dependerá siempre de muy delicados equilibrios entre lo reglamentado y lo arbitrario, entre la urgencia de una meta y la inmensa variedad de posibilidades que conduzcan hacia ella. La lógica del juego es la razón de lo sorpresivo en medio de lo previsible, la de lo azariento por entre lo descifrable. El juego es disfrutable en la medida en que quien lo juega sepa aprovecharlo a plenitud: extrayendo de él sus posibles opciones y aprendiendo de las peripecias vividas.

El final del juego llegará cuando el jugador así lo decida, y solo entonces. En el juego se puede ganar y, desde luego, se puede perder. Gana quien se entrega a él enriqueciéndose con la duración de ese tiempo en el cual invirtió fe y entusiasmo. Pierde quien no obedece las reglas que él mismo se impuso.

Si se juega a conciencia, el juego puede llegar a convertirse en algo sagrado; y el jugador llegar a dedicar su vida toda a esa pasión que lo nutre y rescata. Hay una cercanía natural entre el juego y la creación artística. En ambos están presentes la experimentación y la búsqueda, la apasionada entrega y las particulares normas, los itinerarios imprevistos y las aleatorias duraciones, las metas tortuosas y las conclusiones inesperadas. El tiempo del juego y el tiempo del arte parecieran, además, bastarse a sí mismos. Son autosuficientes, gobernados los dos por la voluntad de un jugador-artista enfrentado a sus revelaciones y a sus fantasías, a sus recuerdos y a sus ilusiones, a sus ambiciones y a sus aceptadas limitaciones.

Decidir escribir, hacer literatura -un juego, claro está: el juego de las palabras- es un interminable rompecabezas que exige la acertada reunión de saberes, memorias, argumentos, ilusiones, temores, espejismos… Cada jugador decidirá su manera de jugarlo: en placidez o apremio, en sosiego o angustia; decidirá, también, su forma de entenderlo: como refugio o reto, como asidero o delirante aventura, como concordia o refutación frente a casi todo, como reconciliador hallazgo o búsqueda atormentada… Cualquier opción del juego es válida si el jugador descubre en él la exacta tonalidad de su voz.

Al igual que el juego de la vida, el de la literatura está hecho de opciones, de propósitos, de esfuerzos, de ilusiones, de conclusiones, de reinicios… Todo convertido en itinerario, en construcción, en estilo; en suma: plasticidad de las voces de un ser humano que, junto a ellas, vive, se expresa… Y juega.

 

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