Inicio > Opinión > Enrique Meléndez: Venezuela en la agonía

Enrique Meléndez: Venezuela en la agonía

Compartir

 

Decía don Miguel de Unamuno que el cristianismo es una cultura agónica; comenzando por la propia simbología de Jesús en la cruz; que es lo que uno observa, guardando las distancias, en la realidad que nos ha tocado vivir a los venezolanos hoy en día; donde todo está en un proceso moribundo, y desde el mismo día en que Hugo Chávez asumió el poder. Entonces, se pensó que aquel sujeto, por esa condición de aventurero, que se le veía, iba a durar muy poco, y por paradoja, desde el mismo momento en que se sentó en la silla de Miraflores, como se dice en el argot periodístico, mostró sus intenciones de eternizarse allí.

¿Acaso no fue él mismo quien dijo al instante de tomar posesión de la presidencia, que juraba sobre aquella moribunda Constitución? Obsérvese, además, que la Constitución, que reemplazó a esta de 1961, la llamada Constitución de 1999, ha tenido también carácter de moribunda, si se toma en cuenta que en un primer momento Chávez intentó modificarla, por otra más ajustada, a lo que serían sus desmedidas ambiciones de poder; que implicó la realización de un referéndum aprobatorio, y del cual salió con las tablas en la cabeza, a propósito de la derrota que sufrió en esa oportunidad; nos estamos refiriendo al año 2007; una de las pocas veces que se filtró por los palos una victoria de la oposición, habida cuenta de que en los distintos eventos electorales, que hemos tenido desde el famoso proceso, que se realizó en el propio año de 1999, cuando el pueblo refrendó aquella Carta Magna, que había elaborado la Asamblea Nacional Constituyente; convocada entonces por Chávez al inicio de su gobierno, si no se valió de la trampa, al menos, éste siempre actuó, con motivo de esos eventos electorales, decía, con un ventajismo descarado. Todavía está fresco el recuerdo, cuando aquel señor con toda la soberbia del caso, dijo que esa había sido “una victoria de mierda”, y soberbia que lo lleva a desconocer esa voluntad mayoritaria, expresada en ese referéndum, pues a la larga terminó imponiendo dichas intenciones, es decir, los condicionantes que le iban a permitir perpetuarse en el poder, manipulando aquí y allá; sin tener una idea de dicho propósito; es decir, sin haberse planteado una tesis política, como diría Betancourt, racional; que es donde más se le observa ese carácter suyo de aventurero, y que es lo que explica la agonía, en la que nos encontramos hoy en día.

Por supuesto, la Constitución de 1961 estaba ya anacrónica para la época, y esto a causa de los juegos de intereses, que se habían interpuesto, a propósito de su reforma, y la cual se había pospuesto con uno y otro gobierno; aun cuando se había creado una institución, conocida como la Comisión para la Reforma del Estado, y que su puesta en práctica hubiera podido evitar esa situación tan truculenta, que se vivió en el proceso electoral de 1998; cuando se desbanca la candidatura de Luis Alfaro Ucero de Acción Democrática y la de Irene Sáez de Copei, para endosarle sus respectivos votos a la candidatura de Enrique Salas Römer; una situación que se hubiera podido evitar de haberse aprobado esa reforma, y donde se contemplaba la opción de la segunda vuelta para los comicios presidenciales; pues esa desbancada terminó amotinando a las bases de ambas maquinarias partidistas, que se sintieron manipuladas, y que de inmediato se cuadraron con Hugo Chávez, aunque ya eso forma parte de otra discusión. El hecho es que los tiempos madrugaron a esas elites de poder adeco-copeyanas, que se durmieron en los laureles, y se dejaron quitar ese poder de un sujeto, ajeno a los asuntos públicos; sólo que con un proyecto político muy seductor, basado en una ideología militarista; sobre todo, en lo que atañe al orden y a la autoridad, y que fue lo que más atrajo a la clase media de entonces, que fue la que lo llevó al poder, y de modo que su figura venía a ser como una especie de resurrección del país.

Por supuesto, en nuestra opinión pública no ha dejado de manejarse la figura del demonio de Sidam, la antípoda del dios Midas, que todo lo que tocaba la volvía oro; de modo que este demonio todo lo que toca lo destruye. Porque de echo la personalidad de Hugo Chávez era autodestructiva. Sentía un gran menosprecio por su persona, y la prueba está en la sumisión muy abyecta que mostraba hacia Fidel Castro. Aquí la tautología cabe perfecta: se autosuicidaba, entendiendo aquí que el suicidio se trata de una acción inmediata; el autosuicidio se trata de un proceso, en el cual el sujeto se va envenenando con los excesos, en este caso del poder. “Después de mí, el diluvio”, he allí su tesis política. Por supuesto, fue grotesco verlo, a medida que el cáncer lo fue minando, en fase terminal: hinchado, morado, pelón mamón; uno diría momificado, como consecuencia del tratamiento de la quimioterapia, que se le aplicaba; aún así, aferrado al poder. Instante en el que llega a su máxima expresión este tránsito necrofílico por el que hemos andado. En efecto, como diría Ortega y Gasset, hay momentos en la historia en que los pueblos entramos en una fase de transición; con miras a una fase de estabilidad; admitiendo en este caso que, mal que bien, veníamos de cuarenta años de una gran estabilidad política y social, y que sólo necesitaba algunas reformas constitucionales, para lograr la consolidación del Estado liberal democrático moderno, que se había concebido con nuestra génesis el 5 de julio de 1811.

En términos líricos diríamos que hemos tenido como historia en los últimos 20 años un poema del género de la danza macabra, y a lo que se agrega la utilización de la memoria del difunto, tanto en forma subliminal, como en forma patética en el manejo de la opinión pública por parte de la camarilla, que nos gobierna. Aquí no hay respeto por aquello que decía Jesús que hay que dejar que los muertos, entierren a sus muertos, y que es lo que le da más carácter agónico a este régimen de gobierno.

melendezo.enrique@gmail.com

 

Compartir
Traducción »