Dante Pino Pascucci: Guerras y totalitarismos

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La guerra, ese gran lastre que ha martirizado a la humanidad a lo largo de la historia, burlan y conculcan el derecho humano a la paz, así como tantos otros derechos que son inherentes a las personas. De allí que, el 10 de diciembre de 1948, habiendo transcurrido tres años luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos; este histórico acontecimiento ocurrió en el Palacio Chaillot, así llamado porque se encuentra ubicado en la colina de Chaillot, en el distrito XVI, en la plaza del Trocadéro, París, Francia. Cincuenta y seis Estados integrantes de la recién creada ONU (24 de octubre de 1945), se reunieron en dicho lugar, cuarenta y ocho países votaron a favor, ocho se abstuvieron y no hubo votos en contra.

Finalizada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), a instancias  del Tratado de Versalles,  el 28 de junio de 1919 se creó la Sociedad de Naciones (SDN) con el propósito  de  reorganizar Europa, preservar la  paz y evitar que se repitiesen los horrores de la guerra recién finalizada. Los objetivos de esta organización, la seguridad colectiva, el desarme y el arbitraje como método para enfrentar los conflictos, no se pudieron cumplir del todo porque la gran depresión económica de 1929, el bombardeo de la isla de Corfú  (ordenado por Mussolini) en 1923, la invasión japonesa a Manchuria en 1931, la Invasión que en 1935   la Italia fascista hizo en Abisinia, la Guerra Civil Española de 1936 a 1939 y el auge del autoritarismo, entre otras razones, llevaron al fracaso de la Sociedad de Naciones. Ese fracaso estuvo acompañado de un debilitamiento y pérdida de confianza en los sistemas democráticos liberales más la creciente prédica nacionalista alentada por el fascismo y el nazismo que, como ideología en progreso, irrumpía en el escenario político de la época; su predicamento totalitario se abría paso como antítesis de la democracia. El movimiento futurista, por ejemplo,  que fue germen del fascismo en Italia, sostenía que “la guerra es la higiene de la humanidad”, es decir, que todo el cuadro de dificultades y penurias que se vivía luego de la Primera Guerra Mundial, junto a las crisis descritas, se “sanaba con la guerra”,  y tal barbaridad pasó a convertirse en el argumento para el autoritarismo, pasó a ser ese  “estimulo que mueve a una persona a realizar una acción o a actuar de determinada manera”, fue el acicate,  tal y como  se  define etimológicamente.

El futurismo, visto en  su expresión política, y el fascismo coincidieron en la exaltación de lo nacional y en el propósito de crear el “hombre nuevo futurista”; sin embargo, el movimiento fascista acude al pasado, a la “gloria imperial romana”.  Aitor Aurrekoetxea Jiménez (2019), en su obra Futurismo y fascismo, señala que en un principio ambos movimientos coincidieron desde la mirada “vital y conceptual”.  Marinetti (impulsor del movimiento futurista) y Mussolini (líder del fascismo)  se nutrieron de tesis antidemocráticas y desarrollaron un peligroso y agresivo nacionalismo.

Una constante en los autoritarismos de  cualquier signo es que ponen en práctica un estilo y una estética que  construyó el fascismo italiano y que los dejó como legado infame que otros emularían y aplicarían en lo sucesivo, este legado contenía: El mito del hombre nuevo, la masculinidad, el paternalismo, el patriarcado y la exaltación de la juventud; la camaradería, el elitismo y la creación del mesianismo profético en torno a la autoridad a través del culto al jefe; la violencia  sanadora, purifcadora, mediante la  guerra, suerte de imperialismo de los pobres;  uniformidad y masa haciendo uso de toda una puesta en escena donde la  seducción, la retórica y el discurso construido con una  semiótica y simbología que conduce al fanatismo, al sentido de  pertenencia y a la  conciencia de grupo,  psicología de masas en acción, allí cabe todo: supremacismo, discriminación, racismo, exclusión, descalificación del adversario y la antipolítica como forma perversa de hacer política.

 

El irracionalismo palpable en el culto a la violencia, en su invocación como manifestación de superioridad, finalmente alcanza su realización con la guerra. Los dogmas y la praxis antidemocrática, aunque cínicamente se invoque la democracia, lo que en definitiva hacen es cultivar un cierto morbo por el terror, por la agresión (se justifican las anexiones territoriales, las invasiones y demás barbaridades similares), pues ese morbo por la guerra es parte de un mítico gusto por la muerte, de allí la creencia de que la guerra es sanadora.

Tanto en el pasado como en el presente los autoritarios y los totalitarios del color que sean, en ejercicio del poder o aspirantes al poder, “los salvadores del mundo”,  dado el  carácter agresivo que los identifica, emulando al futurismo político, al fascismo y a otros “ismos” opresores y autocráticos,  pregonan: “No puede haber belleza sin lucha”, por ello invocan la guerra como la efectiva y “única higiene del mundo”.

 

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