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Rafael Fauquié: Una voz contra la decadencia (2)

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En un momento dado, la venezolanidad comenzó a erigirse en el modelo inspirador de las novelas de Rómulo Gallegos. Venezolanidad encarnada en signos como la acción popular abierta al porvenir, la confianza en futuros tiempos deslastrados de viejos prejuicios, la fuerza avasallante de nuestros paisajes, la originalidad de ciertos trazos culturales. Del terrible pesimismo de Reinaldo Solar (1913), deudor de la tradición del “país condenado” y del imaginario de la “decadencia” nacional, Gallegos avanza hacia un rumbo diferente expresado en el esperanzador desenlace de La trepadora (1925), sin duda, relacionado con las transformaciones que comenzaban a percibirse en Venezuela.

La aparición de una riqueza petrolera anunciaba profundas transformaciones para el país. Junto a los cambios económicos se presienten, también, cambios sociales y políticos. Gallegos percibe un nuevo destino para el país, la posibilidad de una Venezuela diferente. Es ése el profundo sentido de los comentarios que Gallegos comunica al poeta Fernando Paz Castillo cuando le envía su manuscrito de La trepadora: “Yo no he querido hacer en La trepadora un planteamiento de lucha de clases sociales, con partido tomado, sino una pintura de formación de pueblos que puede realizarse con alegría si se procura con bondad”.

Esa percepción de una “formación de pueblos” realizada “con alegría” señala esa encrucijada de tiempos planteada por La trepadora: tradición y porvenir; chocando pero, a la vez, integrándose, conviviendo en una nueva realidad de inevitables fusiones sociales. “Creo que ya es tiempo de amar y confiar un poco”: con estas palabras concluye la misiva de Gallegos a Paz Castillo. En ellas encarna todo un sentido de reconciliación nacional.

Del desaliento de Reinaldo Solar a la nueva esperanza de La trepadora… Después será ya el turno de Doña Bárbara y, con ella, el inicio de un nuevo itinerario: el de la magnificación de la naturaleza, continuidad de una escritura que, partiendo de redescubiertos mitos, apoya en la simbolización de la naturaleza nuevos hitos creadores. Junto a Cantaclaro y Canaima, Doña Bárbara constituye esa magnífica tríada de novelas encargadas de relatar la aventura del hombre imponiéndose sobre el paisaje. Santos Luzardo, Florentino Coronado, Marcos Vargas; los llanos en  Cantaclaro y Doña Bárbara, y las selvas del sur de Venezuela en Canaima: magníficos monumentos literarios impregnados de una nueva confianza de Gallegos en el país y en sus gentes.

Venezuela, tierra de muchos silencios y vacíos, realidad tremenda e inconclusa, lugar de ausencias que exigen ser cubiertas con nombres e imágenes. En la escritura de Gallegos encarnó un esfuerzo por nombrar a nuestro país, ese espacio donde, como él mismo dijo alguna vez,  “aún circula el soplo creador”. Su voz  significó un doble esfuerzo: expresar su fe en el país y, a la vez, dibujar un rostro nacional donde los venezolanos pudiésemos reconocernos alrededor de ciertos ideales y sobre el apoyo de algunas ilusiones.

 

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