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Rafael Fauquié: Una voz contra la decadencia (1)

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Hacia fines de 1947, durante la campaña política que conduciría a Rómulo Gallegos a la presidencia de Venezuela, el también escritor Enrique Bernardo Núñez, en palabras de apoyo hacia la candidatura de nuestro máximo novelista, afirmó que en Venezuela estaba aún por escribirse “la gran novela: el cambio de espíritu nacional. La creación de un país, de un pueblo”. Esa nueva novela nacional que Núñez avizoraba en ese momento, iría, efectivamente, escribiéndose a lo largo de más de cinco décadas; escribiéndose en libros que revelaban y reflejaban el país nacional, un mundo que, de pronto, parecía hacerse diferente a lo que por siglos había sido.

Hasta las primeras décadas del siglo XX, los novelistas venezolanos parecieron creer que su preocupación por el país les otorgaba una potestad. Creían en la dignidad de su rol y confiaban en la justicia de su misión. Contemplaban su escritura como un esfuerzo digno y necesario a través del cual podrían corregirse errores, señalarse rumbos, mostrarse metas, denunciarse excesos. Manuel Vicente Romero García, Miguel Eduardo Pardo, Luis Manuel Urbaneja Alchelpohl, José Rafael Pocaterra, Rufino Blanco Fombona, escribieron sus novelas, muchas de ellas olvidadas o casi olvidadas hoy, desde la nítida certeza de que había muchas cosas que era necesario decir y corregir en Venezuela. La voz novelesca lucía, en muchos sentidos, firmemente convencida de su potestad para expresar verdades; convencida, sobre todo, de que ella sería escuchada. Era una voz crítica que vociferaba condenas que los lectores podrían o deberían compartir. El número de esos lectores era, desde luego, muy escaso. Pero existían. Escuchaban las palabras de los novelistas y éstos parecían apostar a ese diálogo todo el sentido de su esfuerzo.

La mayoría de aquellas novelas criticaban severamente principios y comportamientos venezolanos. Salvo algunas excepciones como En este país de Urbaneja Achelpohl, novela de tono optimista, esperanzador, en casi todas se repite una y otra vez el tema de la decadencia. Éste es abordado de diversas maneras; por ejemplo, como directa consecuencia de la mediocridad de los nuevos grupos dirigentes de la sociedad venezolana y de su degradación respecto a la antigua aristocracia criolla. Esta versión suele trasladarse hasta los lejanos días de la Conquista de Venezuela: un pasado casi legendario y ficcionalmente presentado bajo la aureola de lo heroico. Las novelas insisten en que, diametralmente opuesto a ese linaje de dignidad que arrancó desde la Conquista y se prolongó a lo largo del tiempo colonial hasta terminar con la Independencia, trágica inmolación del mantuanaje a una causa sagrada, se encuentra un presente nacional caracterizado sólo por la ignominia. La conclusión es que los nuevos protagonistas que surgieron tras la Guerra de Independencia y, sobre todo, después del triunfo de la Federación, son todos una turba de arribistas sin tradición, incapaces y mediocres. Las novelas los acusan y caricaturizan: el caudillo brutal y semianalfabeto junto al político adulante y corrompido, el advenedizo comerciante junto al inescrupuloso banquero…

Además de la decadencia de los actores sociales, será también la decadencia de las costumbres. La falta de dignidad de los venezolanos es para los novelistas la causa fundamental de la postración nacional. El miedo y, sobre todo, la adulación hacia el todopoderoso caudillo son descritos como las más despreciables expresiones de un deterioro moral nacional; y el adulante es mostrado como el más repugnante de los personajes. Una de las más despectivas visiones del imaginario común venezolano es el comportamiento del adulador. El adulador es el “jalamecate”; o, en su versión más brutal: el “jalabolas”. En realidad, en Venezuela, y tal vez como una consecuencia de nuestra permanente indefinición de límites entre lo correcto y lo incorrecto, el muy despectivo calificativo de “jalabolas” puede terminar por arrojarse a la cara de cualquier individuo mínimamente empeñado en cumplir con su deber o en tratar de hacerse agradable a un superior. Así, la obediencia necesaria y el justo respeto pueden, y suelen a veces, ser confundidos o equiparados con el despreciable comportamiento del “jalabolas”.

Miguel Eduardo Pardo, Pío Gil, Rufino Blanco Fombona o José Rafael Pocaterra, incorporaron en sus novelas frecuentes acusaciones en contra las numerosas camarillas de “jalabolas” que rodeaban a Cipriano Castro o a Juan Vicente Gómez. Y, en algunas ocasiones, se sirvieron de esa acusación para saldar cuentas personales con muy puntuales enemigos. Cabe recordarse el caso de Blanco Fombona y la referencia que hace en su novela El hombre de oro, del personaje Andrés Rata, sobre el cual Blanco Fombona vuelca toda la virulencia del odio (y sabemos que fue capaz de sentir y de expresar muchísimo) que sentía por el poeta y periodista Andrés Mata, quien, por cierto, alguna vez fue su amigo. Los insultos dirigidos contra el personaje Rata son los insultos dirigidos en contra del real Andrés Mata; y todos hacen alusión a lo mismo: el servilismo.

Decadencia de los protagonismos y los comportamientos; decadencia como una situación general, como un signo del tiempo nacional. El más conocido de todos los libros de memorias escrito en Venezuela, lleva por título Memorias de un venezolano de la decadencia. Y en él, su autor, José Rafael Pocaterra, se propone mostrar los extremos de ignominia colectiva a que había llegado la nación venezolana. En realidad, Memorias... no hacía sino traducir a un lenguaje testimonial lo que eran las acusaciones y condenas de la mayoría de las novelas de la época, a las que identificaba, sobre todo, un terrible pesimismo. Quizá, mejor que ningún otro, el novelista Manuel Díaz Rodríguez haya sabido traducir ese pesimismo en el grito de condena,  ¡finis patriae!, con que cierra su novela Idolos rotos.

De entre los novelistas de comienzos de la primera mitad del siglo XX, hay uno que destaca por sobre todos: Rómulo Gallegos. Éste escribe sus novelas inspirado por la fe en un ideal y la esperanza en la acción de nuevos grupos sociales. Narra historias que hablan de protagonismos necesarios y voluntades hacedoras. Describe mitos viejísimos y, a la vez, regeneradores. Dibuja a Venezuela. La interroga buscando respuestas ineludibles. Su obra, ha dicho Carlos Fuentes, es “tan insustituible como nuestro propio padre.”

Por sobre el pesimismo y las muy numerosas alusiones a una insuperable decadencia nacional, Gallegos nos reveló a los venezolanos otro país: una Venezuela necesaria, descrita en la fantasía del creador, en la convicción del soñador y en la indeclinable esperanza del idealista…

 

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