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Ovidio Pérez Morales: Ciudadano de dos mundos

 

Los cristianos concluimos la recitación del Credo con estas palabras: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Amén”. Afirmamos así dos tipos o etapas de vida, una temporal, que concluye con la muerte, y otra eterna, que no tiene fin.

San Pablo expone claramente su dramática alternativa de dos mundos: el terreno y el eterno: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia (…) Me siento apremiado por las dos partes: por una deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para ustedes” (Flp 1, 21-24). Se considera ciudadano de dos mundos: el pasajero, de trabajo y lucha, y el definitivo, con su promesa de gloria. Esta es la condición, no solo del cristiano, sino de todo ser humano, cubierto por la gracia de Dios, “que quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2, 4).

La “vida eterna”, se abrirá con el retorno glorioso de Cristo, culminará la historia e inaugurará una duración radicalmente distinta: la plenitud del Reino de Dios, congregación de todos los justos, que el Apocalipsis describe como “un cielo nuevo una tierra nueva” (21, 1), la Jerusalén celestial, donde “no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ib. 4). En esta perspectiva, la muerte adquiere un sentido positivo y luminoso, en cuanto paso a la verdadera e inextinguible vida.

El filósofo Heidegger (+1976) distingue dos modos de existir: banal y auténtico. La existencia banal elude la muerte, tanto en conversaciones como en acontecimiento; es un tema inoportuno, inútil, molesto. La existencia auténtica, en cambio, lo encara; identifica al hombre como ser-para-la-muerte, asumiendo ésta como desafío ineludible, precariedad, limitación; inminente y angustiante. Por cierto que hojeando uno de esos manuales o catecismos clásicos de la fenecida URSS, Los fundamentos de la filosofía marxista de F. V. Konstantinov, no encontré en ninguna parte el abordaje de la muerte; se comprende fácilmente, porque esta silencia ineludiblemente la entusiasta algarabía de la dialéctica materialista y su dinamismo histórico. Sartre (+1980) era un ateo más lógico al conceptuar al ser humano como permanente frustración, pasión inútil.

La ciudadanía de este mundo, a la luz de la revelación y la fe, se ha de entender como interpelación proactiva y compromiso transformador, la ciudad terrena como campo de prueba del amor a Dios y al prójimo, y la historia como peregrinaje hacia el encuentro presencial con Cristo, por quien seremos examinados fundamentalmente acerca del mandamiento máximo del amor. La descripción del Juicio Final que trae el evangelio de Mateo (25, 31-46), evidencia lo que Dios quiere que construyamos prioritariamente en este mundo: una convivencia en que el reconocimiento y alabanza a Dios se traduzca en servicio fraterno, en solidaridad efectiva, especialmente con los más necesitados.

Se percibe entonces bien a las claras cómo la fe y la religiosidad auténticas nada tienen de alienación, como lo pregonaba Feuerbach (+1872), sino que, al contrario, estimulan y exigen el cambio del mundo hacia una convivencia humanizante, “nueva sociedad”, “civilización del amor”; se convierten en imperativo de libertad, verdad y bien, concretados económica, política y ético-culturalmente en la línea de los mejores valores humano-cristianos.

El pensamiento en la muerte alerta ante un engañoso y fatal encerrarse en este mundo pasajero, como si fuese el único y definitivo, pero, sobre todo, si se lo asume desde ángulo creyente, alienta un compromiso positivo transformador de las realidades temporales. Pone en guardia frente a los pecados capitales y espolea una genuina entrega a Dios y al prójimo. La muerte ha de afrontarse, por consiguiente, con realismo y esperanza.

Ciudadanos de dos mundos, hemos de preparar, desde este, el definitivo. Y los cristianos debemos preguntarnos: ¿Qué mundo quiere encontrar Jesucristo el Señor cuando, en el momento menos pensado, regrese glorioso para juzgarnos y llevarnos a la vida eterna?

 

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