Néstor Melani: El jardinero

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Llevaba por Dios de las montañas una especie de boina vasca, mas quizás de las huellas que dejó el mar Cantábrico hasta la costa de Normandía. Parecía una fantasía allí, en lo alto de la amarilla torre campanario de la meseta de Lourdes, entre los silbos del viento que se colaba por los agujeros del tapial y la fuerte cruz negra de madera de guamo que mandó a edificar en 1897 monseñor Jáuregui.

Mientras lejana la ciudad de 1964. La Grita, en su inocencia de cal y aún los manzanos verdes en sus solares, permitía tejados hermosos donde posaban arrendajos y los copetones atrevidos con el color de las cenizas. Mientras allá, al suroeste, se escuchaban los últimos cantos en latín de los seminaristas eudistas… porque aquel hombre -se dijo- era un desertor de la guerra – y el reverendo coronel y sacerdote Jean Baptista Cabaret, rector del Seminario Kermaría, lo ocultaba en la abadía de la Virgen de Lourdes de La Grita.

Yo era un niño con el anhelo de ver la otra cara del mundo y en aquellas mañanas de los sábados, con hojas marchitas del camino, iba con mi padre: Pepe Melani, porque él asistía a la pequeña abadía a restaurar la virgen de escayola. Y el bendito jardinero, casi oculto, rozaba las   plantas y bajaba chirimoyas, entre los aceites de los aguacates y las uvas criollas. Donde a veces practicaba palabras en italiano con el pintor, mi padre, y narraba de dónde y cómo había venido de Francia huyendo de la guerra. Cuán de esencias los alemanes habían invadido a Europa en los años cuarenta y el francés se escapó entre las mantas de los eudistas y vino con él un doctor llamado Yrzai, médico de campaña. Y era austriaco.

Lo contaron los griteños viejos…

Entre las ventanas viejas de la capilla centenaria, dejaba piedras como aquella forma de prevenir ruidos y después de su jornal del jardín se ponía muy favorecido a leer algún libro que ocultaba en las losas sueltas del cimiento.

Tocaba las campanas desde la torre, donde se elevaba en una escalera de maguey, hablando solo y divisando siempre las lejanías. Casi llorando sus años y esperando alguna esperanza escondida en los abrazos de las nieblas con lágrimas.

Un día el jardinero francés se fue, quizás sin saber los caminos desde la sacristía del padre José Teodosio y los recitales eclesiásticos del corista con el pan de la fiesta de la capilla y el dolor que mullían las campanas corroídas por la sal, mientras en la plaza del llano se extendía una carpa de un circo llamado el «Atari» y de medios, lochas, los muchachos escueleros reunían  para entrar a las funciones porque el circo vino con un gigantesco cóndor que abría sus alas al compás de la música de los ancianos payasos. Y un gigante casi de tres metros de altura fingía de portero.

En el Llano de la Cruz tiempos de Constantino Roa y de las flores antiguas de Lucía. Entre los vigilantes ingratos e hipócritas de la Seguridad Nacional. Y por Dios de la pajarera de Ramón Ramírez.

Pablo Salas, carpintero, recordó siempre al jardinero. Y Amadeo Guerrero, el alarife, un día después en años narró cuando derrumbaron la vieja capilla de la meseta, encontró un baúl con monedas de oro, llegaron a decir que eran del francés. Mientras este encuentro sucedido, el reverendo Sandoval predijo que eran morocotas de la Virgen y nadie las podía tocar, llevándoselas en su limosina con el apoyo del amarillento y pálido chofer, casi de santos y rezos, como una imagen de la muerte…

Nada se volvió a comentar del jardinero. Se permitieron  tantos olvidos. Entre rosas y lilas, acacias y los granados, en la gruta apareció un día grabado su nombre: «Jean Marcel  Miller». Como una memoria de los años  de La Grita perdida entre el rumor de las especies y el cantar de los gallos de pelea del viejo Apolinar, desde allí las huellas se ocultaron en los cimientos y de retratos del oculto jardinero, donde  se olvidó en las velas de cebo y los paños negros con agua bendita del naciente que destilaba de los cerros. Y como romerías rezaron los credos de viejas escondidas en los escapularios.

Quien por fin se borró la historia con la corneta de los amaneceres militares del instituto, liceo Jáuregui.

Y entre los muros de piedra aún viven rosas silvestres como debajo de las noches, cuando regresan las estrellas…

Ayer, en los dibujos de mi padre volví a ver al jardinero francés…

Narrador. Cronista. Artista Plástico. Dramaturgo. Premio Internacional de Dibujo «Joan Miró» 1987. Barcelona España. Maestro Honorario.

 

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